Lo que nos preguntan los hijos a las mamás (Pero no le preguntan a sus papás)

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El viejo chiste dice que al padre se le pregunta el paradero de la madre y a la madre todo el resto. ¿Por qué será así?

A pesar de la igualdad de condiciones entre el padre y yo (horas compartidas, presencia para las obligaciones y para los juegos, pasadas de peine fino, retos, etc) nuestras hijas sistemáticamente dirigen sus preguntas a mi. Y en el mismo tono y con la misma liviandad puedo escuchar en no más de 20 minutos un dúo entre La Mayor y La Menor que suena más o menos así: Mamá, ¿en dónde están las medias rojas? ¿Existe Papá Noel? ¿Viste la flauta dulce? ¿Mañana era que tenía que llevar el mapa de Albania? ¿Por qué nos morimos? ¿Qué hay de cenar? ¿Puedo bañarme otro día?

Respondo, sin repetir y sin soplar: En el segundo cajón, no pero regalo te hacemos igual, la vi en tu mochila, el martes, porque sí, tarta de atún y menos charla y más ducha. Mientras, el padre contempla en silencio el paso de comedia familiar y La Mayor lo descubre espectador, se apiada y le pregunta, casi de lástima: Papá, ¿qué comiste hoy en la oficina?

Mi consorte ha irrumpido en la lista de signos de interrogación para colaborar con las respuestas y las muy ingratas me han mirado para validar los dichos del padre. Claro que hay temas en los que el especialista es el papá, por ejemplo, los botones de los 10 controles remotos que hay que combinar para prender la tele del living. Pero para los temas de todos los días, está mamá. Y mientras escribo noto que mis dos hijas aprendieron el temita de los controles y ya no tienen que preguntar pero siguen sin saber dónde está la flauta dulce.

No es que este hombre no tenga capital simbólico para que consideren sus respuestas como válidas. No creo que sea tampoco porque ellas son mujeres y entonces se identifican conmigo, en casas de amigas con descendencia masculina ocurre lo mismo. Es decir, no veo nada esencialmente femenino en la consulta del menú, sobre todo porque en nuestro caso la cena la hace más veces mi marido que yo.

Es que si bien defiendo la igualdad de posibilidades y de responsabilidades en lo que a paternidad se refiere, creo justamente que los padres y las madres podemos hacer las mismas cosas justamente desde nuestras diferencias. Incluso responder las catarata interminable e inagotable de preguntas diarias de nuestros hijos.

Y entonces, tengo mis dudas, ¿No seremos las madres, con esa innegable capacidad de convertir una casa en un hogar, las que copamos la potestad de responder las preguntas? Para no delegar, para no perder tiempo, para sentirnos irremplazables y porque al final una mamá es casi una especialista en todo. ¿Y no serán los padres los que se apoyan en ese despliegue ridículo de wikipedia maternal para no tener que enfrentar temas que les duelen o que simplemente no charlaron con ellos cuando ellos eran chicos porque eran “varones” y era otra época?

Sin intención de generalizar y observando la tribu de familias que me rodean, descubro que cuando las madres respondemos derribamos mitos, sanamos dolores, tranquilizamos y destrozamos tabúes. Los padres enseñan cosas prácticas.

Con el tiempo, sin embargo, noté también que La Mayor ejerce su adolescencia y utiliza preguntas “molestas” para incomodar al padre: ¿Papá, por qué “nos” indisponemos? (Pero del mapa de Albania me sigo ocupando yo).

Y ya más cerca de la emoción, las mujeres que hemos pasado por alguna enfermedad más complicada hemos visto, yo he visto, como mis hijas le preguntaban al padre: ¿Cómo está mamá? Y el padre, gigante y amoroso, respondió mucho mejor de lo que lo hubiera hecho yo.

Cavilando, encontré, y se las regalo, la respuesta perfecta para la próxima explosión de preguntas: “Preguntenle a papá”.

(Y juro no meterme en las respuestas)

 

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