¿Por qué nos ponemos a la altura de nuestros hijos adolescentes?

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No hay nada peor para un hijo adolescente que padres en las mismas condiciones. ¿En cuántas situaciones nos ponemos a la par?

– El Padre: Hija, te toca levantar la mesa.

– La Mayor: Ya voy.

…..

– El Padre: ¿Podrá ser antes de que llegue el desayuno? (Ironía innecesaria)

– La Mayor: Ya voy papá, estoy terminando esto. (Acomoda en fila las semillas de la mandarina que terminó de comer hace 10 minutos como si le fuera la vida en eso)

– El Padre: Ahora dije, dije ahora. (Impaciencia sin sentido)

– La Mayor: ¡Lo que pasa es que vos no me entendés! (Y usa el tono de la telenovela de la tarde).

Mientras, como por una vez el reclamo no es para mí, ignoro la mirada de los dos, que me apuntan y me imploran ayuda, y me dedico a hablar con La Menor sobre las ventajas de ser Mérida o Anna.

Ofenderse por alguna pavada, reaccionar de modo desmedido, dejar que las emociones le ganen a la razón, enojarse por nada, emocionarse con todo, ser irresponsable como un niño pero exigir las libertades de un adulto. Oponerse por defecto, creerte el centro del universo (del tuyo y del de los demás), dramatizar, ser inseguro, ser agresivo, querer pertenecer.

Todo esto, y mucho más, hemos hecho en nuestra propia adolescencia y lo veo hoy en La Mayor, que avanza a pasos agigantados (sobre todo porque ya calza más que yo) en su propio adolecer. El problema no es que aún detecto algunas de esas características en nosotros, los padres, sino que las detecto en situaciones en las que está involucrada nuestra hija mayor.

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