Princesa (Un cuento fuera de registro)

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Nota: Este cuento está fuera de registro. Tiene parte de mi historia familiar y parte inventada (Cada quien decide qué parte es cada cuál) y nada de humor. No tengo otro blog así que va aquí, sólo como para ponerlo en algún lado y hacerle honor a otro tipo de Madres, Mujeres y Argentinas.


princesa

El Princesa Mafalda zarpó de Italia y a los catorce días se hundió. En la década del 20 las tragedias eran clasistas. La 3era. se murió casi entera y de los ricos unos pocos que salieron luego en la Caras y Caretas como si ahogarse fuera un privilegio.

Osvaldo traía a su madre y hacía ese viaje por segunda vez  ya para quedarse. Hubo quienes se salvaron nadando pero la madre tenía dificultad para caminar, ni hablar de nadar. Osvaldo, campeón de natación, culposo por arrancar de la tierra natal a su madre para llevarla a morir en el mar, se quedó con ella.

En la radio Yrigoyen le daba el pésame a las familias de lo 429 muertos y en una Buenos Aires primaveral quedaron solos Genoveva de 30, Adela de 9 y Osvaldito de 4. La mujer y los hijos de Osvaldo.


Genoveva era una mujer dura antes del hundimiento del Titanic del Atlántico Sur y lo fue mucho más después. Osvaldito era tarado, producto de una meningintis curada mal y tarde y nada cambió. Adela lloró al muerto sin saber que mucho más tremendo que crecer sin padre iba a ser crecer con una madre viuda.

Se mudaron a Santa Lucía, un pueblo que hoy casi no existe, y Genoveva trabajó en el restorán familiar. Servía puchero y pastas todo el día. Y en el cuarto de atrás dormía con Osvaldito y con Adela.

Adela sabía que no quería quedarse a ver cómo todas las calles se iban asfaltando. Genoveva nunca más hizo planes pero se ocupó de los zapatos de la nena y de la gomina del nene, como para que no llamaran la atención por huérfanos. O por pobres.

Petisa, con más cadera que espalda y rulos pegados a la cabeza, Adela se convirtió en señorita. La cintura delicada y la mirada fuerte como un golpe la hacían rara pero atractiva. Tuvo un novio que la invitaba a los bailes de carnaval con cartas con letra con firuletes y palabras que tenía que buscar en el diccionario. Y Adela aceptaba encantada cualquier cosa que la alejara del restorán, en donde ayudaba a los cocineros para ayudar a su madre.

Casi no hablaba con Carlos. El calor de las noches de febrero y la orquesta en vivo no ayudaban, pero el problema era que entre los novios estaba Genoveva, disfrazada de viuda que había perdido al marido, y a los hijos que no tuvo y a su juventud y a su vida entera, en el naufragio del Princesa Mafalda.

Carlos era celoso como sabe serlo un novio italiano. Y Adela, que ya había empezado a estudiar dactilografía e inglés, se cansó y lo dejó. En el pueblo decían que era un disparate y ella mientras recortaba todas las fotos de todos los carnavales a los que había ido con Carlos.

Años después, cuando las nietas desarmaban la casa de Adela muerta, se disputaban esas fotos retocadas con colores oníricos. Adela parada, sacando culo.  Genoveva sentada, sin curvas ni en los tobillos, como una mancha negra con los cachetes y la cinta del rodete pintados de rosa pastel. Un tajo cercena la foto en donde estaba el novio que pensó que a falta de padre, Adela debía hacerle caso sólo a él.

Buenos Aires estaba cerca y  Adela dejó amigos y prejuicios para irse a trabajar de secretaria. A los que no pudo dejar fue a Genoveva y a Osvaldito. Sin ella no podían, así que los arrastró y Genoveva se lo recriminó durante todo el viaje en tren. No era mala Genoveva, sólo era lo que una madre viuda de esa época debía ser.

Y Adela trabajó y estudió y cuidó a su madre y cuidó a su hermano y todo eso para cumplir 29  años y convertirse en una solterona que trabajaba. Mal partido.

Pero lo conoció a Alfredo. 1.84mts., pelo negro y unos ojos verdes que habían desarmado a varias actrices de radioteatros. El padre, un hombre rico de mucho prestigio, vivía con el corazón en la boca. En esa Argentina era más complejo conseguir apellido que tierras.

Alfredo fue una tarde al Estudio del Dr. Beraldo por pedido de su padre. Entró y la vio a Adela haciendo la tarea de sus clases de inglés en un cuaderno azul. Ella escribía concentrada. El estaba acostumbrado a tener todo y rápido.

Disculpe Señorita que la interrumpa, y sonrió en la palabra interrumpa, tiene un sobre preparado para mi? Soy Alfredo…

Si, respondió ella, cortándole la frase, termino este renglón y se lo doy. Y no levantó la mirada.

Soy un caballero, respondió, puedo tomarme unos minutos de mi valioso tiempo para que Usted termine con sus cuestiones personales y cumpla con su trabajo, que es entregarme el sobre.

Very Well. Contesto Adela, mientras escribía, justamente, esas palabras.

Alfredo se recostó, divertido, contra la pared y empezó a silbar el vals Gota de lluvia. Nunca fallaba. Cuando ya había terminado la canción Adela fue hasta un archivero de metal, abrió el 3er. cajón, tomó un sobre blanco y se lo dio. Vestía pantalones color manteca de cintura alta.

Llegó Usted en mi tiempo de receso. Tengo permiso para estudiar inglés. Ya  tiene su sobre, no pierda más de su valioso tiempo. Buenas tardes Señor.

La voz sonaba serena, pero sus ojos la contradecían y un rulo le caía sobre la frente. No hizo falta más para que Alfredo supiera lo que era el amor.  Todas se parecían a una publicidad de la Selecciones. Adela no se parecía a nada.

