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Nosotros, Los Segundones

bola_de_billar_de_numero_dos_pegatina-p217389306670421351envb3_400Escribí este texto para el Blog de la Facultad de la que egresé. Se publicó. El Consejo Permanente de la Universidad lo bajó porque algo les molestó. Como la censura me parece, por arriba pelotuda y en lo profundo extremadamente peligrosa, lo publico aquí. Y me siento más tranquila.

No insistan. Jamás traería aquí esos rumores de tapa de Paparazzi que juntaban a alumnos y a profesores de aquel entonces. Aprovechemos que no había Facebook (Ni ICQ había). Pero dejemos que el ritmo, más suave, del teclado nos lleves a ese pasado en donde, nosotros, los de entonces, seguimos siendo casi los mismos. A Dios gracias.

Veinte años después, diecinueve en nuestro caso porque somos la segunda promoción. Una cosa medio neutra, viste, sin la gloria de los primeros, pero habiendo caminado esa misma ruta, apenas pisoteada, que le dio vida a la FCI de la Universidad Austral. Algún mérito de segundones tendremos che, nada puede atribuírsele enteramente a la suerte. Ni a la mala, ni a la buena.


Veinte años después podría hacerme la canchera y poner como banda sonora de estas palabras a Pearl Jam. Claro que alguien me podría devolver un “Me haces tanto bien” en ese tono arrastrado y pajerito de los gallegos de Amistades Peligrosas con los que quebrábamos la cintura (en esa época todos teníamos) y revolvíamos las hormonas entre los parciales de TGI y los finales de Contenidos. Podemos negociar entonces y acomodarnos en el sonido de Calamaro cuando estaba rodeado por Los Rodríguez, cuando los rulos no lo hacían parecer a una tía vieja y cuando no precisaba comerse a una conejita de Playboy porque el rock era otra cosa.

Menem extendía, y extendía, su mandato pero a nosotros nos cambiaron el Decano. Y si bien muchos aún intentamos entender de qué venía la materia que daba Peltzer, lo queríamos y lo respetábamos. Sigo haciendo las dos cosas, el tipo me trató más como lo que yo quería ser que como lo que era. Me recibí con Damián barbudo. Agradezco la fortuna de tener ese recuerdo. Aunque disiento (No es ninguna novedad, por las dudas yo disiento) y me permito una corrección de su crónica, ahora que se afeitó. Y se liberó. Las chicas jugábamos al fútbol en el 5to. y los chicos tomaban sol en la terraza. Por eso a Juampi le costaba juntar 11. Éramos un equipo raro, todos dueños de la pelota…

Nos mezclábamos en el colectivo con los que iban a la UBA de la vuelta. Podría escribir una saga de 10 tomos llamada “mi vida en el 130”. Nosotros parecíamos 90210, pero la primer versión y en Argentina. Los estatales eran medio rollingas o medio rockers o medio hippies (A esa edad siempre sos medio) y con bastante más onda. Nosotros a pura hombrera y camafeo, algunas pasadas de delineador negro y otras con cuello ancho con puntillas, tiradores y florcitas hasta en el culo. Nos hermanaba, a los de los chupines y a los de pantalón pinzado, la misma cara de boludos.

Éramos muy pocos y éramos muy jóvenes. Entre las aulas y el bar, un universo para descubrir, un espacio casi sin tiempo en el que se mezclaban los tesoros de la fábrica acabada con los buenos augurios de lo que la Facultad decía que iba a ser.

Llegábamos dormidos, Maestrovic nos enseñaba la función del brazo fonocaptor del tocadiscos. No había internet en la Facu, de casualidad había alguna computadora. Hubo un pasquín que ahora nos da ternura y un par de intentos de revistas que no prosperaron. En casa jugábamos al Doom con una velocidad que haría que mi hija menor hoy revolee el ipad sin ninguna contemplación.

Vimos Tango Feroz y nos sacó del duelo por Cobain el grito de Alterio que nos arengaba porque valía la pena estar vivo. La puta.  Y la euforia nos duró el tiempo que nos llevó notar que pertenecíamos al Gen x pero no éramos ni Winona ni Ethan.

