Angustia

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reloj-pared-salvador-daliY por suerte olvidamos la ubicación del auto y no la de una de las nenas.

Con esta frase empezaba ayer este texto. Pero ya es vieja, como los diarios, como las vacaciones, como la sensación de que cuando comienza un nuevo año todo ha de ser mejor.

Y marzo es todavía muy pronto para renovar las esperanzas, a veces es sólo el comienzo de la desilusión. Decí que arranca el otoño, que es mi estación favorita, mi mejor contexto. Y decí que yo soy yo en otoño.

Pero antes de que las calles se llenen de hojas, de que te queme el sol y te abrigue del vientito que no llega a calarte los huesos, justo antes de esa sensación reparadora, marzo es un verdadero y absoluto… cómo decirlo… ah, si, quilombo.

Adaptación de la menor en el jardín, el colegio de la mayor, la lista de útiles que se regenera a diario, los aptos médicos, las reuniones de padres, las actividades extracurriculares, el staff de la oficina que se renueva, clientes nuevos o nuevas propuestas para clientes viejos, la crisis de los 35 que parece que llegó con demora, las circunstancias de los afectos. Todo que arranca y que aún no se acomoda.

Hago un horario semanal y me canso de sólo mirarlo. Los que lo ven pegado en mi escritorio me observan y se debaten entre la admiración y la pena.  Lo estudio con temor, terror, a dejar a alguna nena olvidada, a algún cliente plantado, la heladera vacía, un amigo ofendido, un familiar desamparado, las cuentas impagas.

Sólo deseo que los horarios se definan para que la rutina imponga su orden. Onda le ponemos después.  Esa rutina es libertad, creanme.

Mientras no escribo. No como lo que debo. No tengo mucha energía. Sólo transito el camino denso desde la desilusión hasta el  renacer del Otoño. (Esperemos).

Llegamos así, día a día, casi hora a hora, al último día de la adaptación de la pequeña. Bastante contenta porque los daños colaterales venían siendo menores y porque mi celular está copado de notas tomadas que espero que en estos días se conviertan en un post de lo más divertido (Que claramente no es este).

Dejamos a las nenas en el colegio bien temprano. Oficina. Jardín. Guardería. Oficina. Reunión en la otra punta de la ciudad. Tranquila porque a la mayor la retira a la tarde la mamá con la que históricamente hacemos pool (pool no es la mesa con los tacos y las bolas eh, pool es repartir nenes por turnos). Llené las autorizaciones, hablé con la mamá, ayer cruzamos mails con qué día le toca a cada quién. Todo bajo control.

Salgo de la reunión contenta, pensado la propuesta, escribiéndola en mi cabeza. Me subo al colectivo, si puedo le robo tiempo al día y prefiero el anonimato de los transportes públicos, me da fobia el taxista que me habla. Me violenta. Se demora el viaje, me duele la cabeza. Ni siquiera el clima que anuncia la ida del verano logra sacarme esa sensación de pesadez.

Llego a la oficina más tarde de lo que pensaba. Me dicen que aún no trajeron a la mayor. Miro el reloj. Qué raro. Ya casi es la hora de buscar a la menor en la guardería. Presiento. Mensaje a la mamá transportadora. Nada. La llamo. Me atiende el contestador. Una y muchas veces. Luego a la casa, con la misma respuesta silenciosa. Mi instinto (no me atrevo a poner maternal) me dice que mi hija está en el Colegio. Que hubo un malentendido, que es posible que este día sea una excepción y que no lo recordé. Llamo al colegio, ordenado, gigante, con mucha seguridad. Me pasan de una secretaría a otra. No está en ninguno de los lugares en los que debería estar, en ninguno de los sitios en los que guardan a los niños olvidados por sus padres. Hablo con cinco personas diferentes. Todos la conocen, nadie la vió.

Me quedo estaqueada en la silla. No me puedo mover hasta no saber exactamente en dónde está. No es parálisis. Es la sinrazón. No puedo disparar para el norte si ella camina hacia el sur. Mi amiga sale a buscar a la menor y yo me quedo peleando con todos los fantasmas que te crecen justo cuando acabás de parir.

Yo no entro en pánico nunca. Yo no dejo de hacer nunca. Disco todos los teléfonos y al mismo tiempo chateo con el papá para que haga lo mismo. Pasó más de media hora desde el horario de salida.

