La soledad desespera (Cuando no tenés digo)

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salidasLo bueno de viajar con mi marido cuando él viaja por trabajo es justamente que el trabaja. Y casi todo el día.

Este hombre viaja mucho. Yo mucho menos. Al final soy una blandita, temo dejar a las nenas. Al principio me costaba dejar a la mayor cuando era la única. Y ahora temo dejar a la menor, sobre todo por la salud mental de la mayor y por la integridad física de los que se quedan cuidándolas.

En esta oportunidad se me vencían las millas. Una pena. Y el tipo venía enfermándose tres días antes de viajar en los últimos tres viajes. Precisaba un poco de compañía. Saqué el pasaje y empecé a diagramarlo como dos meses antes. No es sencillo. Sin martirizarme, no por nada soy una campeona jugando al tretris. Encajar las actividades de la cría con las propias, en un mix perfecto entre lo que se debe hacer que al final es lo que nos permite lo que queremos hacer, requiere de una concentración mental que estoy segura, me permitiría hacer cosas mucho más complejas que las de Tu Sam. Padre.

Una vez que hice el pase del cronograma empezó la fobia con el temita de las valijas. Pero esta vez lo superé rápido, más que nada por falta de tiempo. La mayor tiene tres pruebas mientras no estoy y la menor va a poner a prueba a todos sus cuidadores. Y bueno. Avanzando sobre la fobia a fuerza de tirar las cosas adentro de la maleta noto que me voy tres días y que sólo estoy llevando dos pares de zapatos. No se si es madurez o depresión. Unas zapas con calaveras y los borcegos que adopte este invierno y que a los 18 me hubieran echo sentir la reina del universo. Ahora sólo son botas, divinas, pero sin más. Y si preciso tacos me los compro. Total ya hasta acordé una reunión con un cliente que está en el destino de mi viaje. Tengo excusa.

Todo este esfuerzo tiene que ver con lo que al principio declaraba. Sin culpa ni egoísmo, estrellando la verdad contra la pared, a veces necesito estar sola. Me hace mala madre? No. Es decir, otras cosas seguro que si, pero esto no. Me hace mala esposa. No, ni por asomo. Mala hija? Mala amiga? Mal hermana? Nahhh. Es lo que hay. Es que la soledad está mal espectada, pero sin embargo….

Vengo de viaje, con el consorte que trabaja, para recordar cómo era, por ejemplo, pintarse las uñas de los pies sin que la mayor te queme la cabeza pidiéndote por favor, y diciendo que sino se muere, que la dejes pintarse aunque sea una uña, y que la menor insita en tocar porque brilla. Y si además lográs pintarte sin arruinar la tarea, existe la posibilidad de que justo llegue el supermercado y no puedas abrirle en patas, o que la menor, como la echaste para que no te toque el esmalte, se tire un tarro de shampoo encima, el de litro, o se arme una pista de patinaje con el aceite de oliva en la cocina. Si, si, solucionaría la cosa pidiendo un turno en un salón de belleza, pero odio que me toqueteen. No lo soporto. Nota mental, tengo que escribir sobre eso.

Hay otras cuestiones que me resultan atractivas de estos viajes de exilio introspectivo. Banalidades para algunos, tesoros divinos para los que somos padres de niños menores. Entonces, camino por calles sin destino y sin apuro. No hay horario de colegio, ni de cumple, ni de oficina. Me detengo a observar y a veces me descubro observándome en el reflejo de una vidriera. Como si quiero y a la hora que quiero. Me encremo con inusitada dedicación cuando salgo de la ducha que tampoco fue apresurada. Escribo con más pasión y con más hambre. Me duermo a cualquier hora (bueno esto lo hago siempre) pero me despierto naturalmente, y esto último no, no lo hago casi nunca. Me meto horas en librerías y a veces ni miro el paisaje. Gasto mucho dinero, como si las cuotas del colegio, el crédito hipotecario y el seguro del auto tuvieran limitaciones geográficas. Tenemos noches de lujuria que no son interrumpidas por la preocupación que nos genera la tos de la mayor ni porque la menor cree que su cama es la nuestra. El otro día ingresó, tarde, a las seis de la mañana y declaró: “Llegué”, como disculpándose por la demora.

Ando en bolas y en patas por el departamento. Visito Supermercados, Shoppings y Museos con ese interés sincretista que tengo desde siempre y que hace que después de todo y a esta altura del partido elija poner la Biblia exactamente al lado del calefón. No conozco mejor lugar. Me visto de zorra para salir con mi marido, lo hago bailar en la calle a la luz de la luna, ingiero cosas raras porque si me descompongo no importa y finalmente extraño tanto a las nenas que sólo pienso en volver. Es que tampoco podría vivir así. O si, pero definitivamente no quiero.

Releo y veo que mucho de lo que añoro lo hago pero medido. Y soy una chica de excesos. Y esta bueno poder irse para poder volver. Mientras el recorrido sea como un laberinto de espejos que siempre, siempre, te refleje a vos. Y si vas acompañada, pero con tiempo para la soledad, mucho mejor.

Con esta perspectiva partí esta vez, dejando en el camino lo que corresponde y llevando lo que es inevitable llevar puesto. Ambas cosas con gusto. Llegamos a Ezeiza abrazados, el y yo. Despachamos valijas e hicimos migraciones. Como se me acusa de no delegar, se había ofrecido a hacer el web chek in de mi pasaje y lo dejé. Mi avión había cambiado de horario. También había cambiado de punto de partida. Pero no lo notó.

