En estos últimos días decidimos no tener más hijos y comprar una carpa. Y los dos hechos están íntimamente relacionados.
Ocurre que el problema de encontrar un colegio que te guste es uno de los secretos mejor guardados de este racimo de bondades que trae aparejado la maternidad. Lo encontramos. Lo podemos pagar. Van. Pero el colegio tiene “espíritu”. Y si bien eso es algo bueno (En otro post les cuento por qué) al espíritu, nos dicen, hay que alimentarlo.
Tenemos entonces un campamento familiar por año por hijo, sin docentes, una sola noche. Para compartir. El problema es qué se comparte. Entre el sueño y la realidad, un camino de dudas.
Una amiga, que me acompaña en el sentimiento y en los campamentos, sacó la cuenta de los que nos quedaban por delante. Con ese dato devastador me metí en Mercado Libre y compré la carpa que me pareció ideal: Una grande, con forma medio rara, con dos cuartos y un espacio en el medio. Digo ideal desde mi ignorancia absoluta. Atractivamente compleja. Se ve que me sentí identificada.
Por suerte el paquete era pequeño porque una noche o una quincena requieren casi el mismo volumen de equipaje. Mientras armaba los bolsos cortaron la luz y justo cuando estaba por interpretar la señal como una clara orden de suspender todo, ahí volvió. Es que el destino no me da señales últimamente, más bien se me ríe con la boca bien abierta.
Tomamos la ruta, el viaje es corto, y entre bolsos, cajas de empanadas, gorros y lonas intento purgar todo mi mal humor antes de llegar al predio en el que vamos a acampar. Pasan los autos y le explico a mi marido que es más factible que me tatúe yo misma el nombre de mis hijas a que pegue las figuritas esas en la luneta. Y finalmente llegamos.
La jornada comienza con todas las carpas armadas menos la nuestra, seis padres intentando colaborar, mi indignación personal porque CÓMO mi consorte no había googleado el modo en el que se armaba y la idea, siempre presente, como un mantra, de que tanto esfuerzo es para terminar durmiendo en una carpa. Un despropósito.
No logro comprender cómo hay gente que planea sus vacaciones en carpa sin ninguna promesa inmoladora de por medio. Pero para el caso hay gente que se viste de rosa o que usa mocasines con medias de toalla, o zapatillas con taco. No debería sorprenderme.
Quedan las carpas levantadas, como lápidas, juntitas, con los vientos cruzados entre sí. El espacio es grande, pero aquello de que lo que te reúne es el espanto aquí se hace visible en forma de sobretecho.
Luego a disfrutar el día. Rondas de mate, charlas, confesiones y sol. La mayoría de los padres son gente como uno, así, entre normal y con problemas, en gran medida socialmente adaptados. Hay sin embargo un grupito que apenas pasa la General Paz se transforma y de repente son gente verde. Aspiran fuerte con ruido y suspiro, miran embelesados el horizonte, salen a hacer caminatas, usan bombachas de campo que compraron para la ocasión y no dejan pasar oportunidad de decir que deberían mudarse al sur, o al norte, o a algún lugar en donde la vida pase lento como en el campamento.
Yo, que no logro relajar del todo por temor a que la menor se desnuque entre tanto árbol, noto una vez más que ser urbano no es algo políticamente correcto. Reconozco cierto regocijo malvado porque esos padres que promueven la granja autosustentable son los mismos que duermen parados porque olvidaron ponerse protector solar, llaman al SAME porque los picó un mosquito “que era demasiado grande para ser normal”, descubren que la ropa blanca no es ideal para los yuyos, se ponen a hacer poses que ni el kamasutra contempló para que el smartphone levante señal y no pueden creer que la 4×4 se empantanó, si el manual decía otra cosa.
Pensaba yo, porque el aire muy limpio me hiperventila, que una de las mejores cosas del campamento es que, como las familias van completas, ves como los hermanos mayores interactúan con los hermanos menores de otros compañeros. Expresé mi pensamiento, aplicado a los amigos varones de la mayor que dulcemente jugaban con la menor y sus amiguitas, y una de las mamás que me conoce acotó: Si, son los mismos que en unos años se las van a empomar. Y me cebó otro mate. Por suerte el progenitor de las criaturas estaba lejos, sino lo perdíamos.
