Las madres nunca tenemos las uñas bien pintadas

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La maternidad nos modifica la vida. Eso incluye el cuidado y la decoración de nuestras uñas. ¿Cuánto hace que no se pintan las dos manos de una sola vez?

La cutícula impecable. Uñas cortas, a la moda, cuadradas en los bordes, todas iguales entre sí. Una capa de fortalecedor para proteger el nail art elegante, sin estridencia, dibujado con precisión quirúrgica. Por último, una capa de protector para que la obra de arte dure más.

Y del otro lado de la mesa de reuniones, mis uñas que parecen pintadas por La Menor.

Sigo hablando de trabajo, reprimo mis ganas de sacarle una foto a las manos de esa mujer que tengo enfrente y pienso que uno de los secretos mejores guardados de la maternidad es que una madre no se puede volver a pintar las uñas como Dios manda hasta que sus hijos crecen.

Claro que podemos ir a un salón de belleza, pero en mi caso suelo usar ese tiempo dorado disponible paro otras cuestiones. De vez en cuando voy, pero no es lo habitual. Todo no se puede (otra verdad contundente de la maternidad).

Ya aprendí que nunca más me voy a poder pintar todas las uñas de una sola vez. Si se alinean los planetas (o mis dos hijas se fueron a dormir a la casa de la abuela) y lo logro, nunca llegan a secarse antes de que me ponga a hacer algún pendiente y arruine algún dedo primero y luego varios más intentando arreglar el primero.

De vez en cuando me ataca la nostalgia de ese tiempo divino en el que me pintaba las uñas a la mañana del día en el que tenía un evento y no en el auto camino al mismo, como ahora. Entonces me propongo organizar, por ejemplo, una noche de esmaltado, cuando todos se fueron a dormir, pero son otros los problemas a los que me enfrento.

Tengo que rastrear mis esmaltes favoritos en los cuartos de mis nenas y rezar para encontar alguno que sea apto para mi edad o que, al menos, no tenga estrellitas plateadas. Se evaporó el quitaesmalte, de no usarlo. En realidad no sé si evaporó el quitaesmalte porque mis hijas sí tienen tiempo para pintarse las uñas, incluso para dibujarse una réplica de una obra de de Picasso en cada uña, entonces nunca hay y no me avisan que se acabó. No me lo dicen porque creen que yo no tengo nada que ver con el nail art, claro, si nunca me vieron en la tarea. Y necesito quitaemalte porque entre la última vez que me pinté las uñas y los mil remiendos que les hice exhibo una especie de craquelado involuntario compuesto por unas diez capas de esmalte (con suerte, del mismo color).

Si logro sortear todos esos inconvenientes, me voy a la cama agotada pero con la uñas pintadas. Triunfante y con un buen humor pasajero: Dura hasta la mañana siguiente, cuando veo que mi cansancio hizo que me metiera en la cama antes de lo aconsejado y que mis uñas, brillantes anoche, hoy tienen las sábanas estampadas, con una textura desprolija y opaca que detesto. Prefiero el craquelado acumulativo.

No envidio a la mujer con la que sigo hablando de negocios, pero le voy a preguntar si tiene hijos para indagar cómo hace para tener esas uñas primero y para admirarla profundamente después.

Vuelvo a mirar mi esmalte rojo que comienza un poco después que mi uña. Ese espacio sin esmalte que marca el crecimiento de la uña es un reloj implacable que nos señala la ventana de tiempo entre una manicura y otra. El posible que del tamaño de ese espacio virgen se pueda deducir la edad de los hijos de la portadora, o la cantidad de niños a cargo.

No es queja, es descripción. También he desarrollado habilidades nuevas: Pintarme las uñas en el tren, limármelas en cualquier sala de espera, pensar en comprar barniz para proteger el esfuerzo sobrehumano de mi próximo esmaltado completo, soñar con un esmalte permanente o que al menos dure años, digo, si el ser humano logró llegar a la luna, no debería tener inconvenientes con estas nimiedades…

(Y sí, también intento pintarme las uñas de los pies, pero están tan lejos de las manos que, si me permiten, lo dejo para otro post).

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