Envuelto para regalo

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regalo

Hacer la lista, comprar e ir tachando. Envolver y esconder. Regalar es regalarse en cada Navidad.

“Y ponele que el año que viene me voy a portar muy bien” me dicta la menor, astuta. La mayor se despacha a gusto con la lista de “necesidades”. Es que sabe que en estas fechas los inventarios están complicados y conviene que Papá Noel tenga opciones.

La carta, escrita y decorada, sigue vigente en casa. Aunque, signos de los tiempos, el padre tenga grabado en su celular lo que asegura, es el teléfono de Santa. Tan bien funciona como amenaza preventiva que nunca fue necesario llamarlo, así que no puedo confirmar que realmente sea EL número.

A mi me gusta regalar, hago la lista con tiempo, defino qué a quién luego de pensarlo detenidamente pero después compro a las apuradas y en momento insólitos. Es como con los parciales de la Facultad, pareciera que funciono mejor bajo presión. Claro que pierdo los descuentos de las tarjetas. Y la paciencia.

Ir tachando regalos de a poco, empezar en noviembre, disfrturar el proceso, son continentes que me quedan por conquistar, pero ya logré, por ejemplo, mezclar los regalos de shoppings con los de artesanos. Y me encanta.

Sueño, además, con esas imágenes de película, con todos los paquetes envueltos igual, armónicamente dispuestos alrededor del árbol.  Un año lo intenté, pero el costo de los envoltoríos me denegó cualquier pretensión. Hubo Noches Buenas en las que los nenes debieron creer que Papá Noel tenía algún acuerdo con esa multitienda, porque todos los regalos venían en la misma bolsa. De todos modos mi (falta de) habilidad para las manualidades casi que garantiza un fracaso estrepitoso en esta búsqueda innecesaria del glamour. Porque para los que creemos, mientras nos preocupamos por estas cosas, nace Dios.

Finalmente los más pequeños juegan más con el moño que con el objeto. Eso debería ser una señal para los grandes.

La mayor siempr pidió “una sorpresa” hasta que descubrió el secreto, ahora elige regalo descaradamente. Es que a Noel le tenía piedad por la cantidad de pedidos y el largo recorrido nocturno, a nosotros no nos tiene nada.

Con la menor ya entendimos que parte de la paternidad responsable es manipular el pedido para que el deseo sea, para empezar, algo que exista y que esté en el país y que además no salga más caro que la matrícula del colegio.

La carta está lista, tiene tantas cosas pegadas en el sobre que el único correo que la puede aceptar es el del Polo Norte. Intentaremos cumplir con los pedidos, pero si no podemos no nos desvela, sabemos que están bien rodeadas, y que de todos modos, cuando crezcan, en terapia la culpa de todo la vamos a tener nosotros igual.

Lo cierto es que los nenes chiquitos resignifican la instancia de los regalos, nos permiten jugar. Me conmueve la ansiedad de la espera, que supera a la maravilla de cualquier regalo. Me divierte el brillo en los ojos de esa inocencia esperanzada.

Son como anclas que me recuerdan, en estas épocas agitadas, una obviedad poderosa y contundente: Las mejores cosas que podemos regalarles a nuestros hijos no se pueden envolver. Y  menos comprar. Pero muchas tienen que ver con la Navidad.

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