La Maternidad: Un máster, también, en alimentos

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Alimentar es una de las tareas primordiales de la maternidad. Pero alimentar y tener un posgrado en nutrición no son sinónimos. Les juro.

Nos levantamos al alba, corrimos como locas, trabajamos mucho, con suerte en lo que nos gusta. En el medio llevamos, trajimos, hicimos, compramos, armamos, pintamos, solucionamos, preguntamos, llamamos, y tantos verbos que pareciera que no caben en una sola persona. Pero sí, una madre moderna conjuga el diccionario entero.

Llegamos a casa arrastrando carteras, mochilas, hijos y una bolsa de frutas que compramos en la esquina porque nos acordamos que no había y vieron cómo es… una alimentación que contemple “todos los colores” es algo que hasta enseñan a los colegios. Y eso es bueno. Pero cómo pesan las manzanas a esa hora eh.

Claro que está buenísimo, repito, nadie puede negar las ventajas de “comer bien”. Ahora definamos el concepto, porque justo en la puerta te encontrás con tu marido que llega en el mismo estado (calamitoso) y surge, a coro, la pregunta de todos los días: ¿Qué comemos?

Es que el manual de la buena madre, supone que además de tener la comida planificada, todos los ingredientes necesarios en la cocina, tiempo y buen humor siempre a mano y vajilla que combine con el menú, tenemos que ser una especie de nutricionistas capaces de lograr una dieta equilibrada, sana, completa, casera, rica… ay!

Una madre más o menos normal (la que somos, la que deseamos ser, la que podemos según el día) siempre quiere los mejor para sus hijos. Es posible que pasarte dos horas leyendo la etiqueta de un paquete de fideos no sea lo más “saludable”, sobre todo si los nenes están corriendo por los pasillos del supermercado. Tengo dudas todos los días, desde que soy madre y antes también: Qué marca es mejor? Lo que me venden en la feria del barrio cumplirá con las normas mínimas de higiene? Todo lo envasado es una porquería? La harina es mala? Si es mala cómo puede ser que yo no esté muerta??? A puro prejuicio (Prejuicio con el super y prejuicio con la feria) las madres vamos escabulléndonos de las exigencias de los otros y leemos, y aprendemos, y preguntamos para armar nuestra “propia receta” en lo que se refiere, también a la alimentación. Es tanta la información disponible, y tan contradictoria, que pareciera que lo único sano es lamer una lechuga cultivada en casa. Y hasta ahí.

No creo, de verdad, que sea así. No me gustan las obsesiones. Miro a otras madres y aprendo, consulto a profesionales cuando lo considero necesario. Vamos probando, modificando hábitos, quedándonos con las buenas ideas, desechando las otras. La comida es importante no sólo porque es vital, una necesidad básica, sino porque los olores y los sabores forman parte de los recuerdos más entrañables de nuestra infancia. Andá a evaluarme el azúcar de la torta de mi abuela o las calorías de los fideos amasados en casa. La comida se enseña y se hereda.

No me considero una mala madre por llevar a mis hijas a comer una hamburguesa de vez en cuando, y en lo que a mi respecta, si una noche pedimos pizza, o porque estamos cansados o porque tenemos ganas, nadie se muere.

Cuidar la alimentación es tan importante como cuidar otras cosas. El tiempo en familia, cocinar (o poner los platos para la pizza) entre todos, reconocer prioridades, no imponerle a nuestros hijos ni nuestras dudas ni nuestro hambre, ni nuestras modas. Se nutre de diversas formas. Se alimenta con mucho más que con la comida.

Nada más lejos de mí, sin embargo, que hacer una apología de la “mala alimentación”. Por el contrario, creo que está bueno aprender, investigar y sacar nuestras propias conclusiones, para llegar al resultado más “rico”.

Las madres somos, literalmente, fuente de alimento. No dudemos de nuestras capacidades.

Es que “comer bien” me respondo, es comer en paz, disfrutando el equilibrio, sin tanta presión y lejos del ataque de nervios porque parece que a esa hoja de lechuga le pusimos un aceto “industrial”.

Que siempre sea a nuestra salud, compañeras de infortunio.

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