PARTIDO 1: Argentina 1 / Islandia 1. Un comienzo bien Argento.

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Empatamos en la cancha. Perdimos en el living. Solo nos resta ganar. Que podamos, corazón.

El primer partido del mundial es como cuando empiezo una dieta: Es tanto lo que tenemos por delante que un poco moderamos la euforia, por las dudas.

Adolescentes en el living, comida en la mesa como para bancar el mundial entero, no sea cosa. Banderas pintadas en la piel y la argentinidad al palo, en la panza y en el corazón. La épica de los hogares. Los rituales de las familias. Las cábalas que se heredan, se inauguran o se desechan. Primer silbato. Empezó.

Argentina vestida de negro, los siento cercanos, aunque ellos ni sepan quién soy. Entra Islandia, se los reconoce fácil: Son los que miden más de dos metros y parecen salidos de un casting de publicidad de pasta dental. Ojo, una buena estrategia podría ser que lo nuestros les muerdan los abdominales, no descartemos nada. Están todos rapados, tatuados, listo, no me interesa distinguirlos, me interesa ganarles, soy argentina, aceptemoslo.

El Kun mete el primer gol y en ese grito se cierran todas las grietas, incluso para los que no sabemos un pomo de futbol. Pobre país, que nos dura tan poco la emoción. Enseguida el empate, por alguno de los Son, y ahí sí queda inaugurado el Mundial para nosotros: No hay Argentina sin sufrimiento, parece, no somos hasta que las papas no queman, y a veces, ni aún así.

“Fue penal”, se queja La Menor, que evidentemente sabe más de fútbol que yo y que los relatores que estamos escuchando. Será porque es de una generación en la que las nenas corren detrás de la pelota sin que nadie las mire mal. Eso sí que es un gol.

El primer tiempo duró un minuto y el 1 a 1 no tiene temblando la ilusión. La defensa nuestra me da más miedo que la subida del dólar, pero menos que esta vehemencia ciclotímica que manejamos los argentinos no solo para el fútbol. Somos gente complicada y adorable, una combinación inenarrable.

Segundo tiempo, renovamos la esperanza y ya nos comimos la mitad de lo que había en la mesa. Vamos que podemos. Messi, Meza, como un cantito y en cuánto sepa quién es Biglia me subo al colectivo que lo putea, por las dudas. “El de los botines de tal color”, me indica La Mayor. Todos en pijama y en estado de ansiedad, es muy temprano para tanto.

Messi erró el penal, como un confirmación de que hasta los mejores del mundo la pifian, así que no me vengan con quejas cuando se me pasan los fideos. Aprendamos de todo, optimicemos el ardor.

Listo. Empatamos, que fue mejor que perder pero peor que ganar. Nos quedan los comentarios de los especialistas (en la tele y el living) que hablan de las jugadas con palabras que parecen más acertadas para describir la ingeniería de la Nasa. Convicciones que duran menos que las medialunas calentitas. Las guirnaldas blancas y celestes llenas de migas, si hablamos de metáforas.

Al menos aprendimos en dónde está Islanda (además de en nuestros insultos digo) y no tengo la más pálida idea de cómo jugamos, pero tomamos conciencia de un dato de la realidad que veníamos esquivando: El mundial va a ser duro, pero nos disponemos a ponerle garra y creemos que podemos ganar.

No se me ocurre un comienzo, o un espíritu, más Argento que eso. Y no está tan mal.

Nos vemos, leemos, en el próximo partido.Y ojalá que en el próximo gol..

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