La inocencia resguardada

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Entre la candidez propia de la infancia de nuestros hijos y el mundo real, están todos nuestros miedos. ¿Hasta qué punto se los tenemos que trasladar?

Como siempre, la pequeña me deja entre la ternura y la carcajada. En este caso se me sumó otra emoción: la duda acongojada.

—Mamá, hoy Juana me dijo que la ayude a escaparse del colegio —me cuenta La Menor.

—Ah… ¿y qué hiciste? —le respondo aterrada.

—Le dije que no, que estaba mal, que no podíamos.

—Muy bien chiquita —contesto aliviada.

—Además, quizás salimos a la calle y alguien nos adopta —agrega ella.

El peligro de que la “adopten” es lo más suave que se me ocurría. Luego tenía una lista eterna de desgracias, tragedias, accidentes y maldades irremediables. ¿Pero se las tenía que enumerar? ¿Necesita una nena de ocho años conocer las zonas oscuras de las personas y del mundo que nos toca?

No era la primera vez que me tropezaba con ese titubeo. Ya nos había ocurrido cuando tomamos la compleja decisión de que La Mayor volviera del colegio sola en transporte público. El día previo a la primera vez, me escuché adoctrinándola como si en lugar de volver del colegio tuviera que atravesar un campo minado en una zona que acaba de declarar una guerra mundial. Pobre hija, casi que claudica en su lucha tenaz para conquistar libertades, para que la dejemos crecer. Por suerte la adolescencia es insolente, sino todavía yo seguía haciendo de conductora.

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