¿Cuál es tu lugar en el mundo?

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Muchos tenemos un lugar en el mundo en el que nos sentimos como en casa. Les cuento sobre el mío para que piensen en el suyo.

Nací en una gran ciudad y cuando estaba por comenzar primer grado nos mudamos al pueblo de origen de mi padre, San Pedro, cerca de la urbe pero a kilómetros de distancia del modo de vida que conocíamos. En cuarto grado, y en contra de mi voluntad, volvimos a esta Buenos Aires agitada y nos quedamos para siempre.

Podría decir que estuve de paso por ese lugar, pero mi corazón plantó unas raíces tan profundas que ni siquiera necesito vivir ahí para sentirlo debajo de mi rastro cada día.

Volví apenas pude. Primero con amigos de campamento, luego con mi pareja, después con mis hijas. Nunca para ver a alguien, siempre para refrescar mi mejor versión. Ellos aman San Pedro y ya saben, como yo, qué calles caminar y bajo qué sombra se descansa mejor. Pocas cosas me gustan más que invitar a mi gente a recorrer el contexto de mis textos más profundos.

San Pedro es un pueblo cercano a Buenos Aires, al borde del río Paraná. Tiene ensaimadas en las confiterías, sol en las esquinas, limones que valen la pena, clima de siesta, veranos memorables y si te vas sin comer un bizcocho de grasa tenés problemas graves de prioridades.

En San Pedro a los tostados les dicen carlitos, la barranca es un abismo abarcable y hermoso, el pacu se come a la parrilla, los mosquitos te sacan a pasear en andas, las casas tienen bancos en las veredas con la memoria de los vecinos que compartían el final del día y en las plazas crecen rosales que te llena la nariz de añoranza.

San Pedro tiene mi infancia a resguardo, con carnavales de espuma, bombitas y comparsa, con libertades infantiles que ahora no se pueden ni imaginar y con esa intersección imposible entre río y cielo. Las campanas de la misa, la isla y el club, los amigos de antes. Guarda mis risas de cuando todo era risas.

San Pedro también me duele. Ahí duerme, desde hace poco y para siempre, una amiga tan querida y muerta, y con ella, los recuerdos de las niñas que éramos, de los juegos y las tarde, de los sueños y las penas. Necesito andar mil veces ese camino para borrar la huella de ese viaje en que fui a enterrar, también, un pedazo de mi corazón. Puedo confirmar que el amor le gana a la muerte, pero hubiera preferido no tener esta prueba tan bestialmente empírica.

Es que ese lugar, del que me gusta hasta lo que no me gusta, no es un sitio en donde quiera vivir, es un sitio al que necesito volver de vez en cuando. Es como emigrar a lo mejor de mi cuando me doy cuenta de que no lo llevo encima y me falta, me falto. Sospecho que esta misma descripción sirve para el “lugar en el mundo” de cualquiera, sin importar la geografía.

A medida que pasaron los años, en proporción, es cada vez menor el tiempo que viví ahí, pero son cada vez más los kilómetros recorridos de ida y vuelta caminando mi propia historia. Es cerca pero cuando lo siento lejos necesito recorrerlo para recordarme, y si no puedo hacerlo enseguida, lo escribo para nombrarlo. Como ahora.

La tierra de uno es fecunda y aunque pasó el tiempo y ni San Pedro ni yo somos lo que éramos, tenemos la capacidad de encontrarnos al borde de la noche con una cerveza helada en un bar con mesas en la vereda de la peatonal (Que tiene dos cuadras).

Tal vez porque tengo un terruño elegido es que soy absolutamente nómade y sé que la patria es uno y el hogar son los que uno ama. Tal vez por eso le pregunto a la gente cuál es su “lugar en el mundo” y escucho atenta par descifrar los motivos por los que esa tierra los eligió. De la mía prefiero el misterio, solo aseguro que mi lugar en el mundo no se me parece, me sustenta.

Está bueno que cada uno sepa cuál es el abono que nos sana y nos hace crecer.
No se trata de volver a los lugares en donde uno fue feliz, se trata de volver, siempre y cada vez que se pueda, a los lugares en los que uno es.

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