Me llamaron del colegio. (Otro infierno tan temido).

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Por teléfono o por nota. Cualquier progenitor sabe que nada bueno sale de algo que empieza con un “Queridos papis”.

Tengo un sueño recurrente. Llego a la reunión de padres y mientras las maestras hablan de objetivos, pedagogía y planes de estudio, yo me separo del grupo, me paro en una silla en la que de todos modos no entro sentada, aclaro la garganta, me quito el pelo de la cara y a viva voz empiezo con mi declaración de principios:

“Hoy vine como madre abnegada, con hijos en edad escolar, ante todos ustedes, docentes dedicados, movida por un solo sentimiento: La venganza. Pero no ya por la tarea de los fines de semana o porque nuestros hijos dicen que Ustedes tienen razón y nosotros no. Tampoco por el disfraz de árbol que tuvimos que hacer con nuestras manos o por el mapa geopolítico de Islandia que pidieron de un miércoles para un jueves… lo mío es más puntual”.

Los maestros endurecen los rasgos, los padres empiezan a aplaudir acaloradamente y eso que aún no escucharon mi fundamento… y ahí me despierto.

Pero no los voy a dejar con la duda. No importa si en el día manejo a un grupo de 100 personas, hablo hasta con el Presidente de la Nación, salgo a correr a las 6 de la mañana (bueno, eso lo hace una amiga) y preparo reportes profesionales y viandas escolares todo con precisión quirúrgica. Vértigo, lo que se dice vértigo, es que me llamen del colegio.

Te suena el celular y ya ves, porque por las dudas tenés registrados todos los números del colegio. No podés no atender, pero por un segundo lo pensás. Entrás en pánico y lo superás… Es que hay dos opciones:

O tu hijo se siente mal.
O tu hijo se portó mal.

Por un segundo dudás, ¿qué preferís? porque después de todo si vomitó el almuerzo no es taaaannn grave… no?

Otra opción es que te manden una nota. Cualquiera que tiene hijos sabe que de algo que empieza con un “queridos papis” no sale nada bueno. Y ahí el pánico va creciendo, y acá está el fuego de este infierno, porque te citan y no te dicen para qué. Eso, amigos, es perverso.

Y entonces mirás a tu retoño y le preguntás:

  • Juan, decime, vos qué hiciste?
  • Nada mamá, todo tranca.

No corazón, si estuviera “todo tranca” no tendría que pedir en el trabajo que me dejen salir a las 12:27 (porque los horarios de esas reuniones son rarísimos) para ir a hablar con la seño Laura.

Contame Juan, ¿qué hiciste? Contale a mamá. ¿Te copiaste en una prueba? ¿Te rateaste del aula? ¿Le prendiste fuego a la biblioteca? Contale a mamá que mamá siempre te va a ayudar.  Pero Juan, que te conoce, sabe que de esos ojos de loca desquiciada no se puede desprender nada parecido a la comprensión. Así que Juan, la luz de tus ojos, te deja en penumbras.

Para cuando llega el momento de la reunión y vos estás esperando en la secretaría ya sos una porquería nerviosa que se comió todas las uñas y que delira con situaciones tremendas. En general, propio del estrés paternal, oscilamos entre dos cuestiones absolutas: O nuestro hijo no tiene la culpa de nada,  y entonces la culpa la tiene todo el resto de la comunidad escolar, incluyendo ese docente que nos llamó, o nuestro hijo tiene la culpa de todo y eso que nosotros lo educamos bien.

Porque, de nuevo, para decirnos que el nene va a ser abanderado no nos llaman. Anoten, podrían, así aunque sea podemos ilusionarnos la próxima vez que nos citen.

Ya sentados con el maestro del otro lado, somos una mezcla del el jorobado de Notre Dame con un pollito mojado. El docente nos dice “buen día” y lo agarramos de la solapa llorando al grito de “Mi Juancito es buen chico”.

  • Sí, sí, claro.. y Usted cómo está?
  • Todo tranca, respondemos, y a partir de ahí, sabemos, es muy difícil remontar semejante desmadre.

A medida que avanza la reunión pasamos por todo el arco de emociones. De la depresión profunda a la euforia exaltada. Hasta que se descubre el misterio y resulta que en la mayoría de los casos no era tan grave, sobre todo si el docente supiera lo que Juancito hace en casa…

Pero la cosa sigue. Alguien debería darnos un temario antes de entrar a la reunión, así al menos vamos tachando ítems en la lista de sufrimientos. 

