Los momentos sagrados de una madre

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Ser madre es lo más cercano que existe a no estar casi nunca sola. Hay momentos entonces que se revalorizan y se convierten en sagrados.

Pintarse todas las uñas de una vez. Bañarse un buen tiempo. Hacer pis sin que nadie nos diga “mamá” del otro lado de la puerta. Son pequeños placeres que una madre de niños pequeños aprecia y valora como nadie. Los hijos son divinos, nadie niega esa verdad absoluta, pero acá estamos hablando de otra cosa.

Los momentos sagrados que ya teníamos, lo siguen siendo. Un recital al que vas sí o sí cuando ese artista llega a tu país, el ritual de la cena con velas del día de tu aniversario y tantos más. Cada una con los suyos. Pero hay otros momentos a los que antes no les dábamos importancia, no tenían sentido, se nos pasaban de largo, ni los notábamos o incluso nos fastidiaban, pero ahora son fundamentales, vitales, como bocanadas de aire que refrescan nuestra maternidad porque, justamente, nos permiten desentendernos de ella por un ratito.  

  1. El trayecto al trabajo: no importa si viajas como una sardina o rodeada de olores ajenos. No son personas a las que tienes que mandar a bañar. Es liberador.
  2. La cola del banco: sí, existe el home banking, ¿pero quién lo necesita? En la cola del banco, si es larga no importa, te puedes poner los auriculares y reflexionar sobre las cuestiones profundas de la vida. O sobre nada.
  3. La silla del dentista: la promesa de estar un rato quieta, sin poder responder ni hacer nada, es el antídoto más eficaz para el miedo, o terror en mi caso, a la silla del odontólogo.
  4. La depiladora: nunca nos interesó estar tan depiladas como ahora. ¿Dolor? ¿Qué dolor? Es un buen momento para dormir.

    Cortar cebolla: aunque estemos haciendo una torta de chocolate, cortar cebolla es un recurso desesperado para un momento de alta necesidad. Se van todos y nos quedamos pensando, y picando, en silencio.

    Las madres nos debatimos a diario entre irnos a dormir o quedarnos un rato más despiertas para estar unos minutos solas. Por eso estos momentos que se nos pasaban escondidos en la rutina hoy tienen otro sentido. Lo bueno es que estos paréntesis nos recuerdan que somos otras cosas además de madres y nos refrescan el deseo profundo y amoroso de estar ahí para nuestros hijos, que, después de todo, son lo más sagrado que conocemos (pero que por suerte no nos acompañan a la depiladora).

 

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