Cae la tarde y comienza un raro ritual en el que los padres traen hasta el quincho decenas de colchones inflables, como hormiguitas. Los inflan y vuelven, en silencio y en fila, a encajarlos a la fuerza, cada uno en su carpa. Después ya es hora de prender el fuego para las pizzas a la parrilla de la noche. La cantidad de comida que se consume en estos campamentos es bestial. La idea, recordemos, es compartir y para compartir uno lleva de más. Las 30 familias llevan de más y comen en consecuencia.
A esta altura los niños parecen un capítulo especialmente morboso de The Walking Dead. No por el ánimo, ellos la pasan realmente bien. Pero entre el sol y el exceso de libertad y campo que los deja con los ojos vidriosos, la tierra en las uñas, el pelo pegoteado por la savia de los árboles y la costra gruesa sobre la piel, producto de la cantidad de veces que alternamos off y protector solar, parecen pequeños zombies. Avanzan, como una horda, pero se contentan con gaseosa y pizza. A Dios gracias, porque los padres nos encontramos en un estado en el que no les resultaría nada complicado comernos el corazón. Tal vez por eso es que en la secundaria se abandonan los campamentos familiares (Y por la condensación de hormonas adolescentes adentro de una carpa que puede subir el calor, y los embarazos, hasta niveles insospechados).
Después el fogón en donde, entre resignada y agotada, me digo que si la chiquita no se desnucó antes, ahora va a morir incendiada. Intento gritarle pero mi voz grave es aún más grave luego de un día de usarla como megáfono comunitario. La hermana mayor se ocupa. Y yo agradezco a Dios que estos padres, al final del día, compartan mi sentir. Y comienzan a salir de las heladeritas, cerveza, fernet y hasta vodka. Todo medio caliente, pero ya nadie repara en detalles. Total sólo será cuestión de ponernos de acuerdo para negar, en bloque, cualquier afirmación al respecto que las criaturas hagan frente a los docentes.
Nunca falta una guitarra. Lo que nos viene faltando son padres que sepan tocar temas nuevos. Pero no, al final oscilamos entre Rasguña las piedras y alguna de Los Piojos, que para los nenes son la misma cosa: Algo que nos convierte en una manada de orates gritando canciones desconocidas, desafinados y sin pegarle a un acorde. Los mismos que debemos ocuparnos de mantenerlos con vida y limpitos hasta la mayoría de edad. Debe haber alguna relación no estudiada entre el incremento de psicólogos en la Argentina y los colegios con espíritu.
Nos vamos a dormir y me acuesto con el techo de la carpa muy cerca de mi humanidad. Mi tolerancia también tiene techo bajo. Pido al cielo que por favor los únicos ruidos que lleguen de los vecinos sean los ronquidos. Oigo los cierres que abren y cierran puertas y me repito que no quiero estar ahí. Mi cama se me antoja un lujo asiático, pienso que “por qué no te vas a dormir en carpa” debería ser un insulto de lo más ofensivo y me meto en la bolsa de dormir dispuesta a transpirar sudor y angustia casi en partes iguales.
Y cuando empiezo a pensar que ya purgué todas las culpas de varias vidas, tipo dos de la mañana, me agarran ganas de hacer pis.
Las posibilidades son varias: Salir, vestirme y caminar la cuadra que me separa del baño. Salir, vestirme y hacer pis al costado de la carpa. Salir en tanga roja y caminar la cuadra que me separa del baño. Salir en tanga roja y hacer pis al costado de la carpa. Aguantar hasta la mañana. Hacerme encima. Finalmente opto por aguantar hasta la mañana como plan A, y en el caso de que no funcione, hacerme encima como plan B. Tiene lógica.
Me despierto a las siete, con los ruidos de los teros y de muchas otras aves sin nombre, con la vejiga a punto de explotar, calor y dolor de espaldas. El colchón bastante desinflado, como mi sentido de la dignidad. Hago pis y recupero la capacidad de pensar en otras cosas. Hay padres que ya están levantados y me ven llegar, pateando penas, con esa alegría que comparten los sobrevivientes de alguna catástrofe. Las marcas en la cara de la noche corta que por suerte ya pasó, se espejan como en un laberinto. Catálogo de ojeras. Mates para todos los gustos.
