El auto es el confesionario de la vida moderna

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Ningún lugar se descarta para charlar con nuestros hijos. El auto es una gran zona de confesiones. Les cuento las razones y los invito a probarlo.

No hay nada más escurridizo que un adolescente. Enojados con el mundo por mandato, responden con monosílabos y alcanza con que demos vuelta la cabeza para que salgan corriendo a encerrarse en su cuarto. O en cualquier lugar en donde no estemos nosotros. Sabemos, porque hemos estado en ese mismo lugar (en su edad y en su cuarto, ¡qué desorden por favor!) que esto va a pasar pero que es justo en este momento, en el que nos rechazan para poder irse y crecer, en donde tenemos que estar más cerca que nunca. Preguntar mil veces. Insistir millones. Y todo esto sin invadirlos para que puedan ser.

Conversar es un hábito. No pretendamos empezar de repente, y porque los libros lo dicen, con una conversación fluida sobre sus amistades, el futuro, por qué se pintaron el pelo de ese color, el sexo y la importancia de la higiene personal en la adolescencia porque nos van a tratar de locos y van a tener razón. De todos modos, aunque tengamos la costumbre cotidiana de escucharlos desde pequeños, en este momento se complica. No quiero crearles falsas ilusiones…

Estoy segura, sin embargo, de que un día se sorprenderán con el adolescente de la casa hablándoles por una hora sin parar ni a tomar aire. Es que la ciclotimia es otro encantador detalle de esa etapa.

Después de buscar y rebuscar, y de saber que está bueno recibir el abrazo y no sufrir si alguna vez lo rechazan (sobre todo si lo intentan en público, padres, no seamos desubicados), encontré una zona neutral. Un cono del silencio. Un espacio de tregua impensada. Un sitio de charla fluida. Un milagro. Y como estoy hablando de mi auto bastante viejito y siempre lleno de porquerías, no pude más que detenerme a analizar las características que hicieron de ese sitio un espacio impensado de confesiones, charlas importantes, preguntas profundas y respuestas memorables.

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