El edificio  estaba siempre en obra, y se te mezclaba el frío (y qué frío) con el olor a albañil y a café. Los profesores tenían su despacho en los rincones más asombrosos y la disposición de la Facu era una mezcla entre Casa Pueblo, un cuadro de Escher  y Hogwarts, con escaleras que salían de los lugares más ridículos y en donde era tan fácil perderse que daba gusto. Podías chocarte con el atelier de Ferrer, en shortcito de jean, pintado un cuadro con música clásica de fondo. Ahora, si querías preguntarle algo era posible que no encontraras nunca el camino. Será por eso que cuando voy a la Austral prefiero tomar el viejo ascensor grande de la fábrica, en donde me siento más local y menos visitante.

Nos gustaba el chico de la fotocopiadora, es que en la Facu había poco pelo largo. La Iglesia de la esquina fue un restaurante durante un tiempo y Crónica ya era Crónica, entre el mito y un lugar en donde no querías terminar. Los varones murieron de amor un tiempo por una galleguita de intercambio que vino a enseñarnos una materia olvidable, una que justamente por ese motivo, no logro citar.

A media cuadra teníamos un pool en dónde jugábamos para bajar la milanesa a la napolitana y la cerveza que almorzábamos. (Porque además de cintura teníamos estómago). En el Bar, que era mucho más chico que el de ahora, tomábamos café y más café mientras pasaban las materias y los días. Durante un tiempo también salíamos en excursión, y en contingente, al comedero de la UCA en Puerto Madero, y les envidábamos las instalaciones que sabíamos, nuestra facultad tendría en algún momento, pero que seguramente no íbamos a llegar a disfrutar. Formamos parte de la promesa.

Y estudiábamos y nos queríamos. Somos gente de comunicación. Hacíamos tertulia en las aulas, en los pasillos, sentados en los desniveles del piso, en la biblioteca, en las terrazas. Charlábamos con los empleados administrativos, con los profesores, con las autoridades, con los de la limpieza, con los de bar, con tus compañeros, con los que se iban quedando, con los que entraban, con los que estuvieron de paso. El que no fue un poco dueño de la FCI fue porque no quiso.

Tuvimos Noche de las Estrellas con cortos que aún miramos. Tuvimos una banda que se llamó La Tripa y que nos convirtió en groopies a todas. Hemos amanecido en la facultad, en la “isla de edición” (Un escritorio viejo lleno de porquerías) sin que nadie nos cuestionara nada. Nos hemos besado entre los telones del salón de actos en donde  después escuchábamos a los visitantes ilustres. No había molinete.

Nuestros profesores eran mucho más jóvenes de los que nosotros somos ahora. No todos eh, varios han nacido viejos. Hemos comido, y bebido generosamente, con profesores y decanos. Han venido a nuestras casas y a nuestras bodas. Los hemos visto sufrir. En la mayoría de los casos, llevamos a alguno en el corazón. Gracias.

Nos peleábamos con María Amalia, nos divertíamos con Zanotti que nos contaba que su novia siempre quiso casarse pero no con él y escuchábamos embelesados a Luciano que hablaba en difícil y siempre con pasión. Nos creíamos muy como independientes, de autor viste, cuando cursábamos con Gabriela y con Belón aunque después saliéramos corriendo a asombrarnos con el estreno de Toy Story. Barcia nos daba un poco de miedo y muchas ganas de ganarle en algo. Marita soñaba con un curso que escribiera bien y ya le sospechábamos la firmeza con la que contamos ahora. Piscitelli nos buscaba roña, nos confundíamos a Rey Lennon con Fernando Ruiz y López Alonso nos llenaba de máximas que luego se nos iban a aparecer en nuestra vida profesional como luces rojas que iluminaban verdades absolutas. Garibotti nos mentía que eso era radio. La Rosa nos hacía fruncir la trompa para pronunciar correctamente el apellido de Ferdinad y la de historia nos paseaba por la Yugoslavia de Tito como si fuera a la vuelta de Paseo Colón. Hay quienes aseguran que tuvimos, y rendimos, teología con más de un cura. Mientras, una y mil veces, nos preguntábamos qué carajo tenía que ver todo eso con la comunicación. Y seguíamos estudiando.

