A ser buen amigo también se enseña

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Dedicamos tiempo, dinero, recursos y estrategias para enseñarles a nuestros hijos infinidad de cosas. ¿Nos detuvimos a enseñarles a ser buenos amigos?

Hace unos días me topé con una de esas postales que se comparten en redes sociales que me causó gracia. Un padre le hablaba a su hijo y le decía “no te rías porque me cuesta aprender a usar el mouse, yo te enseñé a usar una cuchara”. Me resultó simpática y, como padres más a o menos dignos, podríamos sumar a la lista varias cosas más: a lavarte los dientes, atarte los cordones, prender la hornalla, escribir, limpiarte las partes, pedir las cosas por favor… y me detengo acá para no seguir párrafos y párrafos.

Todas esas enseñanzas son cuantificables: se enseña, se practica y se observa el resultado. O se ató lo cordones bien o se cayó al piso cuando se los pisó (la vida también enseña). Además, los padres intentamos criarlos para que sean honestos, trabajadores, alegres, apasionados, compasivos, responsables, agradecidos, afectuosos, buenos amigos… y, otra vez, me detengo para no seguir párrafos y párrafos.

Este segundo grupo de “tips para vivir bien” es más complejo de evaluar porque solo en el largo plazo vamos a saber si cumplimos con nuestro trabajo. Y es más difícil aún porque con los hijos se enseña aunque no se quiera. A ser buen amigo enseñamos todos los días, solo que tal vez no lo tenemos presente:

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