Una hora antes del vuelo, y haciéndonos los cancheros, estábamos dispuestos a entrar al vip de una tarjeta  de crédito que seguro nos vive todo el año pero que cuando viajamos nos regala budín, gaseosa y yogurth, ahí nos enteramos que en realidad mi avión salía de Aeroparque. Pedí que avisen por sistema que me esperaran, que estaba en camino, me dijeron que si pero que seguro no llegaba a tiempo. Mi consorte empezó a lamentar su propia torpeza antes de que la lamente yo y me eyecté hacia una agencia de taxis. No me aseguraron llegada, me dieron un ticket por precio oficial y luego lo reforzamos entre el conductor y yo, como en la películas, tanto si llegamos a tal hora. Barato me salió, yo pensé que el taxista me iba a pedir un riñón. Y que yo se lo iba a dar. Al tipo con el que me casé ni le dije chau creo, su avión si salía de ahí. Yo resuelvo casi cualquier crisis, pero necesito concentración absoluta. Como un robot, si es necesario, bailo robot, pero no me pidan que mientras quiebre la cintura. Y que lindo cheque en blanco que me firmó este muchacho, que ya sabemos que los puntos se suman de a uno y se restan de a millones.

Me bajé es una costanera sin carritos, cruce la calle y corrí a migraciones. Aver, corrí, no pude pasar por el free shop, así y todo contenta estaba por ser la última en la fila para abordar. Luego, si mi marido no se hubiera equivocado de aeropuerto este post versaría sobre qué necesidad había de compartir la fila con Tito, el custodio despedido de Fort. O sobre la chica chilena a la que le terminé cediendo mi asiento del pasillo en el avión porque la pobre no dejaba de vomitar y realmente me daba miedo que una vez no llegara a parase y me vomitara encima intentando pasar…. Incluso podría tratar sobre la tormenta de mis ovarios, que como para acompañar la cuestión, decidieron demorar una semana el periodo, sólo para arruinarme la planificación, los nervios y la existencia. También podría escribir sobre el documental Mundial 2010 que nos pasaron en el avión y que había hecho alguien que odiaba a los Argentinos. Pero no.

Como buena estrella de rock mi esposo es sensible y me escribe diciendo que me encomendó a la Virgen del Buen Viaje. Yo la atajo a la Madre y le digo que prefiero que se quede con las nenas, que yo masomenos me cuido solita. (Sobre todo cuando no delego, carajo!)

Llegue a destino cansada y a media noche. En el viaje leí a Bukowski sólo porque me olvidé la revista de cruzadas. Acompañaban las arcadas de la chica mareada como una excelente banda sonora. Un cuento corto, dos arcadas. Y volvíamos a empezar. Tenía una hora y media hasta que llegue el vuelo del compungido. Busqué un bar, me senté y cené con la compu abierta y dispuesta a probar todas las cervezas locales. Lo vi llegar (el tipo es alto – alto) a lo lejos mientras iba dos párrafos arriba. Para esa altura yo ya había pasado al café, tenía el cierre del post y lo esperaba. Cuando lo veo llegar entre cualquier multitud sigo sintiendo algo parecido a cuando éramos tan chicos que me acuerdo de la sensación pero no de la edad. Es tan clara la advertencia que lo distingue de entre un mundo que si alguna vez dejo de sentirla sospecho que no habrá mucho que se pueda hacer.

Se acerca a la mesa y me dice: Viste que siempre nos pasan estas cosas? Y estalla en carcajadas. Intento reprimirme pero me sumo. Con fuego en lo ojos. Y es que siempre nos salva este humor.

De la mano y de madrugada salimos al frío casi polar de una ciudad que no conozco. Nos metemos en un túnel que me asombra mucho más por lo limpio y cuidado que por lo largo. “Es que son muchos menos” justifica mi parte argenta, como si la ciudadanía fuera cuestión de cantidad.

Llegamos al apart y ponemos el despertador. El mañana se va temprano y yo no.

Por eso venía diciendo que lo bueno de viajar con mi marido cuando viaja por trabajo es justamente eso, que el trabaja todo el día. Y yo me busco hasta que me encuentro.

Yo ya se que a veces es necesario cambiar el punto de partida, aunque sea a la fuerza, para aprender otros caminos para llegar a casa.

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8 comentarios

  1. Siempre Beta
    Genia, Genia, Genia
    Barrilete Cósmico,
    ¿De que planeta viniste…
    ………………………………

  2. Mira, yo tambien necesito mi soledad. A veces no me puedo ir fisicamente, pero de alguna manera me arreglo. Llame a mi suegra, los encerre a los tres chicos con ella en el living, y durante 14hs pinte las habitaciones. Y aunque intentaron invadirme, los flete para el living de vuelta. Mi viejo luego se los llevo a su casa. Que paz. Me hizo de bien… Dormi como un angelito esa noche.

  3. me mataste! resusite y me volviste a matar!! excelentisimo!! me rei, llore, me emocione! sos una genia en lo que haces!!

  4. Buenisssimo
    Me solidarizo con la necesidad de la soledad…SOLA!
    Me encantó la frase final!

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