Mami, ya estoy lista para cambiar de cinturón. Genial, vamos a la otra punta de la ciudad, a Sarandi, la Patria Grande. Ahí está el Dojo de Taekwondo en donde se rinde. Serena y conciliadora, le cuesta el enfrentamiento, con la excusa del deporte y a pura patada está aprendiendo. Nació en Argentina, se lo debemos.
En auto y en el viaje suena Violetta para la menor, el sol entra por la ventana en este otoño aprimaverado y la mayor se duerme envuelta por los nervios y su traje blanco. Yo pienso. Vengo golpeada. Se me mezclan las intenciones. Qué pena no saber más de política, en estos días se me hace necesario y leo, busco, miro, analizo, comparo. Me declaro sin opciones a la vista y no quiero elegir lo menos malo.
Estoy tan oscura que en cualquier momento me postulo para algún cargo.
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¡Pero vos sos buena, no podés ser de derecha!
Tenía muy pocos años, acné y la sospecha de muchas ideas que hoy confirmo cuando un amigo, en una noche desvelada, me tiró esa frase, sorprendido, indignado. Le expliqué que no, que no era de derecha, que alcanzaba con rascar un poco para notarlo. Que no era de nada, pero tampoco hubiera tenido nada malo serlo. Y que lo de buena, gracias pero tampoco.
Hoy, décadas después, sigo sin sentirme cómoda en el grupo de “la gente” ni en el grupo de “el pueblo”. Estaría buenísimo, porque en estos días hubo muchos dirigentes políticos que hablaron hasta por los codos de lo que cada uno de estos grupos quería y necesitaba y pensaba y decía. Pero no.
A la hora exacta comienza el rito. 
Verde, blanco, alto, bajo, cargado, austero, ancho, delgado, luminoso o apagado. Sugerido detrás de una cortina, en la punta de un edificio o delineado con guirnaldas en una vidriera. De diseño o medio cachirulo. Todos valían mientras fueran arbolitos de navidad.
Se abre la puerta e irrumpen en tu cama y en tu sueño. Es domingo y es mucho más temprano de lo que te gustaría. Te besan y te abrazan, te babean, te pisan y te aprietan. Mientras intentás que los codazos múltiples no te den en la vejiga llena, respondés con sonidos guturales y con la boca cerrada, que el mal aliento acumulado toda la noche no le quite la magia justo a la mañana del día de la madre.