La menor: ¿Mamá yo tengo corazón?
Yo, apurada, haciendo cualquier otra cosa: Si.
La menor, reflexiva y desconfiada, mientras se pone bizca mirándose el pecho: Pero no me lo veo.
Yo, siguiendo con eso que estaba haciendo y que ahora no recuerdo qué era: Porque lo tenemos adentro, no se nos ve.
La menor, insistente y desafiante: ¿Pero todos tenemos corazón?
Yo, haciéndome la metafórica: Bueno, deberíamos.
La menor, desconcertada: ¿Pero a todos no se les ve?
Yo, haciéndome la boluda: A algunos casi no se les ve, parece que no tuvieran…
La menor, que tiene casi cuatro, se va haciendo montañitas con las manos derecho a jugar con un mono nuevo que grita como un tormento (para nosotros, no para él que es un muñeco). Camina hasta su cuarto, madura, luego de haber mantenido la concentración en una charla que superó los tres intercambios. Es más de lo que puedo decir de muchos adultos con los que converso en el día.
Esta hija mía, que es la segunda y consecuentemente es más expeditiva, se salteó la edad de los por qué y pasó directamente a la de los peros. Nos obligó a salirnos del manual que, sumisos, habíamos aprendido con la primera y sabemos que, indefectiblemente, esto no hará más que empeorar.
De todos modos no importa cuánto libro con nombre de receta leas ni cuánta revista con la palabra Padres en el título compres ni cuánto blog con fonda rosa recorras, lo cierto es que hay días en los que lo único que hacés es escuchar preguntas que no sabés bien cómo responder. Y todas empiezan con Mamá….
Con el tiempo, por una cuestión casi utilitaria, vas categorizando las preguntas. Las enciclopédicas van a Internet (no se cómo hacían los padres antes, yo tengo en mi biblioteca El Tesoro de la Juventud y juro que no están todas las respuestas). Las ridículas se responden siguiendo el tono. Las temáticas se derivan a un especialista cercano, por ejemplo, al abuelo arquitecto. Y luego están aquellas profundas que, si generalizamos, se pelotean entre las dos puntas de la vida: nacer y morir.
Nacer, que como todos aquí sabemos está íntimamente relacionado con coger, no es un problema para mi. Me sobran palabras, me parece un acto saludable (ambos digo, nacer y coger). Y además me compré un libro. Me senté entonces con la mayor, contradiciendo la ley máxima de la paternidad: responder sólo lo que preguntan. Nunca más y nunca menos. Me senté, decía, con la mayor y con el libro. Ya había localizado el capítulo de la procreación para omitirlo hasta que, eso si, ella pregunte. Pero considerando que a pesar de sus nueve añitos calza 37 y usa corpiño (Es lo único mío que le heredé, digo, la altura, la rubiedad y la bondad son del padre), mejor le explico de qué viene el temita del desarrollo antes de que se convierta en Carrie. Bueno, para comprender la referencia la nena debería primero ver la peli y para ella formará parte de algún ciclo de cine de culto vintage… en fin.
Pulsé mi propio play, le mostré los dibujos, le mostré las toallitas, le hablé sin parar como dos horas y lo único que la piba dijo fue: ¿Sangre? Pero no con tono de espanto, sino con un tono sabio de: ¿Es necesario? ¿Realmente?. Seguí con mi monólogo.
Y me sentí ridículamente orgullosa por mi conversación, mi explicación, mi exposición. Más que cuando hablo ante un auditorio lleno. Mucho más. Eso hasta que la nena empezó, una vez cada 20 días, ponele, con la pregunta que me suele sorprender en las situaciones más incómodas: entrando a bañarme: ¿Mamá, cómo era eso de la sangre? Sirviéndole la cena a unos invitados: ¿Mamá, y entonces las toallitas cómo se ponen? Pagándole al cadete del super que está entrando las cosas en el living: ¿Mamá, cuántos ovarios teníamos? Y yo que me adelanté para no responderle cosas del estilo de: dos, tenemos dos ovarios nena, y alcanzame la bolsa esa con cuidado que adentro tiene huevos!
El sexo es lo de menos, en la otra punta, y sin posibilidades de ir a lo enciclopédico o a lo temático, está la muerte. Y te puede atravesar, como a nosotros hace muy poco, una muerte inoportuna, de esas injustas e inaceptables, de alguien joven que sin aviso se muere y queda una estela de tristeza y un duelo extendido, como una oleada que se expande y que te crece, y que les llega a los menores. Y está bien que les llegue, viste que ocultarles la muerte es ocultarles la vida. Y aunque tengas fe, y aunque te sobren palabras y aunque hables con amor es complejo explicar lo que vos no entendés del todo. Decí que está la menor que interrumpe el silencio para decir: ¿Pero, cuándo te morís cómo vas al colegio? y frunce el ceño preocupada, segura de que hay algo que está mal en eso que estamos diciendo. Finalmente se va conforme con el carácter democrático de la muerte. Todos nos vamos a morir. Y no se si hay otra pregunta que yo podré responder con ese nivel de certeza. La mayor se queda mirando el piso, perdida en el dibujo de la baldosa como una adulta y jugando con la pulsera de florcitas de madera que tiene en la mano izquierda, como una nena. Creciendo en la vida porque alguien se murió.
