Lo que siempre supe que no iba a extrañar de mis bebés

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Nuestros hijos son bebés poco tiempo y es un acierto disfrutarlos todo lo posible. Pero eso no significa que luego añoremos esa etapa completa.

Los bebés son suaves, calentitos y fáciles de trasladar. La mayoría de las veces huelen bien y nos despabilan sentimientos que no estábamos muy seguros de tener. Contienen en un tamaño mínimo el milagro tremendo de la maternidad. Son como la definición de la esperanza, la expresión del futuro, la promesa de que todo lo bueno está por venir. Vemos en ellos un deseo realizado, una familia que crece, nos reconocemos en sus rasgos, nos sabemos necesarios en la primicia de sus vidas. Un bebé trae a su hogar aire nuevo, luz renovada y una apacibilidad única y preciosa.

Los hijos, si los medimos por ejemplo en el tiempo en el que vivirán con nosotros, son bebés poco tiempo y es fácil entonces que haya cosas que añoremos de esa etapa fugaz. Pero no vamos a engañarnos justo acá: hay cosas de mis bebés que siempre supe que no iba a extrañar, ni un poquito.

No me gusta que lloren, ni aunque sea con voz de pajarito. Claro que ahora también lloran (y a mí se me sigue encogiendo el corazón) pero lloran menos, mucho menos.

Valoro que no me vomiten la ropa apenas terminan de comer. No se me ocurre por qué no habría de valorarlo.

Disfruto las noches sin interrupciones y la cama compartida casi exclusivamente con mi marido.

Mi bolso va más liviano y volvió a ser territorio personal. Ya no se me cae un biberón cuando intento encontrar las llaves.

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