Una Noche que siempre es Buena

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Justo cuando estamos al límite de la paciencia, al borde del abismo del fin de año, en el precipicio de nuestro cansancio, justo ahí, llega la Navidad.

Hay diciembres en los que necesito recordar que la Nochebuena empezó con un día malo. Una madre con contracciones sin un sitio para parir, la salvación arriba de un burro bajo un cielo nocturno en una época sin piedad. Muchas veces me siento así pero sin todo lo bueno de María. Buscando destino, con el dolor arraigado en un futuro borroso, deseando una estrella o cualquier cosa que traiga luz.

Los proyectos que no terminé, la dieta que no hice, los eventos de fin de año, las angustias que me enlazaron, los golpes que me sorprendieron, los abrazos que no di… tanto necesitando nacer.

Cuando era chica era mucho más fácil.

No sé bien si era el olor, la familia grande, el calor de diciembre, los zapatos de fiesta para ir a la misa de gallo o el arbolito que me parecía gigante. No puedo elegir entre la ansiedad de los 5 minutos perpetuos antes de las 12, el sonido de las nueces rotas o el apetito por los paquetes. No logro definir si eran las voces superpuestas, la estridencia de las copas o los abrazos y los deseos buenos.

Es posible que no logré identificar nunca aquello particular de esas noches que se entretejieron en mis músculos, pero son las Navidades uno de los recuerdos más reales, con movimiento, olores y banda sonora de mi niñez.

Para los que tenemos fé, ese día nace Dios. Como un acto de rebeldía, cada año, una y otra vez, con la insistencia que sólo puede tener aquello que está relacionado con la esperanza.

Será por eso tal vez que el aura que antecede a la Navidad me obliga a dejar de lado la estresante búsqueda de destinos accesibles para las vacaciones, los regalos, los eventos y le menu, y me pone a buscar pesebres personales que, casualmente, no están de oferta en ningún paquete turístico.

Necesito un retablo que reciba el cansancio ofrecido, el amor sostenido y las hijas contentas. Los amigos presentes, el trabajo bendito. La alegría honesta, la tristeza digna. La familia constante. La calidez que nos rodea.

Motivos contundentes para que la Navidad sea.

Me recuerdo mirando para arriba, a la punta del abeto, abstraída del entorno, detenida en las puntas plateadas… puede que sea la estrella. O la idea, arraigada, heredada y renacida de que esa Noche Buena te compensa una pila de días malos.

Feliz Navidad, que podamos renacer.

 

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