Una vez logramos que nos pospusieran un parcial porque todos íbamos a ir a una fiesta. Era otro tiempo. Y han sido muchas fiestas. A Juan de Garay llegabas con el diario, comprado,  abajo del brazo. Intercambiábamos suplementos como figuritas y nos pasábamos recortes arrugados con la misma asiduidad con la que hoy nos pasamos links. Hacíamos apuntes que nunca terminábamos y sin dormir mirábamos a la capilla para pedir asistencia divina en el oral.

Éramos todos dándonos ánimos para enfrentar al mundo que nos esperaba, para ser atropellado, apenas nos entregaran el título. Y hasta ese momento, teníamos tiempo para cambiarlo. Nos peleábamos entonces por causas que siguen sin solución. Cuando nos pusieron un Banelco creímos que finalmente había llegado la modernidad. Teníamos de fondo el sonido de la única notebook que portaba una afortunada en el curso, y ni sospechábamos que el dolor de espaldas crónico de estos años sería, en parte, por cargar entonces los primeros celulares, bien llamados ladrillos, junto a las treinta y dos baterías necesarias para pasar el día. Y de esto hace, queridos pequeños colegas que estudiaron con estudio de TV propio, apenas veinte años. No cien.

El mundo se apuraba a cambiar mientras nosotros seguíamos juntando los veinte créditos. Un día alguien nos quiso censurar un forro (porque profiláctico suena raro y preservativo es de publicidad) que se veía en un corto y lo pusimos igual. Y aprendimos a defender, mal o bien, algo parecido a la libertad, justamente, en una facultad de comunicación. Eran batallas graciosas que vivimos como guerras mundiales. Éramos guerreros adolescentes que aún no habíamos claudicado nada. Recién después de esas luchas es que se aprende realmente a negociar.

Estudiábamos como locos, fumábamos como escuerzos porque todavía era cool. Mirábamos Poliladron que no se parecía a nada y todas queríamos el pelo de Rachel y todos querían ser Ross para curtirse, justamente, a Rachel. Entre Nieto, De Fleur, Fuenzalida, Van Dijk y McLuhan  leímos el recién publicado Mr. Vértigo, pero sólo porque Harry Potter todavía no se había editado.

Y muchos nos hicimos amigos para siempre.

El tiempo pareció detenerse esos cuatro años y se precipitó, en algunos casos violentamente, un segundo después de revolear el birrete.

Cuando te recibís te enojás un poco. Y es lo que necesitás para irte. Sino, es muy difícil. En la mayoría de los casos no tiene que ver con el amor.  Los conocemos. Nos conocen.

Hoy estamos muertos, vivos, casados, solteros, divorciados, santos, somos padres, zurdos, amorosos, somos huérfanos, gays, consagrados, libres, buenos, exitosos, conservadores, resignados, hijos de puta y de la Austral. Los primeros años decíamos en dónde nos habíamos recibido y del otro lado del escritorio conocían más a las academias Pitman. Hoy, aún si todo se desdibuja, seguimos siendo del mismo club. Para lo bueno y para lo malo. Los profesores y los decanos en algún momento serán ex. Nosotros, para siempre, australinos.

En las postas de las carreras muchas veces nos cruzamos con compañeros y es genial descubrir esa misma mirada voraz, sin importar en qué están laburando. También te encontrás con los otros. Confirmás, con ternura, que no era el espanto lo único que nos reunía. O nos alejaba. Salud para todos

Algunos de los nuestros dan clases en las aulas en las que compartimos una versión esperanzada de nosotros. Aunque no lo hayamos sabido en el momento, estudiar es tener esperanza. Y como para cerrar el círculo, recibimos propuestas indecentes (y no tanto) de personas que tienen hijos cursando en esos mismos bancos.

