Si uno cocina, el otro lava (Diario Clarín – 14/08/2017)

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“Estimada Laura” empezaba la nota que mi marido le escribía a la maestra de La Menor, preocupado por una tarea escolar. Hasta acá divino el cuadro, si no fuera porque la seño se llamaba Romina. Sería injusta si no dijera que fue puro despiste, porque el tipo es casi mejor madre que yo… Y otra vez las palabras que heredamos como un lastre: No necesita ser “madre” para ocuparse bien de la prole, con ser “padre” alcanza y sobra. O debería.

No nos “ayudan”, porque la casa es de todos y en ningún lado dice que el mecánico es del hombre y el escobillón es de la mujer. Pelusa para barrer tenemos todos.

Es cierto que en cada familia hay una lista de tareas particular con tiempos distintos, contextos y circunstancias diferentes. El problema es lo que se da por sentado. Porque también es cierto que arrastramos mandatos e historia, verbos y sustantivos complicados.

Queremos que nuestras hijas aprendan que si uno cocina, el otro lava, sin importar si sos varón o mujer. Igualdad en las condiciones, en el reparto de las tareas y en las posibilidades, para potenciar lo que nos diferencia o, mejor aún, lo que nos gusta y nos hace felices. Acá trabajamos los dos afuera de casa, yo casi no cocino ni ayudo a las nenas con la tarea, pero hago otras cosas. No siento que merezco un premio por eso o que él tenga que andar por la vida con una cocarda. Somos un equipo que se equivoca, prueba, que recalcula y que, por suerte, avanza.

Será que miramos a nuestras nenas y deseamos que cuando sean grandes, con una pareja si gustan y una casa si pueden, las estadísticas hayan cambiado.

Porque a esta altura sabemos que es útil y sano que todos sepamos el nombre de la seño, del mecánico, del delivery y del pediatra.

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