UPD – Etimología, reflexiones y kilombo.

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Reflexiones necesarias sin conclusiones definitivas. Bah, como siempre.

Apenas había empezado a saborear el orgullo porque más o menos había aprendido cómo usar “skere” cuando se abrió el chat del último año de secundaria de mi hija y un padre, entre valiente, inconsciente y perturbado, pregunta: Qué postura van a tomar con el UPD?
El Up qué? Dijeron varios que hacen guardia 7×24. Yo sabía, pero preferí no hacer gala de mi conocimiento del lenguaje centennial. Esa conversación iba a ser larga e intensa, para qué adelantarme…
(Y sí, no leyeron mal, dije chat de padres de secundario pero eso lo dejamos para otro post).

Es el Último Primer Día, reafirma mi hija cuando voy a la fuente, deformación profesional. Ya sabía, repito. Lo ví, leí, pensé, solo que los padres nos hacemos cargo de cosas profundas y complejas a diario pero somos extrañamente selectivos para algunas cuestiones y mi cabeza había quitado de la lista 2019 el UPD, que, como ya lo dijo mi hija, no significa “Unos Pibes Divertidos”

El UPD consiste, en teoría, a grandes rasgos, y con las variaciones de cada caso, en esto: Los chicos se juntan la noche previa al primer día del último año, con suerte en una casa o en un salón, con menos suerte en una plaza o “en el río” (Vial costero del barrio, perdón la geolocalización) y beben – se divierte – beben más – cantan – bailan – beben otra vez – se abrazan (estoy siendo delicada) – vuelven a beber y luego así, sucios, algunos borrachos y con un olor a adolescente que los anuncia varias cuadras antes, encaran para el colegio con bombos y cantos y, por una vez, llegan todos a horario.

Uno infiere entonces que se llama “último primer día” porque van a morir, porque los vamos a matar o porque los van a echar para siempre del colegio y de cualquier otra institución educativa.

Para que no sean sólo suposiciones, la escuela nos llama y nos advierte que si los chicos ese día llegan drogados, borrachos, sin el uniforme, sucios y/o con las medias a diferente altura, no los van a dejar entrar y nos van a llamar para que, finalmente, nos hagamos cargo del adolescente trasnochado.

Me engañaron, otra vez, es que esto no existía cuando nacieron mis hijas. Una cláusula que no estaba en el contrato. Pero volvamos a la previa: Empieza una negociación aguerrida entre te dejo ir, no te dejo ir, vas pero voy con vos, vas pero si llegás borracho al colegio te mato… Pura amenaza. Porque hay padres que no tienen problema en comprarles alcohol (lo juro), pero si tienen que dejar la clase de pilates para ir a buscar al imberbe borracho al colegio se enojan. Todo tiene un límite, viejo.

Un plan demente
Una rebeldía desmedida para pibes que, culpa nuestra, tienen más edad que calle. Transan (iba a poner “garchan” pero queda mal) y tienen celus de última generación pero no saben mezclar dos bebidas o comprender que los vecinos no tienen la culpa de su euforia estacional.
Tiempos que corren y que, finalmente, nos corren.

El chat arde. Fulanito dice que no le interesa, exclama orgullosa una madre. Y vos sabes que fulanito hizo el diseño de la remera (les dije que hacen remeras?), compró el cotillón y acaba de certificar en un curso de barman on line, por las dudas. Pero no decís nada, ya aprendiste, hay gente que simplemente no está dispuesta a ver, y acá no juzgamos a nadie. Si alguna vez piden anteojos, se los daremos. Y agradeceremos que nos devuelvan la gentileza.

Luego vienen días oscuros. De inquisiciones filosóficas, de progenitores que quieren que todos hagan lo que ellos hacen, de escenas de hondo dramatismo, de hijos enojados, revolucionarios, suplicantes y prometedores.

Si me dejás ir apruebo todas las materias. Querido, eso lo tenés que hacer igual.
A todos los dejan. Vení y mirá el chat de padres y decime quiénes son todos, y de paso leeme los últimos 500 mensajes, porque no llego.

Promesas imposibles. Amenazas desmedidas y muchas dudas.
Decime si yo te di motivos para que no me dejes ir.
Vos no, pero el universo si.
Si es en una casa?
Vemos.
Si es en la plaza?
Olvidate.
Che má… ya que siempre vienen todos a casa…
No, conozco mis limitaciones. Si el UPD empieza acá termina en la comisaría, conmigo presa. Y ahí si que no tenés UPD seguro… ojo, no me tientes.

Aceptar no es resignar.
Negociar es resignificar.
El UPD puede ser todo lo que se acuerde que sea. Y lo que no, no.

Finalmente alguien se inmola y ofrece terraza. Una mamá pasa la noche con ellos y nos manda fotos (como en los peloteros… dejá, en este caso casi que prefiero no saber). No existe una decisión correcta, cada familia con la propia. Hay chicos a los que van a buscar en el medio o los llevan a la mañana, hay chicos que no van, docentes preocupados y otros que dan clases de moral cuando nunca dieron clases ni de lo que debían y hay padres que se ocupan y otros que ni se enteran.

En el medio, la hondura del único miedo real de la maternidad: Nada de lo que hagamos puede proteger a nuestros hijos de un mundo que, muchas veces, tiene puntas ásperas. Nada.
Pero también la certeza de que, al menos yo, las quiero con la piel viva, con el corazón abierto, con fuego en los ojos y con el alma libre.
Y eso es imposible si no tengo la valentía de dejarlas crecer.

No duermo. Pero confío. Llego al colegio con La Menor que me dice: “Má, podríamos hacer un UPD de primaria” se baja del auto y se ríe. La imagino con una sobredosis de caramelos, entre pijamas de unicornios con colores saturados y con tic toc al palo y casi que prefiero el vodka barato del grupo de La Mayor.

Estaba por arrancar cuando leo un mensaje de la UPDista (Justo cursaba a la tarde, así que después del UPD volvía a casa, ja): Má, estás en el colegio?
Listo. Sube al auto. Me cuenta. Está cansada y contenta. Con la satisfacción de haber ido pero también con esa vaga decepción que tienen esos hitos en los que ponen tanta expectativa. Tal vez aprendió que uno se lleva puesto ahí a dónde va, con osadía pero también con lo aprendido. Ojalá se haya divertido. Y qué paz que pueda sostenerme la mirada limpia, con esos ojos tan llenos del mundo gigante que la espera.

Pasó y acá estamos. Por eso escribo. Y porque cuando escribo me ordeno.
No juzgo las decisiones de los demás ni pongo las mías a consideración de las opiniones ajenas. Bastante difícil es criar. Mejor nos abrazamos en las coincidencias.
Pero déjenme que me ría un poco de nosotros, es que para algunas cosas los padres tenemos la capacidad de ser Unos Padres Durísimos y Unos Pelotudos Divinos.
Y todo al mismo tiempo.

 

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