Insisto con el colegio. Me llama la mamá en cuestión, me dice que me dijo, y le creo, por qué no? Y me detesto por no recordarlo. Vuelvo a insistir con el colegio, un alma iluminada relaciona la última actividad del día, deportes, con un sitio de la Institución. Me atienden y enseguida me pasan con ella. Mi voz es firme, demasiado, le digo que se quede tranquila, que ahí voy, que me espere sólo unos pocos minutos más. Su voz es serena. Me dice mami. Y mientras salgo a interceptar el auto de mi amiga que llega de buscar a la segunda pienso en todo lo que pasó por mi cabeza en esos 40 minutos. Y quiero saber qué pasó por la de ella y que me duela a mi. Quiero borrarle la memoria. (Si, así de exagerado, y qué?).

De repente no me parece tan importante no haber tenido tiempo de sacar la fotocopia del carnet de OSDE que tiene que llevar al colegio. De repente no me parece tan importante nada.

No saber en dónde está es el vacío.

Y después escuchar su voz es como si el mundo se volviera a dibujar.

Es asombroso lo conciente que puede estar un padre de la cantidad de segundos que tiene cada minuto que pasa. Y me siguen sorprendiendo aún esos sentires de palabras plenas. Angustia es angustia, cabal, entera, sin necesidad de sumar ningún adjetivo.

Llego. Está sentada, le da el sol como de costado. A veces no tengo presente lo hermosa que es. No está angustiada. Balancea las patas con sus super zapatillas nuevas. Bajo mi nivel de locura y me acerco caminando, la abrazo y luego la miro a los ojos y le explico todo. Detalle por detalle, sin subestimarla. Que suerte que tengo tacos, así le saco más de una cabeza y la puedo cobijar en mi pecho después del abandono.

Nos vamos hacia el auto. La menor que no para de hablar, la madrina que sube la radio en una canción que le gusta para que todos cantemos a los gritos. Pareciera que el día, que se había detenido, vuelve a su normalidad. Sigue su curso. Es que la vida siempre sigue su curso.

Le pregunto cómo se siente, me dice que bien. Le pregunto si le dio miedo. Me dice que sabía que yo iba a llegar pero que un poco de miedo le dio.

Le pido perdón. Lejos del drama, cerca del amor.

Y me contesta: Mamá, todos nos podemos equivocar.

Y sigue hablando pavadas con su hermana. Ni un reclamo. Ni una queja. Cualquier que tenga hijos puede reconocer la nobleza que encierra esta renuncia al pataleo.

Me golpea con las palabras, me retumban. Tienen eco. Son una piña en la panza. Las palabras dichas y las calladas.

Ayer nos olvidamos del lugar exacto en dónde habíamos estacionado el auto. Un problema.  Si lo hubiera escrito ayer otro sería este texto.

Pero es hoy, el día en que mi hija mayor, una nenita de 9 años con una bondad que destaca todo el mundo mucho más que yo, me dio permiso para fallar. Incluso a costa de ella. (Yo hubiera preferido el cliente plantado, la heladera vacía, etc.).

Esa frase que advierte que los hijos duelen no cobra verdadero sentido hasta que les causas dolor vos a ellos. Nada duele más en todo el universo.

Nada grave a pasado en los hechos. Sólo una nena, con su cabeza fantasiosa de nena,  40 minutos olvidada en el colegio.  Nada tremendo en realidad.

Pero esa nena es mía.

Se ve que estaba yo muy ocupada acomodando el calendario e hizo falta que ella me acomodara a mi.

Qué bendición los hijos.

Y este marzo. Y el otoño.

(Y volver a escribir).

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Sobre el Autor

24 comentarios

  1. Sólo para sumar algo más de angustia al tema, en la mitad del trayecto entre la guardería de la menor y el colegio de la mayor el auto me avisa que no tiene más combustible, y se prende la lucecita en el tablero. Pero como mi auto es, ante todo, un medio de tranporte con código, nos llevó sin quejarse a completar todo el recorrido.

  2. Que angustia mamá. El sudor frio, todo lo demás que se apaga y parece irrelevante.

    Por eso yo digo que no va a poder salir a ningún lado hasta los 31.

  3. Cuando tenía 3 años, me olvidaron en el jardín de infantes, después de 29 años lo recuerdo al igual que mis padres y abuelos.

