Año Nuevo: Por cada uva, un deseo

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Diciembre es tiempo de balance. Por suerte, también es tiempo de esperanza. Mi deseo es que el año sea bueno además de nuevo.

No adelgacé lo que tenía pensado ni hice aquel curso que deseaba (aunque hice otros). No templé mi carácter como hubiera querido ni organicé del todo mis prioridades. No aprendí a no hacerme tanto problema por cuestiones que no lo merecen pero pude soltar algunas cosas. Sigo sin conseguir que en casa vivan las plantas y no logré forrar el ropero grande con las postales que hace años que junto para eso. No pude tachar todo de mi lista de objetivos para el 2017.

Hace muchos años ya que mi recuento es casi una cuestión práctica. Si hiciera algo más que agradecer sería, como mínimo, una persona necia. Pero el fin de año tiene para mí algo de nostalgia, algo de extrañar lo que ya no es, algo de ausencias que se adelantan, algo de final. Me lo permito, y me entrego a esa congoja, porque debe ser el único momento en el año en el que el reloj te marca el fin de la añoranza y el comienzo de la eufórica esperanza que me da el año nuevo, una hoja limpia para escribir, un camino despejado. Una oportunidad fresca. 12 uvas sugestivas, una por mes, y por cada uva, un deseo.

Hay metas que tienen la capacidad de persistir año tras año, a pesar de no haber sido cumplidas, con la insistencia que tiene aquello que vale la pena. Las respeto y no me canso. Hay objetivos que se desdibujan y pierden sentido porque nosotros, año tras año, y por suerte, cambiamos para seguir siendo los mismos.

Si tengo que hacer balance, prefiero la otra acepción de la palabra, la que me permite mecerme en mis pensamiento y relajarme en el vaivén de mis emociones. Quiero balancearme, no quiero hacer una aqueo entre el debe y el haber. Hay abrazos que se extienden más allá del calendario, hay afectos sin fecha, hay tristezas sin brindis. Hay de todo en todos los años. Pero si lo pensamos, y salvando alguna excepción muy puntual, estamos vivos y juntos y nada de lo malo puede hacerle contrapeso a tanto bueno.

Me gustaría este año ofrecer las uvas por los meses vividos y no por los que vienen y compartirlas: uvas para mis hijas asombrosas, para este amor intenso y fundamental, para los amigos que me marcaron los errores y para los que se bancaron mis certezas, para la familia cálida, para los compañeros de cada posta, para los que leen mis letras. Mi deseo es que el año sea bueno además de nuevo.

Y las ofrezco livianamente porque ya aprendí que uvas (y nuevos comienzos) hay todo el año, y algunas incluso, se convierten en vino.

Que podamos apreciar el año que pasó, que hagamos un año nuevo feliz y que sepamos usar nuestras uvas.

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