Y mientras vivíamos lejos, la facultad se fue poblando de pisos y gente. Aulas y carreras. Logos y colores. Y mucha señalética. Ya no te perdés. Como nosotros en la vida, que nos perdemos cada vez menos o al menos nos encontramos más fácil. La Facultad tiene nuestra madurez. Nos hizo y le devolvimos la gentileza. Nosotros y todo el resto, pero estamos hablando de nosotros.

Con los #nuevitos te sentís como con los hijos, quisieras decirles tantas cosas, incluso en este texto. Pero no, mejor que se hagan pelota solitos, es más sano. Debemos reconocer, viejos amigos, que nos han colonizado. Que sufran las consecuencias.

Los de ahora nos parecen muy chicos y medio boluditos, pero mejor vestidos. Ojo, es plena identificación. No es envidia por la juventud perdida, que yo la mía no la perdí en ninguna parte. Es esa mirada piadosa para algunas cosas y cruel y devastadora para otras que te dan los años. Vienen juntas.

Dicen que comunicación es la nueva abogacía, pero peor porque es más difícil de explicar.

Dicen que veinte años no es nada si sigue habiendo fiebre en la mirada. El fuego sigue intacto. Y diecinueve años después, a mí, me quema.

La fuente de la juventud  resuelve su misterio en la cara de los profesores que tejen el hilo que hace que la narración de base siga intacta. Y nos da nostalgia de la buena. No la que añora sufriente, si esa que se siente como una ráfaga  cálida. Porque no se trata de volver al pasado, que no nos da la cintura para los puff rojos. Ni el alma.

Pero es una gloria saber que cada vez que uno se lo permite puede volver a casa.

A Dios gracias. Brindamos?

11 comentarios

  1. kave dice:

    No puedo creer que lo bajaron! Va en contra de TODO lo que nos enseñaron.

  2. Aniko dice:

    Excelente el texto, Beta. Una lástima (y una vergüenza) que haya censura justamente en una carrera en la que la libertad (de ideas, de orientación, de pensamiento y, sobre todo, de expresión) debería ser el eje central. Gracias por compartir.

  3. Juan Cruz León dice:

    Vergonzoso. Y escribiría calles y quebradas con tiza negra: “On ne tue pas les idées”

  4. Lo leí cuando lo publicaron y me encantó. Es un papelón que lo censuren y de retrógrado que crean que la verdad no sale a la luz.
    Está en la Biblia que la verdad te hace libre y digo yo que también rompe bastante las bolas.
    Me parece que esta vivencia, que es tuya, genera comunidad como pocas comunicaciones pueden hacerlo.
    Que vengan a buscarme: estoy armada con un buen set de plataformas para revoleárselas por la cabeza.
    #HeDicho
    #Australina

  5. Guido dice:

    Excelente Beta! Una boludez que lo hayan bajado.

  6. Mariel Palomeque dice:

    Somos esto. Sépanlo. Y somos libres.

    Una vergüenza absoluta.

    Me da muchísima pena que manchen así nuestro título universitario y no pidan las disculpas que corresponden según los preceptos que predican.

    Doble discurso. Horrible.

  7. Mariel Palomeque dice:

    Los invito a cantarles retruco compartiendo a full este texto. Que lo tengan en la nariz y que les moleste en la conciencia.

  8. Juli Vallega dice:

    Me puso piel de gallina.
    Te felicito!

  9. Mechi Marcó del Pont dice:

    Excelente Beta!! Como siempre, me emocionás.
    Te lo he dicho tantas veces..
    Sabia. Sos Sabia.

  10. Mandy Coelho dice:

    Beta, no sabes, no sabes cuanto te felicito…!
    Tu crónica me conmueve… Así éramos, así somos.
    Y tb me gustan mucho los comentarios q te hacen!

  11. Tere Okecki dice:

    Beta: lo volví a leer y es realmente increíble. Es un viaje en el tiempo. Soy de la quinta camada y viví varias cosas que relatas con maestría.
    Es inconcebible que te censuren, que nos censuren.
    Un acto de cobardía que no debería suceder.
    Mi apoyo desde acá.

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