Los malos ejemplos que le doy a mi hija adolescente

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Los hijos son un espejo que nos reflejan. El problema es que no siempre muestran nuestro mejor perfil.

La Mayor se pasea por la casa ostentando adolescencia. Todo dentro de lo normal: la rebeldía que asoma, una respuesta al límite de lo aceptado, algo de desorden por aquí, un poco de inestabilidad emocional más allá. Nos ha pasado a todos y estamos dispuestos a acompañarla en el proceso, porque la queremos y porque no tenemos opción. Al fin y al cabo somos gente de fe y sabemos que esto también pasará.

Siempre digo que hay cosas que nuestras hijas trajeron a casa de su propia cosecha. Actitudes, pensamientos, reacciones, gustos y formas que les pertenecen. Esas me maravillan, la particularidad siempre me detiene y me convierte en atenta observadora. Me divierto. Las virtudes y los buenos hábitos que hemos logrado incorporarles, incluso a la que adolece, nos llenan de orgullo y las reconocemos enseguida porque nos costaron trabajo y esfuerzo, porque muchas fueron pensadas y porque las otras al menos son advertidas como parte del ADN familiar.

El problema lo tengo con el grupo que falta: lo que no está tan bueno y que también incorporaron de nosotros. La Mayor hoy luce un racimo de vicios, desafiante, como su mejor armadura frente a nuestros embates paternos.

Nuestra primogénita camina con el celular en la mano y se va a romper la cara contra la pared. Antes de decirle que frene debo soltar el mío, como para tener algún tipo de autoridad moral. Grita de una punta de la casa a la otra y cuando estoy a punto de advertirle que deje de hacerlo noto que casi se lo digo gritando a la distancia de dos cuartos. Prefiere leer libros antes que hacer la tarea escolar, le explico la importancia de cumplir con su responsabilidad en el estudio mientras ruego a todos los santos que no quede ninguna evidencia de mis libretas de notas. Me interrumpe cuando hablo, exactamente como hago yo. Para recordarle que no coma porquerías entre horas, debo primero tragar lo que estoy masticando. Profiere malas palabras (no en casa, pero la escucho hablar con sus amigos) pero aún no me gana en el repertorio que utilizo a diario… y podría seguir dando ejemplos por párrafos y párrafos.

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