El Mozo

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Más cerca de la merienda que del almuerzo depositamos nuestra hambrienta humanidad en el local del creador de la fugazeta con queso.
Veníamos de uno de esos eventos medio de tribu, en este caso de skaters, de un cliente. Cuando voy a estos sitios me imagino luego a la mayor respondiendo a la pregunta de la maestra, el lunes, sobre lo que hicieron el fin de semana. “El sábado fuimos a un lugar en donde un montón de chicos saltaban en patinetas, tomaban latas de energizantes y tenían problemas con el talle de los pantalones porque se les veían los calzones a todos”. La mueca de la seño y el remate de la pequeña: “Y después almorzamos a las 4 de la tarde”.
Como ya no tengo esperanzas de no ser juzgada por las docentes por las que transiten mis hijas, me dedico a disfrutar otras cosas. Por ejemplo, en este sábado de abril disfrutaba de una Buenos Aires soleada y fresca que nos ofrecía lo mejor de su otoño. Y por si quedaba alguna duda y no te alcanzaba con los colores barriales,  el mantel individual de papel de la pizzeria  nos recordaba que estábamos en pleno corazón de la República de la Boca.
Un hambre. Prometía la faina rellena con roquefort. Una bomba a las arterias que sin embargo promete una muerte justificada. Prejuiciosa, a veces tanto como la maestra, mire la parsimonia de los mozos que sospeché, optimizando el prejuicio, vivían ahí viendo pasar con desagrado turistas, extranjeros y porteños. Los últimos los peores, sin duda alguna. Y me auguré una larga espera. Decí que las nenas habían comido un tentempié antes de salir de casa (Tomá, tan mala madre no soy) y algo más en el evento. Sino me iban a comer a mí.
Cabeceé al mozo, que me contestó sólo con la mirada, y luego me dediqué a observar la pizzería que, gigante, exudaba un olor a mito mucho más fuerte que el tono de la muzzarella. Si la pizza estaba tan buena como el paisaje hasta me bancaba la espera. En el recinto convivían  señores de pantalón de vestir y camisa cerrada hasta el último botón, habitúes de lugar sin duda alguna, con grupos de jóvenes con anteojos rayban último modelo. A pesar del esfuerzo, los púberes, mucho más cerca de Casi Ángeles que de otra cosa, no les ganaban en onda a  los señores de cuellos almidonados sentados ahí con su café y sus principios.
El señor que cabeceé se acercó, parco pero correcto, a tomar el pedido. Un morocho grandote. Tan percudida como limpia y planchadísima la camisa. Nada para tomar nota. Éramos 8, le pedimos todo y se fue con el pedido en su memoria. Volvió al ratito y en silencio empezó disponer la vajilla. Mientras charlaba, hasta por los codos como siempre, y a los gritos también como siempre, desvié la mirada en un acto reflejo para quitar el cuchillo de mi hija menor. No ya por miedo a que se lastime, sino por temor a que asesine a alguien sólo para ver qué tiene dentro, con lo caro que debe ser el abogado. El cuchillo no estaba, nunca lo había puesto. Seguí hablando y tomé nota mental para pedirle un vaso pequeño para la pequeña. Cuando lo vi llegar traía en su mano el vasito de café de vidrio duro y grueso. Me tragué mi pedido trunco junto con la pizza con faina y seguí el almuerzo mirando entre ojos al mozo que con el mismo silencio apareció enseguida, en un salón gigante, cuando a alguien se le cayó el cuchillo. Y que junto con la cuenta trajo envuelta la media pizza que quedó, dando por sentado que a nadie se le ocurriría dejar semejante tesoro.
Nos fuimos luego de dejar una generosa propina. (Menos la pizza la dejabamos cualquier cosa). Me saludó y me miró fijo mientras yo le decía gracias. Nos entendimos. Imaginé los miles de días que el tipo se pasaba ahí, cuantas camisas había percudido y gastado de tanto planchar. Cuanto boludo suelto, como nosotros, de paso, y cuando personaje de cuento de Arlt viviendo ahí su rutina diaria.
Y pensaba, mientras mi cuerpo me decía que no tenia que comer nada más por un par de meses, que seguro nadie le pagaba más el detalle del vaso al mozo. Y no lo iban a promover por no ponerle cuchillo a la pequeña. Ni siquiera habría jamás un cartel de empleado del mes o una gerencia de mentira como en la cadena de hamburguesas, aunque más no sea para tener algo que contarle a la familia.
Y todos sabemos que el trabajo dignifica. No es ninguna novedad. Ahora, le robo la idea a mi socia, lo groso es cuando uno dignifica al trabajo. Porque eso no te viene dado. Colabora con que duermas más tranquilo, seguro. Y templa es espíritu, que no es poca cosa. Que conozco médicos que hacen que su trabajo parezca mierda al lado de la labor de este mozo de una pizzería de la Boca.
Hacer las cosas bien aunque nadie te vea.
Y de jodida nomás pensaba que si lograba transmitirle esto a mi progenie podía mirarla a la Seño a la cara y hacerle lero lero. Aunque en lugar de a la plaza hayamos ido a un campeonato de sakte y aunque hayamos almorzado a las 4 de la tarde.

