Las Fiestas y la comida: Una relación complicada

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Hablamos del hambre en el mundo y de la importancia de evitar el desperdicio alimentario. Todo muy bonito hasta que llegan las fiestas y la mesa carga una cantidad de comida suficiente como para alimentar al barrio entero. ¿Qué nos pasa a los adultos que no podemos con nuestras contradicciones?

Diciembre es un mes gastronómicamente complicado. Entre tanto encuentro, tanta despedida y tanto comienzo, llegamos al 24 sabiendo que sería lógico que en la copa para brindar pongamos un hepato-protector.

Contradicciones de la adultez que complican a los niños que nos miran: Vivimos a dieta porque se viene el verano y les decimos que “con la comida no se juega” y que “la comida no se tira” para llegar a las fiestas con un menú desproporcionado que puede darnos todas las calorías que vamos a necesitar en el año.

Intentamos aquello de “a la canasta” y “por favor no traigan mucho” o el también muy usado “repartimos así no sobra tanto”. Y después empieza la competencia entre la pavita rellena de la tía Elvira, el lechón tradicional del abuelo y el vitel toné, que cómo va a faltar. Para cuando terminamos de preparar la mesa, casi que podemos competir con el restaurante de tenedor libre de la otra cuadra pero con mejor iluminación.

Y pasa la noche y está bueno porque al otro día no cocinamos, pero cuando las mañanas siguientes tenemos que desayunar pavita con ensalada rusa para que no se ponga fea y cuando finalmente terminamos tirando los huevos rellenos porque ya ni hubo nada más que hacer, y como adornos del arbolito quedaban feos y daban mal olor, ahí deberíamos hacer algún mea culpa.

En enero pongo los restos del turrón en el bolso de la vacaciones, esperando que no se derrita con los 200 grados de calor a la sombra, y reflexiono, una vez más, sobre por qué me pone de tan mal humor tirar comida. Tiene que ver, como les dije en otro post, con la relación que siento directa entre esos nenes que piden monedas en un semáforo cerca de casa y mi imagen tirando una banana porque se puso negra.

Hablar del hambre en el mundo es hablar de dos cosas: Por un lado de la falta de igualdad y por otro lado de cuestiones estructurales, como el aumento de la población y el mal uso de los recursos escasos, la insuficiencia de tierras cultivables y tantos otras cosas que desconozco. Es complejo porque sabemos que no podemos solucionar el hambre en el mundo de un día para otro, aunque sea Navidad. Pero también sabemos, y está bueno poder enseñarlo, que un mundo mejor se hace todos los días, con decisiones cotidianas, como por ejemplo, convenciendo al abuelo que el lechón lo pueden hacer otro día en el que sea climáticamente más sano prender la parrilla.

Por suerte hay empresas, personas y organizaciones que se están tomando el tema muy en serio y por ahí van. En la parte que me toca, sospecho que comer confites verdes, rojos y blancos hasta marzo se contradicen con la idea de trabajar todos juntos para aprender a producir y a repartir alimentos de modo más efectivo y sustentable. Podemos mejorar, el único peligro es resignarnos.

En estas fiestas, vayan llamando a la tía Elvira, aún estamos a tiempo de derrochar otras cosas que no tengan que ver con la comida, por ejemplo derrochemos ganas de cuidar un poco más el planeta que les estamos dejando a nuestros hijos. Derrochemos también una mirada solidaria sobre ese otro que no tiene, mientras a nosotros nos sobra.

Después de todo la Navidad habla de renacer y el Año Nuevo nos habilita nuevos propósitos. Parece que en ningún lugar dice que nos tiene que salir comida por las orejas.

Que en estas fiestas entonces, podamos festejar que estamos aprendiendo que las porciones tienen que ver con la justicia de que haya para todos, ni más ni menos.

Y que entonces sí, como una apuesta al futuro, serán unas fiestas un poco más felices para todos.

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