El último de la fila

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Cada año, amontonado con los eventos de diciembre, llega el último día de clases. Y hay ritos que se repiten e hitos que lo llenan de nuevos significados.

Al último día de clases se llega como se puede. Con el uniforme gastado, las carpetas rotas y sin plasticola. A éste en particular llegamos con la originalidad de que las dos hijas egresan de sus ciclos.

La mayor pasa a secundaria y -mientras reviso si tiene medias azules para la entrega de diplomas- repaso las palabras que me toca decirles en el acto. Soy de las que no tienen problema en hablar en público, pobres hijas.

La menor se va del jardín y pasa a la primaria; se ve que tengo otra oportunidad para entender el nuevo método de división matemática. Lo cierto es que nosotros cursamos con ellos. Por elección, por obligación o  por descarte, cada uno a su manera, de a ratos o en continuado.

Tirar las carpetas, reservar algún apunte, poner a lavar el uniforme para guardarlo por meses, dejar de comprar hojas, quitar el calendario de tareas de la heladera. No cursar, dormir un poco más, buscar otros motivos para discutir, no tener que poner más la merienda en la mochila de la chiquita. Una bendición que nos hace dudar sobre la obligatoriedad de la escolarización.

Para ellas el último día de clases es ansiedad y despedida. Cansancio para todos y ahí, en el horizonte, algunas vacaciones, como una zanahoria soleada que no permite sobrevivir a tanto cierre.

Este año es para mí ese discurso que me pone a pensar en cuestiones más agudas, además de en elegir las oraciones justas para que el proyecto de adolescente no me retire la palabra hasta su próximo egreso, a los 17.

Cuando empezaron el jardín hicimos la adaptación y a los pocos días dejaron de llorar. Los nenes y algunos padres. Luego vinieron épocas oscuras en donde aguantamos que nuestros hijos proclamen que la mujer más linda del mundo era la señorita.

Después pasaron a la primaria, aprendieron a leer y nos dimos cuenta que ya no éramos los dueños de los cuentos. Ellos podían navegar en sus propias historias. Nos hiperventilamos con las faltas de ortografía y vimos como pasaban del pelotero a los cumples de nenas o nenes, y finalmente a los bailes.

Los dejamos ir de campamento y advertimos, con espanto, cómo se enamoraban con ese amor infantil, rogando para que cambien de candidato, porque no podíamos pensar en ser de la misma familia que los padres de ese niño.

Muchas veces notamos que habían crecido viendo el tamaño de sus amigos. Es que, a esta altura, los padres somos algo que está en el medio entre un frente común, una banda de amigos o un grupo de autoayuda. No sabemos pero funciona.

Finalmente atravesamos las integradoras y pasamos de la ternura del mamarracho de la salita de 5 a las ganas (profundas) de matarlos todos los días. Eso también forma parte de la paternidad.

Es que más difícil que parir, criar, mantener, sostener, pagar los pañales, confiscarles el iPod y educar, es entender que los hijos no son de uno. Y en cada nueva etapa esto se hace más evidente. Vamos a tener que aprender que no sólo van a hacer las cosas diferentes de como las haríamos nosotros, sino que las van a hacer mejor que nosotros, y sobre todo, las van a hacer mejor sin nosotros.

Ojalá descubran qué es lo que los apasiona. La vocación es como el amor, no tiene edad y no se puede explicar, pero cuando llega te das cuenta.

Si pudiera escribir la catarata de deseos que me empuja, les diría a mis hijas que tengan éxito con aquello que amen, que estudien porque es más fácil y porque tienen la gran oportunidad de hacerlo. Que crean en los demás aunque a veces la cosa salga mal, que siempre hay que volver a creer. Que no se aprovechen de los otros, que en el mundo lo único que importa es el amor y la amistad, que juntos es más fácil. Que la verdad es mejor, siempre. Que está bueno ganar, pero que cuando es lo único importante, es más lo que perdés que lo que ganás. Que si se equivocan pidan perdón. No pedir perdón es mucho peor que equivocarse. Que reconozcan a los otros, sobre todo al que sufre, que no le tengan miedo al dolor. Y al revés también, que se dejen ayudar. Sepan escuchar y digan fuerte y claro lo que quieren y lo que no. Recen, incluso cuando duden de la existencia de Dios, sobre todo ahí recen. Diviértanse, dense cobijo, miren a los ojos. Escuchen música y lean libros, si hacen eso no van a estar nunca solas. Enfrenten sus problemas, no engañen porque se les va poniendo gris el alma. Cuiden el corazón de sus amigos y el propio. Ríanse mucho y para empezar, ríanse de ustedes mismas. El mundo es duro, pero ellas no tienen por qué serlo.

Y si están muy ocupadas estudiando y se olvidan de todo, hay una regla que lo resume: sean buenas. Todos los días. Cuando tengan dudas, elijan ser buenas. Cada vez que tengan que tomar una decisión, sean buenas. No hay mucho más, ser bueno no es lo mismo que ser estúpido. Pero cualquier cosa es preferible a ser malo.

Nosotros, a diario, intentamos serlo para que ellas vean. Y sean. Porque estos buenos deseos son para todos los días.

Hoy termina el ciclo lectivo y una semana después las dos van a estar frescas y descansadas, pero nosotros vamos a seguir agotados. Ya nos pasó, mientras las abuelas repiten: “que descansen pobrecitas”,  escuchamos como La Menor pasea a la madrugada por el living. Consideramos que es más sano para todos seguir durmiendo esas pocas horas que nos quedan, antes que levantarnos a ver qué carancho está haciendo la criatura, y confiamos en que no se esté tomando un whisky y viendo una película inadecuada. Hay que confiar también en la educación impartida. Y en que por la altura no llega al bar.

Pero ya va a llegar, porque ellas crecen y nosotros las vamos redescubriendo, aunque hay algo que permanece: no las queremos perfectas, las queremos felices.

Los padres daríamos cualquier cosa para que los hijos tengan la vida buena que todos los días soñamos para ellos, pensaba, mientras miraba que a La Mayor le queda corto el pantalón del uniforme y se me escapa la alegoría: hoy el el último día de una larga fila de últimos días de clases.

Y ya sabemos que para ser el último de la fila hay que tener altura.

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