Adela, en contra de su propia voluntad, se enamoró de Alfredo. Si se hubieran conocido en el barco ella habría estado entre los muertos y el arriba de un bote. La familia de él quería verlo asentarse, pero no con esa. Genoveva, para no ser menos,  meneaba la cabeza sin saber bien si estaba de acuerdo o no. Y por las dudas repetía:   “Yo a tu edad ya era hasta viuda”. Osvaldito, orejas como espejos retrovisores, decía que quería una fiesta para ponerse el traje y se iba contento a trabajar al tren.

Adela y Alfredo tuvieron una boda austera para no llamar la atención. Vestido a la rodilla ella, rebelde hasta en el altar. Traje recto él. Hermosos los dos en esas fotos que nunca nadie recortó.

Se mudaron a la propiciosa localidad de Florida. Adela y Alfredo, recién casados. Y Genoveva, que seguía meneando la cabeza hasta que vio las dimensiones de la cocina que iba a convertir en su reino. Adela dejó de trabajar. Alfredo comenzó a hacerlo, enamorado y agradecido porque ella lo había sacado del aburrimiento de esa Buenos Aires nocturna que quería ser París o Nueva York pero que no tenía con qué.

Cuando Adela ya era vieja le contó a una nieta lo difícil que había sido vivir toda la vida con Genoveva. La única vez que estuvo sola con Alfredo fue en la Luna de Miel. Luego, Genoveva en las Navidades y en los cumpleaños. Cuando venía a cenar el jefe de Alfredo. En las vacaciones en Necochea. En el parto de los hijos. Era un mandato y los mandatos no se discutían.

Nunca había podido Adela, bajo la mirada de su madre sufrida, disfrutar del todo nada. Sentía que la insultaba. La pasión con Alfredo siempre había sido encerrados en el cuarto y reprimiendo sonidos que pudieran atravesar el pasillo y la pared que los separaba de Genoveva célibe por viudez.

Adela cedió, además de la cocina, varios aspectos de la crianza de sus hijos y se dedicó a coser y a tejer. Las revistas Burda no tenían misterios para ella y los destinatarios de las prendas iban marcando el paso del tiempo. Empezó con su madre y terminó con sus nietos.

Buenos Aires se fue poblando. La TV color, la de Adela fue la  primera de la cuadra, hizo su ingreso y los Estudios Lumiton se fueron apagando hasta convertirse en un museo olvidado.

Genoveva vivió sus últimos años gobernada por el alzheimer. Preguntaba por sus padres y por su marido ahogado. Había que darle de comer en la boca y cambiarle los pañales. Adela lloraba y quería hacer todo ella. Contrataba enfermeras que terminaban leyendo la 7 Días en la mecedora del pasillo. Adela no sabía, por falta de experiencia, si podía vivir sin Genoveva.

Los hijos de Adela y Alfredo internaron a  Genoveva en un geriátrico con rosas en el patio y música clásica en el comedor. Todos detalles encantadores para darle un marco más liviano a la mirada perdida de los viejos que se babeaban la gelatina mientras las enfermeras discutían técnicas para que no se les baje el bizcochuelo.

Adela iba todos los días, charlaba y le ponía colonia de Gardenias. A Genoveva todo le daba exactamente igual, pero Adela volvía a su casa siempre forzando algún signo para creerse que, por un minuto, la madre la había reconocido.

Adela volvía y lo miraba a Alfredo, ya calvo pero tan buen mozo como cuando se daban vuelta hasta los hombres para mirarlo. Era difícil empezar a estar solos una vida después. Los hijos ya se habían ido y la democracia había vuelto y se podía pasear sin miedo.

En esos paseos por las calles del barrio se fueron reencontrando. Volvieron al cine. Alfredo se acababa de jubilar y Adela ya no cosía ni tejía tanto.

Y entonces un día Adela no fue al geriátrico. Y ese día Genoveva se murió.

Adela decía que fue por su abandono. Los hijos y los nietos le repitieron hasta que se les trabó la lengua que Genoveva se murió dormida, de vieja y  por culpa de nadie. Pero Adela vivió pensando que era una asesina.

A los dos meses de enterrar a Genoveva, como una sorpresa, murió joven, morocho y de ojos verdes, Alfredo.

Adela siguió usando jean y aritos a la moda. A Osvaldito lo veía seguido y lo ayudaba con unos pesos. Los nietos la visitaban. Tuvo varios pretendientes pero ninguno competía con los ojos de ese Alfredo que prefirió vivir con Genoveva antes que vivir sin ella.  Adela no se vistió de negro, pero lo lloró toda la vida que vivió sin él.

Y entonces, como una enmienda, el alzheimer la desdibujó primero y se apiadó después y la arrancó del recuerdo culposo y la llevó a las calles de Santa Lucía, a los cuadernos de inglés, al padre ausente, a la madre omnipresente y al marido amado. Y finalmente la mató.

Una noche, cuando el siglo era otro y Adela era cenizas, brindan las nietas por un año nuevo y se acuerdan de Adela y de como le pedía disculpas a la madre muerta de vieja por el día que no había estado, casi el único en toda una vida.

Y  muy borrachas se imaginan que Genoveva la recibe en la puerta del paraíso y oyen como le dice que se apure, que ya empieza el baile.

Adela se deja cepillar los rulos para no parecer una cualquiera. Es carnaval en el cielo. Alfredo la está esperando y  esta vez van solos.

Genoveva la abraza. Y entonces ya no se tienen que pedir perdón.

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7 comentarios

  1. Más que un árbol genealógico. Y presiento que, efectivamente, cuando Adela y Alfredo se conocieron, ella vestía pantalones color manteca de cintura alta.

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