pizzaMás cerca de la merienda que del almuerzo depositamos nuestra hambrienta humanidad en el local del creador de la fugazzeta con queso.

Veníamos de uno de esos eventos medio de tribu, en este caso de skaters, de un cliente. Cuando voy a estos sitios me imagino luego a la mayor respondiendo a la pregunta de la maestra, el lunes, sobre lo que hicieron el fin de semana. “El sábado fuimos a un lugar en donde un montón de chicos saltaban en patinetas, tomaban latas de energizantes y tenían problemas con el talle de los pantalones porque se les veían los calzones a todos”. La mueca de la seño y el remate de la pequeña: “Y después almorzamos a las 4 de la tarde”.

Como ya no tengo esperanzas de no ser juzgada por las docentes por las que transiten mis hijas, me dedico a disfrutar otras cosas. Por ejemplo, en este sábado de abril disfrutaba de una Buenos Aires soleada y fresca que nos ofrecía lo mejor de su otoño. Y por si quedaba alguna duda y no te alcanzaba con los colores barriales,  el mantel individual de papel de la pizzeria  nos recordaba que estábamos en pleno corazón de la República de la Boca.

Un hambre. Prometía la faina rellena con roquefort. Una bomba a las arterias que sin embargo asegura una muerte justificada. Prejuiciosa, a veces tanto como la maestra, mire la parsimonia de los mozos que sospeché, optimizando el prejuicio, vivían ahí viendo pasar con desagrado turistas, extranjeros y porteños. Los últimos los peores, sin duda alguna. Y me auguré una larga espera. Decí que las nenas habían comido un tentempié antes de salir de casa (Tomá, tan mala madre no soy) y algo más en el evento. Sino me iban a comer a mí.

Cabeceé al mozo, que me contestó sólo con la mirada, y luego me dediqué a observar la pizzería que, gigante, exudaba un olor a mito mucho más fuerte que el tono de la muzzarella. Si la pizza estaba tan buena como el paisaje hasta me bancaba la espera. En el recinto convivían  señores de pantalón de vestir y camisa cerrada hasta el último botón, habitúes de lugar sin duda alguna, con grupos de jóvenes con anteojos Ray – ban último modelo. A pesar del esfuerzo, los púberes, mucho más cerca de Casi Ángeles que de otra cosa, no les ganaban en onda a  los señores de cuellos almidonados sentados ahí con su café y sus principios.

El mozo se acercó, parco pero correcto, a tomar el pedido. Un morocho grandote. Tan percudida como limpia y planchadísima la camisa. Nada para tomar nota. Éramos 8, le pedimos todo y se fue con el pedido en su memoria. Volvió al ratito y en silencio empezó disponer la vajilla. Mientras charlaba, hasta por los codos como siempre, y a los gritos también como siempre, desvié la mirada en un acto reflejo para quitar el cuchillo de mi hija menor. No ya por miedo a que se lastime, sino por temor a que asesine a alguien sólo para ver qué tiene dentro, con lo caro que debe ser el abogado. El cuchillo no estaba, nunca lo había puesto.

Seguí hablando y tomé nota mental para pedirle un vaso pequeño para la pequeña. Cuando lo vi llegar traía en su mano el vasito de café de vidrio duro y grueso. Me tragué mi trunco pedido junto con la pizza con faina y seguí el almuerzo mirando entre ojos al mozo que con el mismo silencio apareció enseguida, en un salón gigante, cuando a alguien se le cayó el cuchillo. Y que junto con la cuenta trajo envuelta la media pizza que quedó, dando por sentado que a nadie se le ocurriría dejar semejante tesoro.

