Las formas en que la maternidad es distinta con el último hijo

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Con la experiencia de los anteriores, la maternidad se vive diferente cuando sabemos que ese hijo es el último.

Con #LaMenor ya no estoy tan acelerada. Podemos caminar lento, pateando conversaciones, aunque falte el baño, la tarea y la cena. También sé que no llevar las trenzas tirantes el primer día de clases no se va a traducir en años de terapia y que tarde o temprano va a comprender el sistema de la división matemática. La abrazo entera cuando llora, sin que se me explote el corazón, y doy un paso atrás para verla reírse y guardarme ese momento, con ese sonido, esos colores y esa sensación.

Con #LaMenor tengo más experiencia porque no es la primera, pero también tengo más tiempo, porque es la última.

El primer hijo tiene otro apuro, otra expectativa. Aprendemos con él y no hay libro ni consejos que contrarresten el noviciado de una madre primeriza. Una fiebre detiene el mundo, una pelea infantil nos angustia, no sabemos calcular el talle de la ropa a ojo y sobre todo, no sabemos cómo manejar nuestras propias inseguridades y nuestra obvia impericia. Con el primero somos una madre que empieza, con el último somos una madre que cierra un capítulo. Ya no habrá, ni para ellos ni para nosotros, otro primer día de clases ni la primer palabra ni el primer dibujo. Claro que habrá otras “primeras veces”, pero nada tendrán que ver con la niñez.

Con el último somos más sutiles en el disfrute y en la observación y creo que es por tres hitos fundamentales que, si miran, están íntimamente relacionados:

  1. No tenemos apuro: Queremos estar presentes para despedirnos de cada etapa. Sabemos medir el tiempo en parámetros más valiosos que las horas y los minutos. Esto vale para dejar los pañales, pasar un rato más en la plaza o simplemente escucharlos hablar o mirarlos jugar sin que ellos sepan que estamos ahí, contemplativos, reflexivos y contentos.

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