Ropa heredada: Moda que no pasa de moda

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En cada cambio de estación en casa me temen y esconden algunas prendas. Yo entro con ímpetu en las habitaciones, los cajones y los roperos, dispuesta a sacar aquello que ya no necesitamos, que no fue usado o que otro podrá disfrutar más que nosotros

La Menor luce bermudas con moños y le informa a quién quiera escuchar que “Son de Delfi”. Delfi no es una gran diseñadora, como sugiere el tono que usa la nena, es la hija de una amiga que le lleva unos años y que le va pasando la ropa que ya no le entra.

La Mayor se prepara para una fiesta y calza mis borcegos con tachas, llega una amiga a buscarla y trae puesto un shortcito que era de mi hija. No llevan lo ajeno con vergüenza, al contrario, se ríen y comentan. La única que no se ríe en este caso soy yo, que tengo pocas esperanzas de que esas botas vuelvan a mi ropero.

Ese pase de ropa, que va y viene, que se estrena cada vez que tiene un nuevo dueño, necesita de una embestida que llevo a cabo con placer, que tiene algo de rito y un solo objetivo: hacer lugar.

En mi ropero últimamente me resigno a dejar sólo aquello que me entra. Del de mi marido saco lo que es peligroso que permanezca (porque se lo va a poner) y del de las nenas, lo que no les entra o lo que tienen de más. Soy una dictadora, pero respeto aquellas prendas que tienen una historia que trasciende incluso a los agujeros que portan. Un claro ejemplo es una remera que compró mi marido en un viaje, hace 20 años (cuando tenía 20), que dice “Leave me alone” y que parecía adivinar este futuro rodeado de mujeres.

Mientras proceso la frase de mi consorte que “siente” que está bien tener esa cantidad obscena de remeras (y no discuto, porque siempre está a tiempo de usar la carta de mis zapatos) viene mi parte preferida de esta historia: seleccionar lo que separé y buscarle un dueño adecuado a cada prenda. Sé a quién no le gusta tal color y pregunto cuánto calza ahora tal amiguito. No da igual, estamos pasando los zapatos que se estrenaron en un cumpleaños, el vestido del bautismo, los guantes que fueron los favoritos de una de mis hijas, etc. Ropa nueva regala cualquiera.

Las prendas con pasado me resultan más atractivas. El saco de mi abuela Mamama que juro que me abriga más que otros o los vestidos de fiesta que van y vienen porque merecen ser vistos en más eventos de los que uno les puede ofrecer.

En lo que respecta a los nenes, ese pase de bolsas esconde además otras cuestiones que ni hace falta aclararles, que se aprenden con el ejercicio: no fomentar el consumo innecesario, compartir lo que se tiene y su historia, no sobrevalorar las cosas, ver su sentido útil y saber desprenderse, aceptar también lo que nos dan. Se establecen nuevos lazos, se crea una comunidad más sana. Se cría compartiendo.

Podemos sumar, en la gimnasia de la maternidad, que mucha ropa de niños tiene precios disparatados, que pareciera que la cantidad de ceros es inversamente proporcional al tamaño de la prenda y que además hay ropa que les dura dos semanas. Y zapatos que usan 10 minutos y que luego ya no les quedan. Recuerdo un cumple en el que había 6 nenas con el mismo vestido, el de la gráfica de una marca. Más vale que no me preocupa que repitan el modelito en la alfombra roja del pelotero, pero me gusta más la ropa que juega, esa ropa que suma otras ventajas: el glamour que ya fue probado, los zapatos que brillan pero que no precisan curitas porque ya están ablandados, la ropa como símbolo de una infancia compartida.

La madre de Delfi me cuenta la otra cara de la historia: cada vez que Delfi no quiere usar algo declara que es “para La Menor”… y andá a discutirle el “buen gesto”. Hay prendas que pasaron por 7 primos y siguen impolutas y hay prendas que no duran un verano. Me da ternura ver a La Mayor con ropa que le pasan mis amigas y que les he visto en sus propias adolescencias. Sólo el amor te mueve a regalar ese buzo que guardaste por años sabiendo que no lo ibas a volver a usar nunca.

Me encanta la ropa y compro sin culpa, pero más me gusta prestar, regalar y recibir ropa con historia. Compartir la ropa y el gusto.

Recordar que lo importante nunca es un bien que se compra, aprender a desprenderse y reconocer el valor de lo que fue pensado para nosotros por otros: el mejor outfit es dejarse vestir por el cariño de lo que se hereda.

Que sepamos lucirlo con orgullo.

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