Estar embarazada NO ES estar enferma

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Entre lo que nos dicen y lo que creemos, lo que no se debe y lo permitido, hay una verdad: estar embarazada no es tener un problema de salud.

Del “no levantes cosas pesadas” a “no te muevas”, no hay una holgura tan grande. Cuando estamos embarazadas, muchas veces las mujeres tenemos que defender nuestros espacios, capacidades y posibilidades de la opinión, los consejos y los mandatos de las personas que nos rodean y que quieren “cuidarnos”.

Del mismo modo que no hay dos personas iguales, tampoco hay dos embarazos iguales. Dejando de lado los casos puntuales que requieren cuidados médicos, estar embarazada es vivir en un estado especial pero que nada tiene que ver con una enfermedad.

El vientre abultado te pone en alerta. No porque te limite, sino por el deseo de cuidar a ese bebé que llevas puesto. Cada mujer sabe. Y si no sabe, pregunta. Cada embarazada mide los espacios y los tiempos y también distingue el comentario que protege del que nos hace sentir que ese estado, lejos de estar buenísimo, es casi una patología.

Dormimos más para tener más energía cuando estamos despiertas. Luchamos contra las náuseas para darle lugar a los antojos. Algunas nos sentimos horrible, otras pasamos los nueve meses divinas (no fue mi caso). Sabemos, cuando somos nido, que formamos parte de algo que nos excede, de una capacidad que no comprendemos cabalmente, y dejamos que nos mimen: nos gusta que nos dejen pasar primero, que nos cedan los asientos y nos hagan masajes. No nos gusta que nos reten y nos hagan creer que no somos capaces de proteger a ese hijo, sobre todo porque desde ese momento somos madres para siempre. Para inseguridades, basta con las propias.

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