Nos fuimos luego de dejar una generosa propina. (Menos la pizza la dejabamos cualquier cosa). Me saludó y me miró fijo mientras yo le decía gracias. Nos entendimos. Imaginé los miles de días que el tipo se pasaba ahí, cuantas camisas había percudido y gastado de tanto planchar. Cuanto boludo suelto, como nosotros, de paso, y cuando personaje de cuento de Arlt viviendo ahí su rutina diaria.

Y pensaba, mientras mi cuerpo me decía que no tenia que comer nada más por un par de meses, que seguro nadie le pagaba más el detalle del vaso al mozo. Y no lo iban a promover por no ponerle cuchillo a la pequeña. Ni siquiera habría jamás un cartel de empleado del mes o una gerencia de mentira como en la cadena de hamburguesas, aunque más no sea para tener algo que contarle a la familia.

Y todos sabemos que el trabajo dignifica. No es ninguna novedad. Ahora, le robo la idea a mi socia, lo groso es cuando uno dignifica al trabajo. Porque eso no te viene dado. Colabora con que duermas más tranquilo, seguro. Y templa el espíritu, que no es poca cosa. Que conozco médicos que hacen que su trabajo parezca mierda al lado de la labor de este mozo de una pizzería de la Boca.

Hacer las cosas bien aunque nadie te vea.

Y de jodida nomás pensaba que si lograba transmitirle esto a mi progenie podía mirarla a la Seño a la cara y hacerle lero lero. Aunque en lugar de a la plaza hayamos ido a un campeonato de skate y aunque hayamos almorzado a las 4 de la tarde.

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11 comentarios

  1. Zap zap zap.

    Además del apellido, de mi viejo me queda el amor a superarse laboralmente más allá del dinero, gremios, o premios, o si es tu empresa, o si sos el último en la escala.
    Es por uno mismo, y el mozo lo sabe, (me encantaria que lea ésto)
    Adoro como escribís, tenés una sensibilidad teatral que me sorprende.
    Felicitaciones!

  2. Lamentablemente, en algunas actividades u oficios no se reconoce cuando alguien hace bien su trabajo o le pone un plus. Casi que pasa desapercibido. La de mozo es una de ellas. Para el comensal especialmente, pero para “la patronal” también. Bueno, siendo un servicio, siempre va a faltar agún detalle, siempre se está obligado a dar más…
    Aunque debería ser normal que uno haga bien las cosas (y siempre trate de hacerlas cada vez mejor), la mediocridad que nos rodea hace que cuando alguien se da cuenta, resalte.
    Pero es mejor así a que nadie se de cuenta…
    Gracias por otro brillante post!

  3. Yo estuve presente ese día. Tengo que agregar que cuando el mozo puso los platos en la mesa, expresamente alejó el de la menor del alcance de sus manos.
    Un verdadero profesional. Un ejemplo para todos aquellos que tuvimos la suerte de ser “servidos” por esta persona.

  4. Facundo Arias el

    Mirá: Ya habia leido uno de tus relatos hace un tiempo, pero los juzgué a la apurada, con un: “otra que se quedó en los revel 60´s” (claro que no te da la edad, pero es un espiritu). Pero me equivoqué: este me mató. Muy bueno. Estoy llegando a la deducción que me encanta prejuzgar, para después darme cuenta una vez mas, que soy un pelotudo. Pero uno tiende a creer que es el unico que anda con una teneu linternita, mirando, buscando perlas en esta oscura realidad. Gracias a Dios hay gente que tambien ve, como vos. Que simplemente ve, al lado de tanta ceguera. Capaz de descubrir a este profeta de lo suyo. Un saludo grande desde Tucumán.

  5. exquisito y es verdad,hacer el bien si que lo noten los demas si lo ven mejor,pero si yo solo lo se,ya sirve de mucho…habla desde lo humilde una madre y maestra jardinera argentina.

  6. Qué buen post!!! lo leí en Oblogo y tuve la irreversible e incontrolable necesidad de buscar tu blog. Qué país tendríamos con más mozos como este!!!! trajiste a mi mente el recuerdo de mi viejo que falleció hace casi 5 años y siempre nos decía: “hagas lo que hagas hacelo bien, porque eso habla de vos”. Infinitas gracias por esta lectura que me regalaste sin saberlo.

  7. Uy….ahora si que no me da mas la cara para decir que YO FUI MOZA….mejor sigo cantando Mary Popins…..=)

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