Las cosas que no podemos decir las mamás

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Parecería que la maternidad nos inhabilita la queja. Aunque en el fondo puede que no tengamos grandes reclamos, el día a día es muy diferente. Las madres tenemos pesadumbres. Y derechos.

Cuando tenemos un hijo nos sentimos bendecidas. No importan las circunstancias ni el contexto. Ese momento encierra y libera una gran felicidad que, de verdad, no se parece a nada. Después viene la vida, con sus cosas y sus causas. Y frente al primer “me gustaría dormir un sábado hasta las 12” descubrimos, con asombro, que hay quienes nos miran con rechazo. Como si no valoráramos a nuestros hijos. Como si no reconociéramos la gloria de la maternidad y el milagro del hijo. Como si estuviéramos pensando en abandonarlos porque no podemos dormir la siesta. Como si las madres no pudiéramos tener sueño.

Es que parecería que haber parido nos inhabilita el derecho a quejarnos. Con o sin razón. La queja puede ser liberación, no hace falta tener un argumento comprobado. La queja no como deporte o como constante, sino como opción o como derecho adquirido. La queja como la descripción del sentir de un momento en particular.

Me detengo en la dicotomía: rara vez se desaprueba a una mujer que trabaja todos los días muchas horas y que se lamenta por su cansancio. Sin embargo, si esa misma mujer, que trabaja las mismas horas y se queja del mismo modo, tiene hijos, se la condena por “desagradecida con todo lo que le ha dado la vida”.

Además, si logramos desactivar la mirada ajena que se queja de nuestra queja, nosotras que fuimos ungidas con la alegría de la maternidad tenemos otro dilema: quejarse no es un buen ejemplo. ¿Somos auténticas frente a nuestros hijos y les decimos que en ese momento pasar el peine fino es lo peor que nos pasó en el día o mantenemos silencio, estoicas, para enseñarles a enfrentar las vicisitudes de la vida? ¿Se sentirá menos amado el niño cuando se lo digo o, por el contrario, comprenderá que el verdadero amor es quitar piojos aunque uno odie ese proceso?

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