Decoración de interiores

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Decir que la maternidad nos modifica la vida y la agenda es un lugar común. Pero la maternidad nos modifica también cosas impensadas y con menos hondura, como el cajón de ropa interior.

Corpiños con tapita para amamantar, camisones maternales con florcitas, bombachas talle princesa, trusas enormes y elastizadas para volver a poner todo en su lugar luego de haber albergado a otra persona en nuestro vientre… un conjunto de cosas que se complotan en contra de nuestra voluntad de ponernos ropa interior seductora a pesar de esos kilos de más, esos metros de piernas de menos y esa celulitis que llegó para quedarse.
A eso le sumamos que puede generar cierto pudor que los nenes vean secándose en la soga (a plena luz del día y al lado del delantal del jardín) el hilo dental con strass o el camisón rojo transparente con plumas. Y sin darnos cuenta, ocupadas criando, abusamos de los culottes de algodon cómodos, casi una segunda piel de finitos, a fuerza de lavar y usar en continuado. Y un día vemos que seguimos usando los corpiños con tapita más que nada para optimizar el gasto, aunque el hijo ya almuerce asado con hueso.
No es tremendo, las cosas se acomodan (igual que el cuerpo), pero pasar por una lencería que nos guste y regalarnos algo que ayude no está mal. Esto sabiendo que la mejor ropa interior (y exterior) es aquella que llevamos con comodidad, gusto y actitud. Sobre gustos… por suerte hay bastante escrito.
Tiene que ver con la pareja, con volver a encontrar ese punto de seducción que te permite ponerte rapidito una bata encima de ese conjunto que sabés que te queda genial y salir corriendo a la pieza del nene que llora y que los interrumpió justo en ese momento. O permitir que lo consuele el padre, después de todo el de las pesadillas inoportunas es hijo de los dos.
Pero sobre todo, tiene que ver con aquello que nos haga sentir mujeres además de madres. Mamitas. Y mujeres con los interiores que se nos antoje sin que por eso choquen los universos que nos habitan. De todos modos habrá un momento, decisivo, en el que la gravedad se impondrá y nos abrazaremos para siempre a los corpiños con aro.
Y pienso todo esto porque la época navideña es un buen momento para reflexionar sobre el mundo íntimo de cada uno, y porque si bien lo esencial es invisible a los ojos, una vez más quiero recordarles a todos los que por la tradición, me regalan bombachas rosas, que las prefiero negras.
Y con encaje.
Corpiños con tapita para amamantar, camisones maternales con florcitas, bombachas talle princesa, trusas enormes y elastizadas para volver a poner todo en su lugar luego de haber albergado a otra persona en nuestro vientre… un conjunto de cosas que se complotan en contra de nuestra voluntad de ponernos ropa interior seductora a pesar de esos kilos de más, esos metros de piernas de menos y esa celulitis que llegó para quedarse.

A eso le sumamos que puede generar cierto pudor que los nenes vean secándose en la soga (a plena luz del día y al lado del delantal del jardín) el hilo dental con strass o el camisón rojo transparente con plumas. Y sin darnos cuenta, ocupadas criando, abusamos de los culottes de algodon cómodos, casi una segunda piel de finitos, a fuerza de lavar y usar en continuado. Y un día vemos que seguimos usando los corpiños con tapita más que nada para optimizar el gasto, aunque el hijo ya almuerce asado con hueso.

No es tremendo, las cosas se acomodan (igual que el cuerpo), pero pasar por una lencería que nos guste y regalarnos algo que ayude no está mal. Esto sabiendo que la mejor ropa interior (y exterior) es aquella que llevamos con comodidad, gusto y actitud. Sobre gustos… por suerte hay bastante escrito.

Tiene que ver con la pareja, con volver a encontrar ese punto de seducción que te permite ponerte rapidito una bata encima de ese conjunto que sabés que te queda genial y salir corriendo a la pieza del nene que llora y que los interrumpió justo en ese momento. O permitir que lo consuele el padre, después de todo el de las pesadillas inoportunas es hijo de los dos.

Pero sobre todo, tiene que ver con aquello que nos haga sentir mujeres además de madres. Mamitas. Y mujeres con los interiores que se nos antoje sin que por eso choquen los universos que nos habitan. De todos modos habrá un momento, decisivo, en el que la gravedad se impondrá y nos abrazaremos para siempre a los corpiños con aro.

Y pienso todo esto porque la época navideña es un buen momento para reflexionar sobre el mundo íntimo de cada uno, y porque si bien lo esencial es invisible a los ojos, una vez más quiero recordarles a todos los que por la tradición, me regalan bombachas rosas, que las prefiero negras.

Y con encaje.

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