La agenda maternal de fin de año: Ese infierno tan temido.

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Todos los años me prometo que voy a comprar los regalos de Navidad en noviembre. Cuando aún no subieron (mucho) los precios. Cuando las tarjetas de crédito mantienen sus cuotas y sus descuentos. Cuando no se agotó ese juguete que pidió nuestra hija y media población más, y cuando mi cabeza todavía puede pensar, más a menos, en orden. Pero noviembre no terminó y ya sé que no lo voy a hacer. No tengo tiempo.

“Es el viernes de los meses”, me dijo una optimista. Pero para mí, noviembre se parece a esos minutos previos a una tormenta intensa y de verano. Con la atmósfera pesada, con una calma y un silencio que, sabemos, no predicen nada bueno. Noviembre es la línea de largada de una carrera con postas muy seguidas y lastres indelegables.

Es el mes que nos tiene expectantes, amagando, porque es muy temprano para meter la fresita en la heladera, pero tarde para cumplir con tanto objetivo autoimpuesto hace siglos, a principio de año. Y la agenda maternal se va poblando de festejos, muestras (por el amor de Dios que la de patín de la hija menor no me coincida con la de fotografía de la mayor), cenas, actos de fin de año y pruebas integradoras.

Hablando de pruebas, no sabemos bien si nos conviene estudiar matemáticas como una actividad familiar o dedicarnos al disfraz de árbol que nos tocó en suerte. “Pero no muy elaborado, con lo que tengan en casa, mami”. En casa, seño, lo único verde que tengo es un repasador y un par de medias de hockey… ¿Con eso estamos bien?

Nuestros hijos están tan cansados como nosotras y todos ponemos a prueba el amor que, seguro, nos tenemos. Le queda chico el uniforme en noviembre y nos quejamos como si hubiera crecido para molestarnos. Pierde la plasticola número 62 en lo que va del año y lo amenazamos con castigos desproporcionados e irrealizables del estilo de “te vas a quedar sin tablet hasta que se vuelva obsoleta”, que en realidad significa “te la quito hasta mañana que tenemos que ir al médico y la sala de espera le hace honor a su nombre”. Hay que reconocer que es duro ser hijo en noviembre.

Noviembre es mes de programar vacaciones, buscar colonia infantil, definir en dónde vamos a pasar Navidad y si para Año Nuevo nos toca llevar el melón con jamón o la ensalada rusa. De paso, podríamos ir haciendo ayuno desde ahora, como para compensar tanto festejo.

Con la experiencia de mis años de madre (que igual no sirven para nada, no hay dos noviembres iguales, son como los hijos), propongo que recordemos que es solo un mes más. Y que aceptemos que con todo no podemos y, entonces, elijamos bien lo que queremos para compensar con lo que debemos.

Comprendo que no es sencillo, y nada más lejos de mi intención que sumarles una tarea justo en estos días. Pero estoy en condiciones de asegurarles que no todo está perdido: en un ratito seremos diciembre (el mes en el que nos entregamos, rendidas, ante la realidad de tener que bajar el arbolito del ático) y, en la mayoría de los casos, después de todo eso viene enero.

Y entonces, les juro, faltará un montón para noviembre.

TEXTO PUBLICADO EN CLARIN, ENTREMUJERES, NOVIEMBRE 2017. 

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