La extraña vida de mis amigas sin hijos

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Como un espejo que nos muestra el pasado, nuestras amigas sin hijos son el recuerdo constante de lo que ya no podemos hacer. ¿Por qué las seguimos queriendo tanto?

Hay un momento en la vida en el que nuestras amistades se dividen en dos: los que tienen hijos y los que no. Eso no tiene nada que ver con el amor ni con las ganas. Las diferencias se notan en lo práctico: la agenda, el cansancio, la obligación y las prioridades.

Jamás sentí que la maternidad me limitaba. Algunas veces me canso mucho porque me empeño en hacer todo lo que tengo ganas y otras entiendo que debo postergar alguna cuestión. No como una frustración, sino por el puro y tremendo deseo de estar, aquí y ahora, siendo madre.

Pero volvamos a lo pragmático. Las amigas sin hijos tienen ciertos privilegios que, sospecho, no saben apreciar en su completa magnitud. Y si no fuera porque las queremos mucho, nos generarían una envidia malsana que definitivamente no sería un buen ejemplo para nuestros hijos.

  1. Viajan: no solo viajan, sino que viajan más y más barato porque pueden hacerlo fuera de temporada, cuando nuestros hijos están en el colegio.
  2. Aprovechan las liquidaciones: primero porque no las tienen que aprovechar para comprar mochilas para el año que viene y segundo porque recuerden que viajaron más barato y les quedó un resto importante para gastar en zapatos y más viajes.
  3. Hacen cursos: también seminarios y capacitaciones. No importa de qué, cuándo ni en dónde. Incluso pueden hacer varios a la vez.
  4. Salen: mucho más que nosotros. No precisan ejercitar el complejo arte del orden familiar que nos permite salir sin hijos de vez en cuando. Ellas salen, se los digo despacito, incluso en días de semana.
  5. Si no quieren, no cenan ni se bañan: esto de tener que mantener un ritmo familiar y dar el ejemplo todo el tiempo a veces es agotador. A ellas no les pasa.
  6. Tienen un despertar más digno: no están condenadas al escalofriante horario escolar. Tampoco tiene que hacer viandas o trenzas cuando aún no salió el sol. Una gloria.
  7. Están más guapas: tienen tiempo para el gimnasio, la manicura y la peluquería. Es que las motiva el recambio de guardarropas que harán en la próxima liquidación.
  8. Los fines de semana descansan: no hay convivencia en la escuela, ni cumpleaños infantil, ni pijamada en casa, ni nada que se le parezca. Si quieren, pueden pasar el fin de semana viendo Netflix abrazadas a un kilo de helado y en camisón.
  9. Se pueden bañar por más de cinco minutos ininterrumpidos: nadie entra al baño ni grita desde afuera “¡mamá!”. ¿Se imaginan?

    Sería justo sumar a estos puntos uno que diga que ellas aman profundamente a nuestros hijos. Y eso las salva de nuestro escarnio para siempre, aunque un día lleguen a casa relajadas después de una clase de pilates, resuelvan la tarea escolar y nos digan: “ay, no entiendo por qué estás tan cansada, si hacer tres cuentitas con la nena es una pavada”.

    Claro que nosotras no nacimos madres. Hicimos todo lo que ellas siguen haciendo, pero éramos menos conscientes del valor y también éramos más jóvenes y disponíamos de menos dinero. Ahora es más complejo, pero de vez en cuando podemos conquistar alguno de estos dones y nos dura, como un aroma persistente, por un par de meses.

    También es cierto que no cambiaríamos ni uno de estos ítems, ni todos juntos, por nuestros hijos. Pero eso no nos impide recordarles estos beneficios a nuestras amigas sin hijos que nos reclaman que ya no salimos de copas con ellas. Se equilibra, nosotras las convidamos a nuestros eventos familiares y ellas se comportan como las mejores tías del universo y después nos devuelven la gentileza y nos empujan a un viaje solas, a una noche de chicas, a una tarde de spa un día de semana. Para no extrañar lo que fuimos, para valorar lo que somos y para seguir caminando juntas como amigas, independientemente de nuestra descendencia.

 

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