La Feria del Libro y yo: Un romance acabado

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LibrosEste fin de semana es el último de la Feria del Libro de Buenos Aires en su edición Nro. 40. Aún no fui y me debato entre el desdén y la magia.

A mi no me cobran entrada para ir a comprar una docena de facturas. Ni me cobran el pase a la ferretería. Cuando pago la entrada en el cine, incluye la película. Me incomoda entonces, bastante, que me cobren entrada para ir a comprar libros que puedo comprar mucho más tranquila en otro lado. Mi rebeldía subyacente discute aquello del “Autor al lector” si es necesario pagar el ticket, sobre todo porque siempre distingo el ritual hermoso, sagrado, íntimo de encontrarte con un libro o de dejar que el libro te encuentre. Eso no tiene precio.

Recuerdo la ansiedad que me generaba la visita a la Feria del Libro cuando se me estaba terminando la infancia y la complejidad de la adolescencia me empezaba a perseguir (Y parece que tanto le costó alcanzarme que aún no me abandonó del todo). La idea de pasear por un laberinto de libros y de gente que ama los libros, buscando tesoros, sin mirar el reloj, y volver cargada de letras se parecía bastante al paraíso. Hoy, años después, los escritores tristes porque no son los best seller del momento con sus libros apilados esperando que alguien les pida una firma me angustian, la cantidad de gente me abruma y el mapa de la Feria se me presenta como una carrera de obstáculos que debo sortear en el tiempo que tengo destinado para recorrer el predio.

El precio de los libros en mi época de romance con la Feria no era un problema, básicamente porque no los pagaba yo y me encantaba recolectar regalos, bolsas, folletos y calendarios. Hoy no agarro los señaladores porque no me sirven para el kindle y miro en detalle, mientras esquivo codazos, libros hermosos que valen lo mismo que un transplante de riñón. Aquí los libros son caros y me da bronca, los escritores ganan poco y me da más bronca… Es cierto que el precio de los libros se desdibuja cuando, al borde de la deshidratación (En la Feria siempre hace calor) termino pagando una botella de agua más cara que una edición de lujo bordeada en oro de la Divina Comedia. Me pregunto, apurada porque o voy este fin de semana o espero al año que viene, ¿En qué momento desapareció la magia? ¿Es la Feria o soy yo?

Amo los libros, me moría de amor cada vez que Elsa Bornemann mi firmaba alguno con las hojas dobladas de la cantidad de veces que me había dormido abrazándolo. Le tengo mucho más cariño al recuerdo de lo que la Feria era para mi que a la Feria en sí, hoy plagada de libros de autoayuda, cocina y lo que parece ser un nuevo género: Libros sobre el Papa Francisco. No les discuto el mérito, los libros son libros en tanto un ojo ávido los lea y punto. Cualquier otra postura me parece snob o media pelotuda, que son casi lo mismo.

Con esa misma herejía le discuto a la Feria eso de mega evento cultural. Me encanta ir a ver a amigos que presentan libros, me ponen contenta los talleres y las presencias ilustres, pero los veo perdidos entre tanta cuestión política y tanto mega stand. Se trata del contexto, me parece realmente fantástico que se vendan libros en los supermercados y que los puedas poner arriba de los huevos en el changuito, pero no creo que por eso la Feria deba parecerse, por rejunte sin sentido y por tanta venta de punta de góndola, a un supermercado. No la siento como un sitio de encuentro amoroso, me es ingrata y yo que le fui tan fiel…

No logro definir si la Feria formó parte de mi formación y colaboró con algo que me define: La lectura es un faro en mi vida. Entonces, si no llevo a las nenas, ¿les apagaré esa luz? Que ni Dios ni mis tormentas internas e intensas lo permitan. El libro es un premio, la lectura es un viaje, pobre es el que no lee.

Correr a La Menor para que no desaparezca debajo de una pirámide de libros, explicarle a La Mayor que se le acabó el cupo porque ya gastó sus ahorros y los míos, charlar a los gritos con vendedores zombies no se parecen en nada al placer profundo de la lectura.

La Feria del Libro comparte conmigo, sin embargo, un dato fundamental: Las dos estamos cumpliendo cuarenta. Por pura identificación le disculpo un poco las contradicciones. Este fin de semana o en los próximos años, con la crisis superada, nos volveremos a encontrar.

Porque donde hubo fuego, cenizas quedan (Y mientras no sean la de Fahrenheit 451 todavía tenemos esperanzas).

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