Empiezo a preguntarme, en ese contexto, cuándo es la hora de la primera cerveza si uno se levantó a las siete. A las diez será muy temprano? Me saca de mis profundidades la necesidad de desarmar la carpa antes de que el sol del medio día, o el embotamiento de la tarde, lo conviertan en una tarea imposible.
Me paro frente a la estructura que albergó mi noche y la miro fijo con la esperanza de que se desarme con el poder de mi mente. Pero no. Evalúo dejarla ahí hasta el año próximo. Me parece más lógico y saludable comprar una por campamento y dibujo la idea de “carpa descartable”. Claro que de esta todavía debemos 5 cuotas. Finalmente desarmarla es mucho más sencillo que armarla y te deja la idea, errónea, de que la próxima vez que debas levantarla va ser más fácil.
Se suceden las conversaciones Tinellescas que también ocurrieron durante el armado. Aquello de vení que te la clavo, dale más duro, en dónde está el agujero, pero qué estaca más gruesa, martillame ésta. Nada con intención. Todo como para que en un par de años nuestros hijos caminen siempre quince pasos adelante y comiencen a soñar con el geriátrico al que nos van a mandar.
El segundo día toca asado y esperanza. El futuro del primer día es el segundo día. El del segundo día es el regreso a casa, como una luz prometedora. De a poco empezamos a juntar las cosas, con gran dificultad. Los tenedores, los platos de madera, las linternas, los vasos de metal y las bombachas de las nenas son todos iguales. Así que vas a la cantidad sin mucha intención de conseguir tu tenedor. De todos modos siempre sobran cosas, y es un misterio, ya que nadie las reclama. Será que la gente prefiere olvidar las cosas para no recordar la experiencia? No son trofeos, son casi heridas de guerra.
Guardamos todo en el auto y no comprendo como es que, a pesar de ya no tener los dieciséis kilos de comida que llevamos (Como para el fin del mundo, que es algo que no descartamos cuando salimos de campamento) no quede casi lugar para nosotros.
De a poco, de a una, las familias empiezan a irse. Algunos con culpa por abandonar el barco temprano, otros como un triunfo. En el viaje de regreso, con la ruta cargadita, se hará la selección de recuerdos. Es como cuando parís, hay cosas que olvidás para preservar la especie.
Nos llega el turno, aguantamos todo lo que pudimos. Hemos dado lo mejor de nosotros y hemos sido recompensados: Sobrevivimos. Es que cuando te dicen que la maternidad te coloca en sitios inusitados nunca imaginás que estén hablando de una carpa.
De este modo los campamentos que el colegio con espíritu nos “recomienda” hacer, uno por año por hija, se han convertido en un control de la natalidad de lo más efectivo. Todos sabemos cuáles son nuestros límites. La paternidad responsable no es decidir cuántos y cómo, es todo lo que viene después.
Y mientras me ducho para sacarme la bolsa de dormir de los poros hasta el próximo campamento, me voy sin dejar de advertirles que si están esperando el párrafo en el que digo que en la sonrisa de las nenas descubro que ha valido la pena, más les vale irse a otro blog. En este intentamos obviar las obviedades.
Detesto los campamentos y compré una carpa violeta, el color favorito de mis hijas.
Y los dos hechos están íntimamente relacionados.

“para el caso hay gente que se viste de rosa o que usa mocasines con medias de toalla, o zapatillas con taco. ”
Hay gente para todo
¿El Hacha tocó rasguñas en un fogon?
una foto de la carpa, por favor!!!!!
Me encantó Be!! a mi me encantan los campamentos pero por suerte en el cole no se les da por hacerlo familiar, jaja =)
Beta fabulosa.
Beta, bueniiisimo !!!!!
aplausos y mas aplausos!
me encantan los campamentos, vivi muchos años de eso, aunque no lo creas. disfrute mucho de tu relato, porq hoy puedo decir q ni en pedo me voy de campamento como profe. Una ya no tiene 20 años para ese ritmo!
No puedo parar de llorar de la risa!!! Beta, admiro tu don para expresar con tanta claridad y humor los sentimientos de los “padres” que vivimos el “espíritu” del colegio de la misma forma que vos!
Cada día escribís mejor…
Muy bueno!!!
Me matás, nena.