LA MATERNIDAD SIN PAÑALES

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Reflexiones desordenadas sobre los chicos, los viajes y el baño.

La insistencia del niño por sentarse en la ventana del avión será directamente proporcional a la cantidad de veces que querrá ir baño, ya se sabe. Sin embargo, con esto de que vean la ciudad desaparecer y la nubes flotar, uno cede. Qué cosa compleja la maternidad que nos afloja la sensibilidad (además de las carnes) y nos hace perder la perspectiva.

No importa si les hicimos hacer pis, por decreto, en casa antes de salir y en el aeropuerto un ratito después. (En el uber no porque no hay con baño. Lo chequeó una amiga). Tampoco importa si hace 24hs. que no les damos casi de tomar, total ya van a tener toda la vida para hidratarse. Incluso estamos dispuestos a olvidar nuestra intención de optimizar al máximo el costo del pasaje y que se chupen hasta la toallita húmeda para limpiarse las manos.

En vano fueron los malabares previos en doscientas plataformas de vuelos para viajar de noche. Aquí no duerme nadie, amigos. Ni yo ni ustedes, que no tuvieron hijos pero que lo son, la maternidad es inclusiva. Aquí se va al baño todas las veces que se pueda, usar las instalaciones también es un modo de recuperar algo de lo gastado en el vuelo. Las madres somos expertas en encontrar consuelo, advierto mientras escribo.

Pero volvamos al avión. Una vez que la criatura descubre los botones y prende la luz, apaga la luz, enciende el aire, mueve el aire, apaga el aire, inclina el asiento y empieza a ver 18 películas para terminar espiando la película prohibida para 18 que está viendo el pasajero del asiento de adelante, descubre que ya no es tan interesante mirar la negrura, o blancura, plena de la ventana. Mucho más atractivo es explorar el pasillo hacia el baño. Además, lo tengo casi empíricamente comprobado, cuanto más sea la distancia entre tu fila de asientos y el baño, más querrá ir. E ir.
E ir otra vez.

Uno podría hacerse el dormido, pero sabemos que las ganas no desaparecen y que el niño irá levantando el tono de su voz hasta que el piloto nos pida por parlante que llevemos a la criatura al baño, que lo distrae y no puede mantener el avión derechito, por el amor de Dios. O decirle que se aguante, aunque en tierra firme insistamos con el contrario, total no será ni la primera ni la última inconsistencia maternal con la que tendrá que vivir. También uno podría, claro, cambiar de asiento con el niño, si no fuera porque de todos modos debemos acompañarlo al baño y porque, además, a esa altura el asiento del infante ya tiene pegote de golosinas, crayon estrujado, restos de cualquier cosa que les hayan servido y grasa de las papas fritas que no sabemos cómo traficó en el bolsillo de la campera. Comienza entonces una odisea en círculos, con olor a déjà vu, como para mencionar el aroma más amable en todo este lío: Nos tropezamos siempre con el mismo pie del mismo señor que no entra en su asiento, cruzamos la misma mirada con la misma azafata mala onda pero qué bien maquillada eh, vemos siempre a los mismos compañeros de infortunio con sus mismos hijos de la mano en el mismo peregrinar, como un gran grupo de autoayuda o de zombies, según la cantidad de horas que llevemos en el aire. Hay algunos imprevistos que, les juro, también parecen escritos por un guionista de comedia de enredos: Si nos vamos a topar con el carrito del desayuno que impide totalmente el paso, será justo cuando más apuro tenga nuestro retoño. Las turbulencias con el cártel de sentarse y prenderse los cinturones y de paso rezar un ave maría será justo cuando escuchemos fuerte y claro un urgente “Mamá me hago”.

Para el final del vuelo (3 o 10 horas da lo mismo, en estas circunstancias se desvanece la idea de tiempo) uno ya estará evaluando proponerle a la criatura que haga parkour sobre las 16 filas que separan su cuerpito del baño, pero la verdad es que ya estamos despiertos para siempre, así que emprendemos una vez más ese camino que ya tiene el surco, sufrido, de nuestros pasos.

Cuando, resignados, volvemos a nuestro asiento, el niño se duerme. No lo podemos creer, la vida es hermosa y tener hijos vuelve a ser algo bueno. Nos acomodamos para ver una película postergada que se estrenó hace apenas 6 años, auriculares listos, pies descalzos y entonces… tenemos ganas nosotros. Y ahí vamos, a un baño por el que pasaron infinidad de veces todos los niños menores de 12 años del avión. Tendríamos que haber accedido al cambio de asiento, como para acostumbrarnos a ese contexto. La maternidad es pura sorpresa, por ejemplo, no comprendemos como las papas fritas del bolsillo de la campera terminaron en el baño. Ni el sticker del colegio.

Pero no les podemos negar la coherencia, algo deberíamos haber sospechado cuando esperaban a que les cambiemos el pañal para hacer sus necesidades. Qué difícil la palabra “necesidades” en algunos contextos maternales, estimados. Y no hace falta viajar en avión. Lo mismo ocurre en el tren que me lleva a San Pedro y en el micro que me lleva a la costa.. Solo cambia el estado del baño y la cantidad de pasos que haremos mil veces. También sostengo que si viajamos en auto, las ganas se acrecientan cuando más lejos estamos de la próxima estación de servicio. Es ley.

El único modo de que todo esto no ocurra es que un extraño tenga la ventanilla y al niño no le quede más remedio que sentarse del lado del pasillo, mientras nosotros descubrimos lo acotado que es el lugar “del medio”. En ese caso, les aseguro, lo más probable es que no vaya al baño ni una sola vez, y entonces, nosotras tampoco podremos dormir porque en esta maternidad sin pañales, no haremos más que preguntarle, una y otra vez, si se siente bien y si, por el amor del santoral completo, no quiere ir al baño.

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