El adorno de navidad pascual

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En algún momento del año, como un testimonio, aparece un adorno navideño olvidado que se resistió al olvido de su estacionalidad embalada. La sorpresa de éste fue que se aguantó hasta Pascua.

Cada vez desarmamos el arbolito de navidad más tarde. O cada vez pasa más rápido el tiempo entre las fechas oficiales de armado y desarmado. Este año notamos que ya era hora porque la señora que nos ayuda en casa empezó a dejar adornos encima de la mesa del living, como advertencias. Cuando ya no podíamos apoyar nada en la mesa, entendimos. Si aguantábamos un poco màs ya casi que quedaba listo para el próximo 24, pero somos débiles.

Este año no me pasa, pensaba mientras emprendíamos la espinosa tarea del desarmado. Ardua porque a nadie le interesa el tema, tampoco a mi. Armar es esperanzador, desarmar no lo es tanto… Armar es prepararse para la navidad, nos gusta la navidad. Desarmar es aceptar que ya sucedió.

Este año no me pasa, pensaba, y miraba alrededor, porque desde que somos padres tenemos adornos hasta en el baño. Parecemos una publicidad poco lograda de Falabella. La Mayor está en edad de cambalache adolescente, La Menor interviene y crea, dibuja, pinta y decora. El desafío es juntar todo eso que anda dando vueltas por la casa. Bueno, todo lo que no juntó la señora que nos ayuda, y que nos tiene cortitos.

Este año no me pasa, me decía. Es que siempre me pasa. Reviso y exploro y cuando ya no queda nada verde, rojo, dorado y plateado a la vista, confinamos en los recovecos arribistas de los roperos las cajas del arbolito hasta el próximo diciembre. Tarea cumplida. Pero poco tiempo después aparece, siempre, un cascabel, un duende, una bola… algo que se las rebuscó para no hibernar. Un resto navideño insubordinado. Bruto conflicto. La sola idea de subir, sacar, abrir, guardar, volver a cerrar, volver a subir, es desoladora. Tirar el adorno parece una descortesía luego de su insistencia por descollar. Queda entonces en el limbo de algún mueble y me lo choco incansablemente, como si me saliera al encuentro, entre las tazas del juego de té que uso poco, mientras busco un salero o la autorización de la excursión escolar que, juro, puse ahí. Surge como el recuerdo de un tiempo divino que pasó o como la promesa de algo bueno que, aunque sea por fecha calendario, seguro vendrá.

Este año no me pasa, me prometí. Y fui meticulosa en la búsqueda, minuciosa en el guardado. Me duró poco la satisfacción. Ya para cuando promediaba enero, me descubría mirando desafiante los rincones vacíos, esperando que aparezca el insurrecto demorado. Mi empeño para que no ocurra se había convertido en un éxito desgraciado y triste. Qué espeluznante no dar con el adorno perdido, será que ya no habrá otra Navidad posible… Qué páramo la escena perfecta de la nada olvidada, la nada de la ausencia de un adorno que no me espera.

Pasó febrero y la vuelta al cole se llevó el empeño explorador. Y enseguida marzo, ya un poco acomodado, me dejó parada, haciendo equilibrio ante las Pascuas. La Pascua, para mi Fe a veces golpeada, es la fecha más provocadora: Me pone de cara a mis propios deseos suicidados para ver si resucitan. Me obliga a pensar en los ciclos de la muerte como un proceso obligado, oxigenado, para vivir. La Pascua me prende una luz de frente, en la cara, y me indaga sobre esas cosas a las que no me atrevo. Que enorme la Pascua y su calvario.

Entre los olivos del domingo de Ramos y la ceniza del miércoles triste, cuando ya, porque me preservo, lo había resignado, una campanita chiquita y medio oscura, de madera pintada de verde, me plantó cara, rebelde. Provocadora al punto de hacerme recalcular. La mire con la desconfianza con la que suelo mirar algunos de mis pensamientos. Tal vez no estaba ahí y solo tenía un perímetro en mi necesidad. Finalmente me animé y la agarré, para estudiarla como suelo estudiar algunos de mis pensamientos cuando se quedan testarudos, haciendo cola para ser considerados.

Me interrumpió la chiquita. Mamá, viste qué lindo el hilo dorado? Yo casi que ni había visto, tan finito, el cordel que la sostiene. ¿Quién soy yo para abandonar una esperanza a mi pobre suerte miope? Si una porquería de madera me llena de sentido en un segundo. ¿Cuántos viacrucis necesito para saber mirar más allá de la cruz y distinguir lo dorado del hilo? Pobres los adultos que somos tan poco niños. Gracias a Dios por mis hijas, tan pascuales.

La campanita inoportuna y amotinada, llenó mis interiores de un modo extraño. Ahora, en el momento justo, antes de que llegue el domingo y estemos con las ideas llenas de chocolate, enroscadas con pasta de almendras, detenidos en la ruta antes de volver a las tareas y los diarios. Ahora, en el momento justo.

Los huevos de pascua son menos ricos después del domingo, además de más baratos. Pero ese adorno de Navidad que se resiste y resucita cuando ya nadie ni lo recuerda, tiene mucha más luz hoy, en este otoño de marzo, que cuando lucía correcto y ubicado, en el arbolito en diciembre. Cada uno vuelve a la vida cuando puede.

Nacer es un acto involuntario.
Renacer es una decisión valiente.
La Pascua es insolente.
Resucitar es rebeldía pura.
Que podamos rebelarnos.

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