Por si me muero

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O todo lo que hace una madre cuando viaja sin hijos.

Nos vamos solos, dijimos. Bueno, solos no, él conmigo y yo con el. Es que la paternidad te resignifica las palabras y “solos” es sinónimo de “sin hijos”.

Viajar sin hijos tiene zonas cálidas y zonas gélidas, sin importar el destino. Pero es algo que está bueno que ocurra de vez en cuando. No soy yo, sabemos, un ejemplo de culpa maternal. Se quedan mejor cuidadas que si estuvieran con nosotros, y si fuera por la idea tremenda y posible de que “el avión se caiga por irnos de joda”, aplicando el mismo concepto, no podría ni ir al chino de la otra cuadra porque hay más posibilidades de que me pise un auto de que me muera volando. Irte de viaje sin tus hijos te ayuda a quitar el polvo que insiste debajo de la alfombra de tus miedos.

Aclarado ese punto, y tal vez para procrastinar la inevitable tarea de hacer las valijas, confieso que las semanas previas al viaje me encontrè enfrascada, ocupada, atribulada y apabullada, con un montón de tareas disímiles, complejas y muchas innecesarias, que tenían un denominador común: Todas podían estar en una lista titulada “Por si me muero”.

Por si me muero, antes de viajar lleno la heladera, las alacenas, las mochilas, la despensa y los cajones de comida. Mirá si en mi ausencia ocurre una hecatombe y pasan hambre justo cuando se acaba el mundo. Por si me muero escribo y dejo notas por aquí y por allá, plagadas de instrucciones ridículas, consejos inútiles, tareas impracticables y amor desbordante. Notas para mis hijas, para las maestras, para mi familia, para el mecánico del auto y para la profesora de tarjetería española de la menor. Todas notas intensas y que se contradicen, no sólo entre sí, sino incluso a sí mismas, oración contra oración. Ser madre es ser exagerada.

Por si me muero, empiezo un mes antes a cambiar lamparitas quemadas de lugares en los que habíamos olvidado que había luz. Limpio cajones, no sea cosa que mientras me lloren encuentren la tanga con una mariposa de strass en el culo y les rompa el clima de duelo. Arreglo chirridos de las puertas, ordeno zapateros y los cosméticos del baño. Que me recuerden falsamente ordenada. La maternidad es una mezcla rara de bizarrismos románticos.

Por si me muero, colecciono datos de contactos y acumulo canales de comunicación. Consigo hasta el número de teléfono personal del botones del hotel al que todavía nunca fui, renuevo las baterías de los celulares de toda la familia, pruebo conexiones on line, off line y por las dudas, invento alguna nueva.

Por si me muero, pago cuentas a futuro de cosas que todavía no sé si les gustan. La profesora de alfarería de la mayor me mira raro cuando insisto en saldar el año completo, porque bueno, la nena sólo hizo la clase de prueba y se la pasó sacándose la arcilla de las uñas mientras hacía arcadas. Y hablo con ellas y quiero saber cómo se van a llamar sus hijos y sus nietos, y todo lo que me imagino que me voy a perder… por si me muero. Terminamos de leer un cuento que habíamos abandonado por aburrido. Y terminamos de pintar la casa de las barbies que de todos modos ya nadie usa. Hacemos fideos caseros, las obligo a ver una película “de mi época” y son días tan intensos que las nenas desean, y lo dicen, que me vaya de una vez por todas. Y que después vuelva, claro, pero más que nada por los regalos.

Son urgencias mías. Termino cosas e historias, ato cabos y trenzas , fuerzo cierres y cocciones, por si me muero.

Es que irte de viaje sin tus hijos se parece bastante a un paréntesis, un tiempo detenido, al permiso de vivir sin que nadie te diga mamá, sabiendo que igual te vas a dar vuelta cada vez que escuches la palabra. Aunque sea en otro idioma y en otro país.

Viajar sin hijos tiene que ver con que sepan que sus papás tienen una vida además de ellos, un gran alivio para cualquier niño que quiera crecer. Y con la confirmación de que nos extrañamos mucho pero que nos llevamos a todos lados, unos a otros, puro amor, en cada paso, porque así es.

Otro gran alivio, por si me muero.
O mejor aún, por si vivo para volver.

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