Mínimas (Hace referencia al texto y no al tamaño de las piedras)

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No me alcanzaban las manos para sostener los casi seis metros de ventana que tengo en el living. Esos vidrios, dobles con cámara de aire,  deben se lo más caro de la casa. Y las piedras de granizo que veía pegar contra ellos eran del tamaño de mi puño. Sin exagerar.
En el medio del ruido ensordecedor de la tormenta endemoniada mi marido se iluminó para sugerir que bajemos las persianas. Le ganamos la batalla al granizo y lo logramos. Quedamos entonces encerrados preguntándonos si finalmente había llegado el fin del mundo. Y sospechamos que el remise que esperaba a mi consorte cuando se desató el temporal estaría ya llegando a San Pedro arrastrado por el agua.
No habíamos terminado de respirar profundo cuando recordamos que teníamos medio Fravega en el play. Ahora lo que no nos daban eran las patas para subir las escaleras, dispuestos a dejar la vida protegiendo todos esos chiches maravillosos que tan felices nos hacen. Las nenas bien, gracias.
En el play llovía más que afuera. No se cuántas tejas se rompieron (Con los años a veces me amparo en la ignorancia, en contra de mis más profundos principios). Chapotenado, literalmente, guardamos todo lo que se enchufa (Y que en casa además se conecta, etc) en otro cuarto y bajamos ahora si a tomar aire.
Total el auto estaba en la cochera de la esquina. Un primer piso cerrado. Religiosamente pagamos la cochera de la esquina. Carita la cochera. Una sola claraboya de vidrio hay en la cochera. Grande la claraboya y grande la cochera. 50 años tiene ahí esa claraboya. Se rompió. Arriba de mi auto. Pobre auto, vidrios y granizo. Yo se que no es lo peor que te puede pasar. Pero no hay derecho.
En ese momento, cuando la tormenta ya estaba amainando y ni el calor se había llevado la muy turra, y mientras mi marido se subía al remise y se iba de viaje yo, obvio, entré en modo todo me chupa un huevo.
Que siga el play inundado, total yo tengo Internet y en el play no vivimos. Del techista que se ocupe el hombre de la casa cuando vuelva, sobre todo porque aunque quiera no queda en todo Vicente López una teja disponible. Cotizan en la bolsa por estos días.
Ya logre que me dieran otra cochera, como para no tentar al destino y morir empalada por un vidrio rezagado,  y ahora veremos de qué se hace cargo el dueño. Tendrá que elegir, o se hace cargo de mi auto o se hace cargo de mi perseverancia. Pobre hombre.
Ya se yo que estamos vivos y que a recuentos de daños no ha sido tanto. Sin ir más lejos tengo conocidos que tiene un saldo mucho más negativo.
Sólo que no puedo evitar pensar que a veces, aunque pongas todo de vos, ni te dan las manos ni te dan las patas. Y eso debería ser una señal. Nunca está de más anoticiarte de que aunque salves los vidrios y protejas la wii, ahí, cuando te sentás canchero a respirar, se te cae una claraboya de vidrio gigante sobre aquello que creías seguro.
Reparadora la idea, no?
info45No me alcanzaban las manos para sostener los casi seis metros de ventana que tengo en el living. Esos vidrios, dobles con cámara de aire,  deben ser lo más caro de la casa. Y las piedras de granizo que veía pegar contra ellos eran del tamaño de mi puño. Sin exagerar.
En el medio del ruido ensordecedor de la tormenta endemoniada mi marido se iluminó para sugerir que bajemos las persianas. Es que estábamos  hipnotizados mirando el fenómeno! Había que elegir entre el paisaje  o los ahorros . Le ganamos la batalla al granizo y al morbo  y lo logramos.
Quedamos entonces encerrados preguntándonos si finalmente había llegado el fin del mundo. Y sospechamos que el remise que esperaba a mi consorte cuando se desató el temporal estaría ya llegando a San Pedro arrastrado por el agua.
No habíamos terminado de respirar profundo cuando recordamos que teníamos medio Fravega en el play. Ahora lo que no nos daban eran las patas para subir las escaleras, dispuestos a dejar la vida protegiendo todos esos chiches maravillosos que tan felices nos hacen. Las nenas bien, gracias.
En el play llovía más que afuera. No se cuántas tejas se rompieron (Con los años a veces me amparo en la ignorancia, en contra de mis más profundos principios). Chapotenado, literalmente, guardamos todo lo que se enchufa, y que en casa además se conecta,  en otro cuarto y bajamos ahora si a tomar aire.
Total el auto estaba en la cochera de la esquina. Un primer piso cerrado. Religiosamente pagamos la cochera de la esquina. Carita la cochera. Una sola claraboya de vidrio hay en la cochera. Grande la claraboya y grande la cochera. 50 años tiene ahí esa claraboya. Se rompió. Arriba de mi auto. Pobre auto, vidrios y granizo. Yo se que no es lo peor que te puede pasar. Pero no hay derecho.
En ese momento, cuando la tormenta ya estaba amainando y ni el calor se había llevado la muy turra, y mientras mi marido se subía al remise y se iba de viaje yo, obvio, entré en modo todo me chupa un huevo.
Que siga el play inundado, total yo tengo Internet y en el play no vivimos. Del techista que se ocupe el hombre de la casa cuando vuelva, sobre todo porque aunque quiera no queda en todo Vicente López una teja disponible. Cotizan en la bolsa por estos días. Esperemos que pase el furor y recemos para que no llueva mientras tanto.
Mi cuñado sugirió que en Utilisima debería haber un programa especial para enseñarte a cortar el nylon en forma de luneta. Y una compañerita de la mayor le comentó a su mamá que su papá estaba afuera, embalando el auto. Delicias de la vida diaria.
Ya logre que me dieran otra cochera, como para no tentar al destino y morir empalada por un vidrio rezagado,  y ahora veremos de qué se hace cargo el dueño. Tendrá que elegir, o se hace cargo de mi auto o se hace cargo de mi perseverancia. Pobre hombre.
Ya se yo que estamos vivos y que a recuentos de daños no ha sido tanto. Sin ir más lejos tengo conocidos que tiene un saldo mucho más negativo. Y no soy boluda, se de tantos desconocidos que la deben haber pasado realmente mal con el granizo, sobre todo porque la venían pasando realmente mal desde antes.
Sólo que no puedo evitar pensar que a veces, aunque pongas todo de vos, ni te dan las manos ni te dan las patas. Y eso debería ser una señal. Nunca está de más anoticiarte de que aunque salves las ventanas y protejas la wii, ahí, cuando te sentás canchero a respirar, se te cae una claraboya de vidrio gigante sobre aquello que creías seguro.
Reparadora la idea, no?
No deja de ser un baldazo de humildad que, con suerte, te obliga a agacharte… y ya que estás ahí abajo, es una buena oportunidad para juntar los pedazos.
Y de rebelde nomás, sigo enamorada de la lluvia. Aunque a veces las piedras me hagan mierda el auto.

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3 comentarios

  1. Es una excelente manera de como hay que enfrentarse a las “gravedades” que nos suceden.
    Gracias Beta, hoy necesitaba leer ésto.

  2. Me encanto Beta. Que bien descrpita la situacion (en todo sentido). Y que lastima el auto.

  3. Muy bueno el relato, como siempre, y muy mala la suerte!!!
    Me gustó la de entrar en “modo todo me chupa un huevo”. Compro y reparto.
    Mis condolencias por el auto!

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