Los Reyes Magos: La última oportunidad de la ilusión

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Cuando en la casa ya no quedan niños que “creen”, poner los zapatitos la noche de reyes es una declaración de principios.

Abrió el cajón, eligió un papel fucsia, completó el set con una birome con brillitos, se sentó en la mesa ratona y con letra grande y redonda escribió: “Queridos Reyes Magos”. Esta escena no nos hubiera llamado la atención si no fuera porque éste es el primer año en que La Menor “sabe”.

Primero preguntó sobre la existencia de Santa Claus y, luego de tener la certeza de que saber las verdad no la dejaba sin regalos, llegó la pregunta obvia, consecuente y siguiente: “¿Con los reyes es igual?”. Y le dijimos la verdad.

A mí me gustan estos reyes que siempre son magos. Creo que me gustan más que el gordo rojo del trineo. Es que, para empezar, estos hombres están en el pesebre, mirando a un Dios que usa pañales, lejos del turrón y las corridas de diciembre. Se supone que son ricos y sin embargo, recuerdo de mi niñez que sus obsequios eran más humildes, acordes a los bolsillos flacos post – fiestas. Vienen cansados, ellos y sus camellos, y traen oro pero aceptan agua y pasto como ofrenda para seguir su camino. Solo exigen que dejemos zapatos a la vista, zapatos para reconocernos, es imposible que me caigan mal.

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