Nenes vestidos de grandes

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El problema de los chicos vestidos de grandes es que los grandes, en general, no juegan.

La imagen de una nena taconeando con los stilettos favoritos de su madre es una gran postal. Casi un lugar común de la ternura. Tiene que ver con el juego que significa disfrazarse para ocultar lo que uno es y para probar ser otro. Corriendo incluso el riesgo de que me quiebren un tacón, ver a mis hijas surfeando dentro de un zapato rojo y alto siempre fue un placer.

Ahora entre los adultos parecería que queremos perpetuar nuestra juventud por los siglos de los siglos y que los nenes por las dudas quieren crecer ahora mismo. De un tiempo a esta parte, me parece notar que nos encontramos en una franja dudosa pero visible: la ropa. Nos vestimos bastante parecido los niños y los grandes. El problema es quién se parece a quién.

Hay outfits que compartimos con mis hijas casi al detalle (el padre por suerte no). Y como creemos que la libertad es libre, dejamos que fluya mientras no veamos a la nena con sandalias con plataformas y minifalda ajustada. Pero les han regalado esas prendas porque existen, porque se usan y porque están de moda. Si vestimos a los nenes de grandes, los estamos encerrando en un concepto más apretado que la ropa misma. La indumentaria “de grande” no es ropa para ensuciarse ni para investigar. No sirve para hacer piruetas ni para pintar con témpera.

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