Las madres y la Navidad

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En el combo de la maternidad, se nos llena la agenda de eventos y de tareas (todas en diciembre), que hacen que las fiestas sean un mundo nuevo por descubrir, por sufrir y por disfrutar casi en partes iguales. La columna de Beta Suárez, escritora y autora del blog Mujer, Madre y Argentina.

 

Antes de tener hijos, incluso estando en pareja, nadie se disputaba mi presencia. No tenía que ver con el amor, me siento muy querida, pero ahora, con todas las cartas -y los niños- sobre la mesa, creo que me estaban teniendo piedad porque sabían lo que se venía.

Diciembre es un agujero sin fin en dónde aparecen fiestas que ignorábamos cuando éramos tan sin hijos: acto de fin de año (¡hasta de la guardería!), cierre de patín, reunión del chat de mamis, cena de danza, fiesta de inglés, entrega de diplomas de cerámica… Y a todo esto le sumamos la Navidad y el Año Nuevo, los de siempre, pero recargados.

Es que mientras rezamos para no confundir un evento con otro y llevar al crío vestido de angelito de pesebre a la muestra de fin de año de guitarra, volvemos a prometernos que el año que viene vamos a comprar los regalos en agosto, cuando aún hay promociones y no tenemos que enfrentarnos con la realidad de que nuestro hijo es uno de los miles que pidió el mismo chiche del que, ya sabemos, no hay stock. De paso, podemos abrir una causa en Change.org para que empiecen con los meet & greet con Papá Noel en septiembre, así no hay que hacer 200 horas de cola con 200 grados de calor con 200 nenes tan impacientes como el propio.

Después nos queda decidir con quién van a pasar nuestros hijos durante Navidad y Año Nuevo, porque si vamos nosotros, los padres de la prole, a los abuelos ya no les importa tanto. Y así, todo diciembre, en alerta permanente para que no se nos pase la fecha de inscripción de la colonia, no sea cosa que enero se nos ponga dramático.

Apenas unos días después del primero de diciembre, nos despertamos y ya es 24, la primera parada familiar en esta carrera de obstáculos. Y la Navidad ya no es lo que era, dijimos. Habíamos olvidado, sin niños, la emoción de la aguja que llega a las 12 y las copas chiquitas de la abuela que vuelven a tener un destino de manitos sucias para el brindis. El ruido de los paquetes que se rompen con frenesí, el niño que nace para los creyentes, los niños que nos reavivan el concepto de futuro para todos.

Año Nuevo igual, pero con más amigos y más abrazos, el verano ardiente y los fuegos artificiales propios de la idea de que se puede volver a empezar, que no es poco. Doce uvas o doce tajadas del vitel toné que sobró de Navidad: da igual, todo es motivo para festejar cuando llega el 31 y hacemos fuerza para que los balances den positivo.

Las fiestas siempre pueden ser una maravilla, pero cuando tenés hijos (o cuando estás cerca de niños amados) estás casi obligada a tener un brindis esperanzado, aunque tengas que pelearte con tus costados oscuros. Qué buen desafío. Qué gran recompensa para todas esas noches de insomnio propias de la maternidad.

Qué bendición nuestros nenes en las Fiestas. Igual me disculpan si los regalos que trae Papá Noel de mi parte están envueltos en un papel que dice “Feliz Cumpleaños”: todo no se puede, y una de las principales premisas para poder disfrutar es elegir qué batallas pelear. Sobre todo, en diciembre y de cara a las fiestas de fin de año.

 

Texto publicado en ENTREMUJERES de CLARÍN. Por Beta Suárez, escritora y autora de Mujer, Madre y Argentina. En Instagram, @mujer.madre.y.argentina.

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