Aunque la mona se (me, nos, las) vista de seda…

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figurines newpqYa van dos veces que una amiga, la misma, me señala cierta similitud entre la ropa de mis hijas y la mía.

En el primer caso las prendas fueron adquiridas en la misma liquidación de la misma tienda que tiene sector niños y sector adultos y un diseño muy similar para todo. En el segundo caso sólo compartíamos los tonos y el tipo de estampado. Pero me quedé pensando.

Es que siempre detesté, con odio profundo, a esas madres que caminan por los pasillos de los shoppings ladeando a sus hijas adolescentes. Avanzan como marcando el terreno, con la confianza de la ruta transitada, la del shopping digo. Las hijas las siguen desgarbadas, con la espalda medio encorvada y un paso desorientado. Y sin embargo se parecen.

No les puedo sacar los ojos de encima, casi con morbo antropológico.

La madre puede tener entre 40 y 50. El retoño entre 13 y 17. Se adivinan los genes en las piernas largas y los cuellos espigados. Se sospechan los rasgos similares. Naturales, como en bruto, en la nena y redefinidos y afinados a fuerza de operaciones y botox en la jeta de la madre.

La nariz de la hija te cuenta cómo era la de la madre. La madre, justamente, enarbola las tetas duras como dos bolas incrustadas en el pecho huesudo. El culo parado y los músculos de acero. Las dos llevan pollerita de jean de 47 Street, sólo que la de la mamá es un talle más chica. Remera apretada, blanca, de Gap, comprada en Miami. Es que siempre leyó en la biblia que los “básicos” sacan años. Remera bolsa la nena que oculta un pecho casi plano. O porque aún no se desarrolló o porque para los 15 prefirió otro regalo.

En la madre la boca está más inflada, el pelo más ralo, la mirada más decidida. La nena camina fresca, viendo cómo acomoda tantas extremidades (En las extremidades la cuento a la madre también). Mira para afuera con timidez y para adentro, a la madre, con resignación. La nena calza zapatillas de lona número 40, porque es alta viste. Exceso de pulseritas baratas en ambas manos. La madre cintita roja en la muñeca y mega bolso de mega precio colgando de su humanidad. Y en las patas las zapatillas deportivas último modelo, ultra livianas, edición limitada, como para seguir trabajando los gemelos mientras compra ropa.

Una es la copia original de la que no se ve y la otra parece una caricatura de lo que fue y por las dudas ni mira mucho a la nena, como para no recordar lo que ya no será.

A la señora las arrugas de sus manos le gritan el paso del tiempo y entonces las carga de anillos de oro combinados con un super reloj de plástico de color vivo, carísimo, Adidas o Nike. Camina como si quisiera amortizar, con cada mirada que gana a su paso, semejante inversión.

La madre corre una carrera que perdió antes de empezar contra la nena que nunca quiso participar.

Y que cada uno sea lo que quiera, pero en ese mismo corte libertario, yo no quiero ser eso. Y como antes de someter a mis hijas a algo semejante me inmolo en la plaza del barrio, empecé con el análisis minucioso de los roperos de las tres.

La primera conclusión es que la menor, la de 3, no crece, así que básicamente le ponemos lo que no se le cae. Mientras, porque somos gente de Fe, acumulamos kilos de ropa que va dejando la mayor, la de 9, que usa talle 16. Y andá a encontrar ropa talle 16 que no le marque nada, que no sugiera nada, que no esté en bolas, que no parezca de 16 o de más, etc.

La menor hereda vestuario de los primos, todos varones. Para compensar le compramos entonces todo lo que reconocemos como femenino en un modo exagerado, y así es que luego anda por la vida con remeras negras de Ben 10 pero eso si, con calzas floreadas, zapatillas camufladas de varón y saquito rosa con perlitas como botones. Lo bueno es que no sale a la calle sin sus lentes de sol. (Debe ser por la vergüenza, pobre hija).

La mayor está conflictuada. Se pone ropa de nena y parece un dibujito de hentai, se pone ropa de adolescente y te dan ganas de matarla o de suicidarte, lo que sea más rápido. Ahora que lo pienso, en realidad los conflictuados somos nosotros.

Es que la industria argentina no está preparada para vestir a esa raza que, ya sea por tamaño o por edad, no son ni chicha ni limonada.

Si bien hay cosas que se ponen de moda, y los estampados vienen por temporada y muchas veces las coincidencias son casualidad, lo cierto es que los menores nos miran y registran, guardan figurines en su cabeza. Y me da un poco de temor que las mías por imitación vivan de negro o pero aún, que por oposición, vivan de rosa. Deberíamos acordar en un, ponele, violeta, y todos contentos. O al menos más tranquilos.

En un futuro, miro mi guardarropa, sospecho que se las compliqué con la rebeldía. Aunque siempre puede ocurrir que las muy desgraciadas se me aparezcan con pantalones color camel y pinzados, sostenidos por un cinturón finito trenzado, mocasines sin taco y de punta cuadrada, camisa cuello redondo con puntilla y cardigan de lana con botones al tono… verde agua por ejemplo. Es como una pesadilla espantosa.

La verdad es que prefiero que me peleen el derecho a ponerse ese (horrible) conjunto a que claudiquen en su deseo. Y en el proceso seguramente habrá momentos en las que nos vestiremos igual. Reconozco en mi vestuario tics de mi madre y de mi abuela. Y no sólo no me molestan, sino que los atesoro. Y juego. A eso si las pienso invitar. Tengo la imagen mental, y adorable, de mis dos nenas con pañales, cada una en su momento, una con chupete, la otra con el dedo en la boca, con los pelos parados y haciendo equilibrio sobre tacos robados de mi ropero.

Mientras, hoy nos vestimos con lo que hay, ellas aún en el límite entre quererme imitar y empezar a ponerse lo que se les antoje o lo que a mi menos me guste, dos condiciones que sospecho, coincidirán en más de un outfit.

Es un momento único entonces para sentar antecedente y guardar en mi memoria cada vez que aparezco y me dicen: “Mamá, que lindo vestido”, “Qué lindas botas” y así con cada prenda que descubren. Debería grabarlas con el único fin de arruinarles la adolescencia.

Después de todo, concluyo, no es tan tremendo que nuestras calzas se parezcan. Primero porque nunca en mi vida he corrido el riesgo de ser flaca, alta, con culo duro y piernas torneadas. Y segundo porque eran de animal print.

Sumo, mi reloj es negro y de hombre, la última mini de jean creo que la use a los 12, las tetas son grandes pero mías, detesto el oro y la lámpara solar. Si mi nariz estuviera operada y hubiera quedado así sería millonaria por el juicio ganado al cirujano y del pecho huesudo y las horas diarias de gimnasio olvidate.

Mis niñas irán al psicólogo si, y por mi culpa, obvio. Pero no por este tema.

Y como creo en la buena siembra, guardo la esperanza de que cuando vayan, lo hagan sobre unos zapatos que rajen la tierra.

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4 comentarios

  1. Me recordaste a los “monstruos” que vienen a veces a comer al restaurant…
    Muy (pero MUY) lejos de mejorar, no se dan cuenta que empeoran al punto de llamar mucho la atención; no ya por su pretendida belleza, sino por tanto espanto…

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