En la misma semana de esta muerte, de la que vamos a seguir hablando años, surgió el tema Candela, y sabés que nada de lo que puedas responder le va a devolver la sensación de seguridad, como cuando nos quisieron robar el auto con ellas (y conmigo) adentro. Está bien nena, es mentira que mientras estén mamá y papá nada te puede pasar, pero si vamos a dar la vida para que nada te pase. Ah… ¿No te deja tranquila que demos la vida? Y bueno, vamos a comprar unas hebillas re copadas, dale, ahora, si. ¿Querés un caramelo?
Y en la semana de las muertes dolorosas, la privada y la de Candela, vino además con que Ricky Martín es gay (una pavada al lado de lo otro, pan comido) y que por qué dos compañeritas quieren saber, con tanta insistencia cuánto pesa ella. Nueve años tiene, repito. El tema es que ellas se contestan entre ellas. Y las respuestas que se dan pueden ser tremebundas. Ahí te das cuenta del peso enorme que tus palabras van a tener en su vida. Y si te quedan dudas revisá cuáles fueron las palabras de tus padres que te pesan, aún, como un mundo. Y ahora, desde la otra vereda, incluso podés comprenderlos y mirarlos con piedad en su propia limitación. Y en la tuya.
Entonces, frente a la posibilidad de que tu hija se quede con la construcción que realizan en el almuerzo del colegio sobre, por ejemplo, el caso Candela, entre lo que una vio en la tele, lo que entendió de la tapa del diario del kiosco de la esquina la otra , lo que le dijo la niñera a una tercera, y lo que escuchó la cuarta que charlaban los padres mientras le pasaban el peine fino, mejor contarles la verdad. Aunque sea tremenda. La verdad te ancla, te para en un piso y es siempre igual.
Y el dato de color podría ser, para que vean que no me quejo de llena, que Ricky Martín, la muerte, Candela y los desórdenes alimentarios fueron todos en una misma semana. En una en la que el padre estaba de viaje. Le advertí que lo extrañaba, como siempre, pero por razones diferentes: o volvía pronto a responderle alguna pregunta, me daba lo mismo cuál, o le mandaba a la nena a la Convención por la que andaba. Repondeme ésta.
Seguiré esforzándome, a pesar de todo, ya que me alegra visceralmente que las tipas se sientan confiadas como para preguntarme las barbaridades más grandes del universo. Y veo que ni siquiera las desanima mi capacidad para hablar convencida, durante dos horas, sin parar y con la misma pasión de cómo se hace el pan y de cómo se formó la tierra. Pobres hijas.
Es que, y en cualquier momento les pinto el fondo de blog de rosa pastel, el problema nunca son los hijos, sino los padres. Y entonces, lo complicado nunca son las preguntas.
Lo complicado son siempre las (tus, mis) respuestas.
PD: Porque para hablar de nuestras propias preguntas preciso otro post…
NOTA: Este blog está participando en un concurso, si lo podés votar, genial!. Hacé click acá: http://bitacoras.com/premios11/votar (Te podés validar con tu cuenta de facebook, es fácil, y nos gustan las categorías de Blog Personal y de Blog de humor). GRACIAS!

Muy Bueno!
Excelente !
Beta, me encantó, subrayaría algunas frases con resaltador y todo….
ta bueno!! la verdad que me gustó!
yo ya soy abuela ….ja!!!!….pero pobres mis nueras !!!!
mi mayor es lo más desfachatado y a sus 3 años más que preguntas tira afirmaciones categóricas…
me asustó cuando por accidente escuchó el noticiero lo de Candela, justo el audio de la llamada que decía algo como “a la nena no la vas a ver más…” Lo miró al padre y le preguntó “¿a mi no me vas a ver más papá?” Se me hizo hielo la sangre y no sabía si manotear el control remoto o abrazarla hasta “reintegrar el producto”.
Muy buen post, como siempre!
Beta, ponete una escuela.
Gracias, otra vez.
Enhorabuena por tu clasificación parcial en los premios Bitácoras. Os deseamos mucha suerte. Un saludo.
Verás cuando sean adolescentes y ya no se crean tus respuestas porque tengan varias opciones ajenas.
No importa lo informada o lo preparada que esté una, los chicos siempre nos dejarán perplejas con sus preguntas
Magistral! (como nos tenes acostumbrados!)