  4. Una vez, cuando mi hermanito tenía 3 años mama lo llevo a hacer los mandados (ella era era un “tren”) haciendo compras y mas compras. 1º fue a la panadería de alli fue a lo de Beraldo (ya estaba con el pescado, pero sin el dependiente actual) y por ultimo fue a la almacen de Don Julio. Pongamosle q tardo en total una media hora. llego a casa cargada como un camello y cuando entro mi abuela que vivia con nosotros le grita ¿y el nene?. Mama largo las bolsas salio rayando a la panaderia que era el 1º negocio q habia visitado y alli, en el mismo rincon en el q lo habia dejado estaba Leo, tranquilo, eso si, muy palido. tras lagrimas, besos, abrazos, mocos y no se q mas volvieron a casa.
    Hoy nos reimos del incidente como vos hija mia lol vas a hacer seguramente muy pronto junto a tati. Como dice Facudo Cabral, no estas deprimida, solo distraida y eso lo padecemos todos.
    Te ama Tu mamá

  5. Muy tierno y conmovedor!.
    Y este post me hace recordar una pregunta que me hago en estos casos:
    ¿Cómo puede ser que algunos padres “jueguen” a esconderse de sus pequeños hijos en lugares como por ej. un shopping, o el Parque de la Costa, por citar algunos?.
    “-¿A ver qué hace?”, piensan y/o dicen…
    ¿Será porque nunca les pasó lo que a vos?

  6. Angustia y vacio son dos palabras plenas. Pero sabiduría también. Y que tu hija sepa que la madre en algún momento iba a llegar, habla también de la seguridad que debes transmitirle. Tranquila…la madre perfecta de manual no existe… y a nadie le importa si “mi mamá me ama”

  7. Que sublime tener la humildad de dejarnos acomodar por nuestros hijos… hermoso Beta… pensar en lo que sentiste me congela la sangre.

  8. Beta, tu angustia y la capacidad de representación que generás, me hizo acordar que a mi también me pasó algo asi, o similar. Una vez, tendría 3 o 4 años, dentro del súper (en ese momento Casa Tía), mis padres me dejaron olvidada en la góndola de los lácteos. Yo estaba muy entretanida mirando ‘Serenitos’, pero cuando me percaté, me puse a llorar desconsoladamente. Un repositor me acercó a la línea de cajas, y allí todo se solucionó. Ele, con su anécdota, me trajo a la mente la tranquilidad de Leo. Él, un día fue a buscar al jardín a Augusto, por suerte se acordó de eso, pero por desgracia llevó por media cuadra a un niño que no era mi hermano, algunos dicen que era parecido, pero en fin, claramente no era! Tranquila, a todos nos han olvidado por rato alguna vez. Un besote!

  9. SI, ME IMAGINO LA ANGUSTIA, CUANDO ADRI TIENE QUE IR A BUSCAR A GERO LO LLAMO 15 VECES PARA QUE NO LLEGUE TARDE,…. PERO MAS A ALLA DE TODO……. NO MANDASTE A LA PUTA QUE LAS PARIO A LAS QUE TE ATENDIERON LA PRIMERA VEZ QUE LLAMASTE AL COLEGIO??????????????

  10. “Y después escuchar su voz es como si el mundo se volviera a dibujar.”

    La forma en que los hijos se sienten en la carne no se puede entender cabalmente hasta que no se cría hijos.

    Gracias Beta, una vez más.

  11. ” De repente no me parece tan importante nada.No saber en dónde está es el vacío.Y después escuchar su voz es como si el mundo se volviera a dibujar”
    GRANDIOSO!!!!

  12. Excelente!! me emociono de verdad, la primera vez que leo algo de esta pagina. Tan real!!! Felicitaciones

  13. Beta, me estoy poniendo al dia con tu blog, me encanto lo que escribiste ! gracias por tantas palabras hermosas, besos !
    Ele, me gusto tu comentario, TE QUIERO 🙂

  14. WOW, qué post excelente. “Los fantasmas que nos crecen cuando parimos” me pudo. Qué poder de expresión. Y tenés razón, cómo duele causarles dolor. El otro dia mi hijo me lo gritó en la cara, lloramos abrazados, pero yo no logro perdonarme.

  15. Qué lindo post. Me has hecho llorar. Qué linda es tu niña, que te dijo eso y no te reclamó. Se merece todo. Me recuerda a la mía que cuando me equivoco con ella y me duele en el alma y le pregunto insistentemente si está bien, a veces es ella la que toma el rol de calmarme y decirme que no es tan grave. Y mejor no escribo más porque no paro de llorar y estoy en la oficina.

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