UNA BIENVENIDA INOLVIDABLE

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Los días con hijos pasan de modo intenso, desde que nacen y para siempre. Y no hay excepciones. La Menor confirmó la regla con una frase sencilla:

– Mamá, mañana tengo que llevar para la clase de lengua 3 fotos mías de cuando era bebé.

Y entré en pánico. De La Mayor tenemos muchas fotos impresas, álbumes y álbumes. Signos de los tiempos, de la chiquita, impresas, están solo las fotos que le sacan todos los años en el colegio, y no muchas más. Debo decir, sin culpa, que a pesar de llevarse más de 7 años son realmente muy parecidas. Era cuestión de buscar fotos de la más grande en donde no estuvíesemos nosotros, porque bueno, para los adultos 7 años son desgraciadamente notables. Mentiras piadosas. Actos desesperados. Y entre todas estas cavilaciones, me sumergí en las estampas de cuando mis hijas eran bebés.

Qué belleza ese tiempo detenido de las manos diminutas, los sueños plácidos y la piel cálida. Qué lindas imágenes la de nuestra maternidad incipiente que se queda, para siempre, en esas fotos que parece que tuvieran textura y sonidos y aromas. Los pies chiquitos en primer plano, la boca sin dientes, la piel nueva y arrugada, los ojos enormes, las rodillas dobladas y la vida presente. Un mundo entero en nuestros brazos.

Ay, mirando esas fotos casi que me dan ganas de tener otro. O miles. Por suerte recuerdo que todavía “tenemos” pendiente la tarea de matemáticas y se me pasa. Al final de la chiquita también tenía algunas fotos, no me van a sacar la tenencia parece. Se las muestro. Le cuento. La llevo de paseo por los trazos que ya tenía de ella misma ese bebé que ya no es. Puño cerrado, mirada desafiante, boca en trompa. Es innegable, ahí está La Menor.

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