Por ejemplo, el educando anota. ¿Por qué anota? ¿Qué anota? Daría un órgano vital para poder leer lo que está anotando sobre Juancito, pero daría dos por saber qué está anotado sobre mi. Es probable que el resto de la reunión me la pase cogoteando para ver si llego a leer algo y no escuche nada de lo que me está diciendo. Una tortícolis.

Después, ves pañuelos en el escritorio y pensás: Listo, me va a hacer llorar. No importa que el pobre hombre tenga una gripe que se cae. Luego, notás que el docente sabe hasta de qué color es la bata con la que te levantás, porque resulta que los nenes hablan. Y tanto hinchaste con la idea de la honestidad que eso si lo aprendió bien Juancito. Una indignidad. 

De a ratos te sentís aguerrido y estás dispuesto a pelearle al maestro hasta cómo conjuga el Simple Past, aunque el único idioma extra que hables sea el jeringoso, y con cierta dificultad. Pero te calmás porque siempre está presente un temor ancestral “le va a tomar bronca”. Una ciclotimia. 

Y empieza a hablar de pruebas que no sabíamos que tomaron o de situaciones que desconocemos porque resulta que no importa que tan “buen padre” seas, hay cosas que tus hijos no te van a contar. Y otra vez te debatís entre un “lo mato” y un “hice todo mal”. O los dos juntos, no lo descartemos.

Y mientras te recuerdan que padres y docentes trabajan en equipo, vos evaluás cambiarles el peine fino por la germinación del poroto, como para poner un ejemplo. Yo lo baño viste, vos ocupate de las fracciones, querido.

Para mi es como ir al dentista, me siento absolutamente indefensa. Hay momentos en los que al pobre maestro le deseo cosas tremendas, y hay momentos en los que lo abrazaría fuerte fuerte. Todo eso en los 35 minutos interminables que dura la reunión.

Finalmente, porque somos gente más o menos normal, le agradecemos al señor que se haya tomado el trabajo de llamarnos (sobre todo sabiendo que íbamos a venir en este estado). La verdad es que cualquier padre, más allá del humor del caso, agradece la mirada profunda del docente. Porque nuestros hijos pasan muchas horas en el colegio y porque además si el educador no nos llama nunca nunca nunca vamos a decir que es un desamorado y que no se ocupa de los chicos.

En la mayoría de los casos terminamos como chanchos. Seguramente las dos partes descubrimos cosas nuevas. Razones, motivos, y también posibles caminos. Pobre Juancito, no sabe lo que le espera.

Se despide el maestro con un “gracias por venir”, claro, como si hubiéramos tenido opción… Pero la verdad es que internamente les agradecemos, una vez más, por detener la mirada en nuestros hijos y hacer, la mayoría de las veces, muchos más que lo que tienen que hacer por contrato.

Sin embargo, no nos vamos a mentir que Juancito nis mira y aprende, si pudiera elegir un cierre para mi sueño, sería algo así:

Con los padres abrazándose por la causa compartida y los maestros tensos y tomados de la mano para sostenerse en este épico momento de angustia, profunda reflexión y replanteo de la educación, los miro fijo pero con cariño, y cierro:

“Por último, compañeros docentes, les deseo de corazón que tengan una linda jornada, gracias por haberme escuchado, y sobre todo, desde lo más profundo de mi cálido y conmovido corazón, les deseo que tengan hijos y que sus educadores alguna vez los citen sin decirles para qué. Ahora sí, pueden seguir con la reunión”.

(Y luego intentaría bajarme de la silla sin caerme, pero no soy tan osada, ahí ya no prometo nada).

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1 comentario

  1. Lidia Giudice el

    Impecable!!!!Intuyo,las angustias y
    calambres en el estómago,que producen estas reuniones.-Pero
    si culturizaramos un poquito más
    a los niños,en nuestros hogares.-
    Todo ,saldría mejor,pasa que a veces con razón o sin ella,nos apartamos de la autoridad que hemos asumido,al
    traerlos al MUNDO.-Y esperamos que
    crezcan en libertad(libertinajes).-
    Ni tanto ,ni tan poquito,equilibrio es
    lo eficiente…después que sigan aprendiendo,pero con la BASE FAMILIAR,(padres),que asumen como
    únicos tutores,de los hijos.-

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