LO ÚLTIMO QUE SE PIERDE ES LA ESPERANZA (Porque el resto ya lo perdieron todo)

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El misterio más grande de tener hijos no reside en la maravilla de verlos crecer, ni el misterio de andar llevando gente adentro de uno, ni en el prodigio de vernos reflejados en otros seres. No, el misterio más grande de tener hijos, para mi, está encerrado en un cuartucho chico, sin ventanas y con bastante mal olor: El cuartito de las “cosas perdidas” del colegio.

“Má, me olvidé la melódica”, arranca #LaMenor. A priori podríamos considerar que eso es una ventaja, pero como todavía no terminó el año y el pianito infernal tiene un costo considerable, aún sigue siendo más ventajoso encontrarla que tirarla por la ventana. “Mañana la busco Má”, acota la pibita, y se va hacer otra cosa. Es que los niños como ella, con luz en la mirada, solo ven bondad en el mundo. Y también lo dice para que no la deje sin celular un mes o le haga comprar otra con sus ahorros. Ya sé yo, a pura experiencia, que nos espera un espiral oscuro con recovecos indescifrables y con un destino incierto: Nada nos asegura que nos volvamos a encontrar, alguna vez, con la melódica.

Averiguo, porque tiendo a olvidar lo que no quiero conocer, los horarios de atención del cuartito. Son imposibles y en fracciones que invitan a cuento de Agatha o de Sherlock: Miércoles y viernes de 15:32 a 16:55. Falta que diga: En años bisiestos y solo si hay luna llena. Listo, acomodo mi agenda laboral y aviso en el chat del curso porque nos reconozco, ante todo, como compañeros de infortunio y, porque soy una imprudente, anuncio: Voy a ir al cuartito, alguien quiere que le busque algo?

Se abre entonces una compuerta incontenible de historias de angustia y profunda desazón: Una campera gris con lunares rojos que regaló una tía y que hizo que toda la familia quede dividida para siempre, una mochila con TODO ADENTRO que nunca volvió, un libro que tenía el nombre EN TODAS LAS HOJAS, un par de zapatillas que aún están pagando… algunas cosas de hace un mes, otras desde hace varios hijos pero que siguen buscando, porque después de todo los padres precisamos dormir en paz: El colegio es un lugar cerrado, si se pierde la vianda y se la traga el triangulo de las bermudas escolar, qué nos garantiza que no se pierda un pibe? Eh?

La verdad es que ya hemos dejado atrás las escenas épicas de desborde y locura en dónde le reclamábamos al hijo por haber perdido la goma de borrar usada como si el pibe hubiera perdido el año o a la abuela. Y también le pusimos nombre hasta a los cordones, como para sentir, al menos, que hicimos todo lo posible. Atarles las cosas al cuerpo no es una opción, parece, por eso de los derechos del niño. Mandarlos en pijama para que no pierdan la campera del uniforme tampoco. Y que vayan sin cartuchera, nos dicen, no colabora con lo pedagógico. Ven, no es fácil criar.

Me adentro en mi odisea y llego al cuartito con una lista llena de ilusiones sin fundamento empírico. Miro rápido y no veo melódicas, ni una, pero me atrae la escena, por lo insólita. Parece una realidad paralela: Hay tres cajas enormes llenas de tuppers como para abrir un colombraro y un par de sucursales. Hay dos percheros larguísimos, de pared a pared, con camperas de uniforme colgadas: Muchas teniendo que sufrir la vergüenza de que algún mal intencionado le haya cortado la etiqueta en donde estaba el nombre del dueño original. El resto, anónimas. Ninguna de las que busco. Cuento, mínimo, 15 camperas de abrigo, todas diferentes, y ahí si me quedo estupefacta: Cada una cuesta como un salario mínimo vital y móvil. De verdad si el pibe vuelve sin la Uniqlo no la vas a buscar??? Mi asombro crece cuando empiezo a ver pantalones y chombas. Por suerte no veo ropa interior y decido ignorar zapatillas y zapatos. No necesito seguir llenando mi maternidad de preguntas ajenas. Las mías nunca volvieron en medias. Ni en bolas. Por ahora.

Pero nada de mi lista está ahí, en el enigma del cuarto en el que conviven un montón de cosas que nadie reclama con un montón de faltantes que no aparecen. Eso sí, encuentro los lentes que mi hija perdió hace años y que ya no le sirven porque cambió la graduación. Mientras, escucho leyendas urbanas de otras madres que comparten mi momento y mis dudas: Que hay gente que si pierde el buzo del colegio se lleva un buzo aunque no sea el propio (me da pavura), que hay cosas que no aparecen NUNCA (pocas palabras pesan tanto), que hubo casos de padres que se abalanzaron sobre niños desconocidos para mirar si ESA CAMPERA (les recuerdo, son uniformes, son todas iguales) era la de su retoño porque ESA mancha era propia del café con leche de su casa, sin dudas… Todas escenas dantescas, pero ahí, en ese cuartito, todo suena posible e incuestionable.

Salgo y respiro hondo y, bondades del mundo, hay un rayo de sol que me da justo en el rictus de espanto de mi cara y lo disuelve. A la melódica la doy por perdida. Y mientras voy pateando ideas, concluyo que se han perdido cosas peores, como la fe en los adultos de los niños a los que mandan a traer un buzo aunque no sea el propio, por mencionar algo. Es que el tema no es lo que nos falta, sino lo que hacemos con esos vacíos.

La vida sigue, más silenciosa por cierto, y los días pasan. A la nena le prestan un instrumento en el colegio para usar solo ahí (haberlo sabido…) hasta que un día vuelve a casa, triunfante, con la melódica. Apenas habían pasado un par de semanas. Mientras la mando a desinfectar el pico soplador y la manguerita, me dice: “Ves, yo sabía que iba a aparecer”.

Y aunque mi adultez porfiada, a veces cansada, me quiera hacer creer que lo último que habíamos perdido era el pianito, le tengo que reconocer que de verdad, aunque haya cosas que no volvieron nunca, lo último que deberíamos perder, siempre, es la esperanza.

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