LA EVOLUCIÓN DEL REGALO PARA EL DÍA DE LA MADRE

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Las mujeres, muchas veces, nos condenamos a nuestros propios juicios. Eso pensaba mientras miraba con cariño una tostadora y no me animaba a reconocerme a mí misma que la quería. Y que la quería ya; por ejemplo, para el Día de la Madre.

Mi deseo parecía un insulto a tantos años de lucha femenina para ganar espacios, derechos y regalos. Sobre estos últimos hemos dictaminado: que no sean para trabajar, que no sean para la cocina, que no sean para toda la familia, y un montón de preceptos más.

Por suerte, desde las publicidades de la licuadora soñada hasta hoy, muchas cosas cambiaron. La cocina, por ejemplo, se convirtió en una zona compartida. Hay electrodomésticos que “son” de mi marido y el taladro eléctrico, sin ir más lejos, es mío.

Claro que hemos hablado en varias oportunidades sobre el complejo proceso de elegir el regalo del día de la madre. Para empezar, debe ser el único obsequio que no compra la mamá, entonces, la especialista de la casa queda fuera de juego. Vale dejar señales, como por ejemplo, la foto de la tostadora pegada en la heladera. Pero también vale dejarse sorprender.

En un regalo confluyen muchas cosas: Lo que se pudo, lo que se esperaba, lo que se buscó y mil situaciones particulares de todas las partes que intervienen. Lo que claramente se ve, y nada tiene que ver con el dinero, es si existió esa voluntad clara de homenajear, de sorprender, de decirle con un paquete, a ese otro, que se lo quiere tanto como para pensar en él y dedicarle tiempo a la elección. Esa elección tiene además dos caminos a seguir: o intentar descubrir qué es lo que esa madre quiere (las madres tenemos madre, no crean que no conocemos el dilema) o intentar sorprenderla.

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