Los padres no somos un parque de diversiones

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Cuando los niños creen que los padres tenemos la obligación de divertirlos, es hora de revisar nuestras funciones.

Llego cansada del trabajo. Quiero ver a mis hijas. Debo darles de comer, hacer la tarea y confirmar que se bañaron. Ponerme al día con sus días y besar al padre de las criaturas que llega en el mismo estado que yo. Y nada de eso nos molesta, es más, volver a casa con ellas es el mejor momento del día y eso que en general tenemos días muy buenos. Sin embargo, hay un fantasma que acecha. El fantasma tiene un moño en la cabeza y combina los colores de su ropa de un modo por lo menos cuestionable. #LaMenor se acerca, nos mira desafiante y viene con munición pesada: “Estoy aburrida”.

¿Qué espera esta criatura en ese momento? ¿Debo ponerme a hacer manualidades? ¿Leerle un cuento inspirador, además de haberlo escrito? ¿Debo construir una ciudad con bloques y después distribuir roles, profesiones y emociones a cada muñeco que la habita? ¿Me convierto en maquilladora, doctora o malabarista? ¿Un mix de todo? Porque no descartemos que cuando esté vestida de payaso, contando una historia con diferentes voces y haciendo malabares con bolas que hice con papel maché, la chiquita, como un juez, dictamine que no, no es suficiente para considerarse “bien divertida”.

Mientras, cocino sano porque hay que comer sano, y me encantaría decir que mañana sábado dormimos, pero no, salimos temprano a hacer deporte. Porque hay que hacer deporte. Demasiada presión para una madre. Demasiada presión para una hija.

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