Diciembre recargado

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diciembre

Un error de cálculo nos dejó parados en un diciembre más ajetreado que de costumbre. ¿Cuántos años se llevan tus hijos?

La mamá de tal llora despacio. / La seño también. / El papá de fulanito está a punto. / Espero que sea el climax, que me tengo que ir a trabajar.
Con esas oraciones reportaba mi consorte desde la última reunión de padres del último año en jardín de La Menor, vía Whatsapp.
Yo -mientras- resolvía una reunión laboral y miraba el teléfono como si estuviese esperando la llegada de un hígado para un trasplante. Pero no, trabajo en comunicación, no se muere nadie aunque algunos clientes no lo quieran creer.
En diciembre entro en modo “grupo de autoayuda”: Un día a la vez. Esto, que me permite sobrevivir, tiene sus contras. Por ejemplo, hoy a la mañana sonó el despertador y nos alertó sobre la reunión que habíamos olvidado. Bendito smartphone. No somos padres culposos, es más, creemos que el exceso de presencia nos juega en contra. Por un lado nos reclaman si no vamos los dos a una reunión y por otro son las que nunca lloraron en la entrada del colegio, deben están hartas de estar con nosotros. No las culpo, yo a veces también estoy harta de estar conmigo, sobre todo llegando al final del año.
Balanceamos, para él era más fácil modificar su mañana y encaró para el colegio. Es que este año, este fin de año, venimos más permisivos, más resignados, más entregados por una razón de vieja data, un error de cálculo involuntario. Ocurre que  tuvimos a las nenas cuando pudimos y no cuando debíamos, entonces se llevan entre ellas el tiempo exacto que dura un ciclo lectivo. La menor egresa del jardin (ahora con tanta pompa como si estuviera terminando un doctorado) y la mayor termina la primaria (con tanta emoción desmesurada y tanta hormona desatada como le habilita la edad).
La mamá de tal llora despacio. / La seño también. / El papá de fulanito está a punto. / Espero que sea el climax, que me tengo que ir a trabajar.

 

Con esas oraciones reportaba mi consorte desde la última reunión de padres del último año en jardín de La Menor, vía Whatsapp.

Yo -mientras- resolvía una reunión laboral y miraba el teléfono como si estuviese esperando la llegada de un hígado para un trasplante. Pero no, trabajo en comunicación, no se muere nadie aunque algunos clientes no lo quieran creer.

En diciembre entro en modo “grupo de autoayuda”: Un día a la vez. Esto, que me permite sobrevivir, tiene sus contras. Por ejemplo, hoy a la mañana sonó el despertador y nos alertó sobre la reunión que habíamos olvidado. Bendito smartphone. No somos padres culposos, es más, creemos que el exceso de presencia nos juega en contra. Por un lado nos reclaman si no vamos los dos a una reunión y por otro son las que nunca lloraron en la entrada del colegio, deben están hartas de estar con nosotros. No las culpo, yo a veces también estoy harta de estar conmigo, sobre todo llegando al final del año.

Balanceamos, para él era más fácil modificar su mañana y encaró para el colegio. Es que este año, este fin de año, venimos más permisivos, más resignados, más entregados por una razón de vieja data, un error de cálculo involuntario. Ocurre que  tuvimos a las nenas cuando pudimos y no cuando debíamos, entonces se llevan entre ellas el tiempo exacto que dura un ciclo lectivo. La menor egresa del jardin (ahora con tanta pompa como si estuviera terminando un doctorado) y la mayor termina la primaria (con tanta emoción desmesurada y tanta hormona desatada como le habilita la edad).

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