Hijos adolescentes: Montaña Rusa emocional

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Cuando los hijos se asoman a la adolescencia, la familia entera se descubre de paseo en una montaña rusa emocional con caídas empinadas y tramos de calma sospechosa. ¿Les pasó?

El padre le pide a La Mayor una tarea sencilla: que por favor levante las medias que dejó tiradas. Noto, sin asombro, que usa un tono cuidado, como si le estuviera pidiendo que desactive una bomba. Sin embargo, tanto esfuerzo no tiene el efecto deseado. La preadolescente lo mira con odio, levanta las medias, le dispara un sufrido “vos no me entendés” y se retira de la escena dejando al progenitor en un dilema: ¿la reta por el desplante o la abraza para contener el desborde emocional? La Menor, mientras, observa y, creemos, toma nota.

Acto seguido, el padre de la criatura me mira desorientado, como si yo tuviera la respuesta. Pero no, parece que yo también olvidé que una vez fui adolescente. La misma chica que de a ratos detesta al padre es la que hace muy poco se quería casar con él. ¿Quién puede con tanto cambio? Y así pasan nuestros días.

Es que nuestros hijos nos hacen dibujitos que pegamos en la heladera, buscan nuestro abrazo, somos sus héroes y su referencia y nos malacostumbramos. Y justo cuando estamos haciendo la plancha en lo que creemos que venimos haciendo tan bien, un día se despiertan siendo casi adolescentes y todo cambia: lo que les decimos se pone en duda siempre, el “no” es la palabra que más utilizan y hasta experimentan un aseo personal medio dudoso que nos desconcierta. Con el tiempo que hemos invertido en el peine fino…

Todas estas acciones, para completar el cuadro, las ejercitan en una especie de mashup de emociones que los lleva, en la misma oración, de la alegría eufórica a la tristeza profunda, pasando por el enojo feroz. Y los padres vemos que sufren y queremos ayudarlos, pero muchas veces, hay que reconocerlo, nos ponemos a la altura de ellos. Y entonces, lejos de aportar, sumamos desborde.

Es que, a pura negación, no vimos las señales de lo que se venía y entonces, ya metidos de lleno en la licuadora de emociones que significa tener un adolescente en casa, leemos con horror los artículos que aseguran que la adolescencia se extendió y vemos un futuro oscuro, pero sobre todo largo. Sin embargo, hace un rato nomás nos parecía imposible que alguna vez dejaran los pañales, así que está bien manejarnos con algo de esperanza: esto también pasará.

Descubro al padre, y me identifico, añorando con nostalgia la época en la que nuestra pelea más aguerrida con La Mayor era negociar media hora más de tele o de tablet. Pero también me animo a la idea de verla crecer, es emocionante y reconforta. Para eso venimos trabajando.

Mientras tanto, el desafío es saber que la adolescente es ella, pero que nuestra familia ya tiene cierta madurez. Nuestra tarea como padres no es evitarles la montaña rusa de emociones que implica la adolescencia, sino acompañarla y ser un buen cinturón de seguridad. Porque el viento en la cara por las caídas empinadas hay que aceptarlo, lo vamos a sentir igual.

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